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Maciel, no sólo pederasta

Miguel Ángel Granados Chapa

Respecto de cualquier otra institución, asombraría la lenidad con que fue dispensada la pederastia del fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel Degollado, muerto el 30 de enero en su exilio de Houston. Pero la Iglesia católica ha mostrado de sobra su incapacidad para la autocrítica, especialmente en las parcelas de la conducta humana vinculadas con la sexualidad, no obstante lo cual esa institución proclama normas que pocos cumplen porque, como se ha dicho, al pueblo católico le gusta el intérprete –el Papa– pero no las piezas que interpreta –su doctrina en asuntos de vida cotidiana.

Maciel pasará a la historia como creador de un vasto imperio educativo y financiero, que en México es encabezado por la Universidad Anáhuac y el Instituto Cumbres, donde se ha formado una amplia porción de la elite mexicana de los negocios y de la política. También pasará a la historia como abusador sexual, perteneciente a la peor especie de esa execrable conducta, la que aprovecha la confianza que por su talante y jerarquía provoca el verdugo en su víctima.

Maciel, sin embargo, no fue sólo un pederasta. Su contextura ética se ajustaba poco a la imagen ideal del sacerdote católico, la del santo Cura de Ars. Su vida está llena de episodios propios de un estafador, un tomapelista en el mejor de los casos. Por ejemplo, falsificó una carta, que atribuyó al cardenal Francis Spellman, de Nueva York, dirigida al rector de la universidad jesuita de Comillas. La superchería sirvió, además, para atenuar una deslealtad. Maciel había sido recibido en esa institución, generosidad que el superior de los legionarios retribuyó sonsacando a alumnos de la Compañía de Jesús para que prefirieran su congregación.

Quizá, además de tramposo, fue también cleptómano. En la biografía del cotijense escrita con estricto rigor documental y testimonial por el doctor Fernando M. González se narra una anécdota contada por una de sus víctimas, Francisco Montes de Oca, que a su vez supo por “una señora venezolana de nombre Adelaida… que en Nueva York había ido con Maciel a un comercio y que a la salida éste le mostró un montón de bolígrafos que se había robado de la tienda…”.

La adicción de Maciel a la droga es más conocida. Federico Domínguez, uno de los primeros legionarios en romper con el fundador narró, hace más de 50 años, que “el padre Maciel, en sus enfermedades, se aplica (y muy frecuentemente, a lo que se puede conjeturar) inyecciones que contienen estupefacientes (inyecciones que se consiguen donde sea, al precio que sea y por los medios que sea)… en las diversas crisis de su enfermedad, estas drogas se le aplicaban cada cinco horas… Cuando no tiene quién lo haga, él mismo se aplica las inyecciones”.

A su vez Juan José Vaca, uno de los nueve denunciantes de Maciel que en 1998 exhibieron su pederastia, se refiere también a su adicción, ya no con morfina, sino con una droga emparentada: “yo había ido a visitar al padre Maciel al hospital Salvator Mundi, a donde acudía para limpiarse de la droga. Llevaba como siete días… Él seguía drogándose. Yo personalmente le conseguía y le inyectaba la Dolantina”. Y Miguel Díaz Rivera, que denunció y luego se retractó, no desdijo su testimonio sobre la adicción, observada en un viaje: “prácticamente por todas las ciudades más o menos grandes del recorrido teníamos que conseguir las mencionadas inyecciones (de Dolantina)”.

Maciel fue, en fin, un hábil conseguidor de dinero, un inescrupuloso explotador de la creencia de que es posible comprar un lugar en el cielo. Por ejemplo, el Instituto Cumbres se construyó a partir de las aportaciones de la señora Flora Barragán viuda de Garza, a quien Maciel manipulaba. En privado, por escrito la llamaba “Madre de la Legión, madre la más solícita y abnegada”, pero él no redactaba las cartas. Le pedía a Federico Domínguez que lo hiciera: “dígale lo de siempre, pero procure que no sean menos de dos cuartillas”.

Rica heredera de su marido, la señora Barragán de Garza no escatimó recursos, de gran magnitud para el Cumbres, y también de menor cuantía pero solicitados con frecuencia para resolver problemas cotidianos (pero onerosos). Hasta que su hija se hartó. Flora Garza contó a Gonzalez –de cuyo libro Marcial Maciel. Los legionarios de Cristo: testimonios y documentos inéditos proceden las citas de este texto– que en 1983 el apoderado de la familia avisó a Roberto, su hermano, y a ella misma que su madre “como último escalón para entrar al cielo, quiere regalarle al padre Maciel solamente dos terrenos”, uno de 100 y otro de 50 hectáreas, un rancho que “su mamá piensa que el padre Maciel lo utilizará para hacer un seminario (y la casa de) las consagradas”.

Ante la negativa de Flora hija, Maciel tuvo que acudir a otras fuentes: “Eugenio Garza Lagüera le regaló… su casa del obispado”.

Será interesante conocer ahora su testamento.

Proceso 1631
04 de febrero 2008


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