Benedicto XVI: ¿cuál agenda?
Emilio Álvarez Icaza L.
Es inocultable que la visita papal (en plenos procesos electorales tanto a nivel federal como en Guanajuato, donde hay elecciones generales), es una gran apuesta —igual de peligrosa— de los gobiernos federal y guanajuatense, así como de la jerarquía católica. Sin dejar de mencionar el simbolismo que tiene esa parte del territorio, en lo que a la fuerte identidad católica y tierra de cristera se refiere. Ante esto cabe preguntarse ¿cuál es la agenda de Benedicto XVI? Al menos, hay tres temas que requieren especial atención: 1) Caso Marcial Maciel: sorprende e indigna que en la agenda del Papa en México no se contemple una reunión con las víctimas de Maciel. Más aún cuando en otros países el pontífice romano se encontró con víctimas de abuso sexual cometidos por religiosos, incluso ha realizado pronunciamientos públicos específicos. Lo menos que se esperaría es una disculpa pública no sólo por los abusos que vivieron las víctimas, sino por el ataque y desatención del que fueron objeto tanto por los legionarios como de otros sectores de la iglesia católica. Al final, la verdad salió a luz, incluso después de que el Papa Juan Pablo II protegió y amparó a quien dañó terriblemente a niños y jóvenes. Este asunto ha traído grandes costos a la Iglesia Católica y si en su visita a México el Papa es omiso en este tema, me temo que los costos serán mayores. Tanto cuanto como sigan la negación y minimización tanto cuanto como mayores serán los daños a la fe de miles de católicos y a la confianza en esta iglesia. 2) Libertad religiosa: la visita de Obispo de Roma se hace también en medio de una discusión sobre la reforma a la Constitución en materia de libertad religiosa y del Estado laico. Es de esperarse que el pontífice busque reforzar los esfuerzos de la jerarquía católica mexicana a fin de lograr que se avance plenamente en esta materia. Este hecho requiere de la plena congruencia de la Iglesia Católica, primero, para no escudarse en un discurso de derechos humanos y seguir manteniendo un estado de excepción y segundo, para que al amparo del discurso de la libertad religiosa no se promueva la intolerancia religiosa en contra de otras iglesias, confesiones o creencias. Hay ya preocupantes expresiones de intolerancia, homofobia y discriminación de distintos obispos en este país, como para pensar que el discurso de la libertad religiosa con la bendición papal es una especie de patente de corso para hacer y decir lo que quieran sin asumir las reglas, procesos e instituciones de la democracia. Libertad religiosa sí, pero para todos las iglesias, sobre todo en el marco de un Estado laico. Libertad de conciencia también y fundamentalmente que no pretenda Benedicto XVI, ni la jerarquía católica ni que el Estado mexicano sea guardián o perro de caza de su moral y visión del mundo. El Estado laico es condición para la democracia. 3) La violencia e inseguridad: La mediocridad y pequeñez de la jerarquía católica mexicana en este tema es de alarma. El liderazgo que se necesita es mucho mayor al que se ha ejercido. ¡La situación es mucho más grave como para sólo pedir al crimen organizado que detenga sus acciones durante la visita del sucesor de San Pedro! Cuando el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD) recorrió más de 11 mil kilómetros a lo largo y ancho de la República Mexicana, el único obispo que salió al encuentro fue Raúl Vera, de Saltillo. Incluso antes de que Javier Sicilia fuera a Roma prácticamente fue imposible ver al Nuncio y eso que reside a corta distancia de la nunciatura. Mejor lo recibieron los embajadores de EU, Francia e Inglaterra que el representante de su propia iglesia. Ojalá que la visita pastoral de Joseph Ratzinger genere un mayor dinamismo de la jerarquía católica en la construcción de la paz, la protección de las víctimas y en la denuncia evangélica ante la corrupción e impunidad. El paso de Benedicto XVI por México puede ayudar a la reconstrucción del tejido social y a fortalecer la esperanza, pero si no se tiene cuidado ni se actúa con responsabilidad también puede contribuir a la polarización, desencuentro y conflicto —como la han hecho Onésimo Cepeda, Norberto Rivera y otros—. Lo que se esperaría de los ministros de culto y sus jerarquías es que sean factores claves para la paz y que enfrenten con valentía y congruencia evangélica los desafíos del presente y no seguir evadiendo y negando la realidad.
El Universal
23 de marzo de 2012 |
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