Estalló el silencio María Teresa Priego "Poca gente aceptaría la verdad devastadora, airada, de un acusador solitario", escribió Alejandro Espinosa en su libro autobiográfico: El legionario . El papa Benedicto terminó escuchando a las víctimas. A pesar del poder económico y político de Marcial Maciel. A pesar de tantos años de silencio. Los abusos sexuales cometidos por el fundador de los Legionarios, contra sus discípulos menores de edad, fueron reconocidos por el Vaticano. De ladito. Ciertamente. A Maciel "se le invita a retirarse a una vida de oración y penitencia". Por los "delitos" denunciados, que el comunicado no explicita. "Castigo exiguo y mediocre", dijo Alejandro Espinosa. "Negociaron con un criminal", declaró Alberto Athié. Maciel fue degradado. Juan Manuel Fernández Amenábar, ya no está para escucharlo. Las víctimas tenían derecho a mucho más. Sin duda. Pero esa respuesta insuficiente es enorme, dado el total desequilibrio de fuerzas entre "Nuestro padre" todopoderoso, y sus víctimas. El Vaticano reconoció la labor de los Legionarios "independientemente de su fundador". Es en esta frase que deslinda al proyecto y a la realidad de la orden, de ese hombre concreto, donde recae el peso de la condena. "El santo padre ha aprobado estas decisiones". Ya no hay un Maciel, "guía eficaz de la juventud", y un Maciel abusador de niños. Por décadas, tan exitosamente disociados. El "santo" y el criminal, son el mismo. Maciel sabe que la jerarquía católica lo sabe. Ese es hoy su espejo: su corrupción sin máscaras. El derrumbe de su poder absoluto. Y ese espejo es su castigo. ¿Qué castigo prevé la ley de los hombres para una infancia violada con todos los agravantes? Todos. La diferencia de edad. El poder totalitario de Maciel. El cuarto voto "del silencio" de los Legionarios. La lejanía geográfica y emocional de los niños y sus familias, en una edad en la que aún se construyen las nociones de apego y pertenencia. La calidad doblemente incestuosa de los abusos cometidos por "Nuestro padre". Incestuosa en tanto que figura tutelar de sus víctimas, y en tanto que adulto que ocupa el lugar simbólico -incuestionable para el discípulo- de representante de "Dios padre". El fiscal del Vaticano escuchó denuncias de 30 víctimas, la mayoría de ellos hombres de más de 60 años. Alguna vez fueron niños. Adolescentes, tantas veces convocados a la cabecera de "Nuestro padre", para ayudarlo a aliviar sus insoportables "dolores" físicos. Eran los "elegidos" esos niños llenos de fe, de obediencia y de gratitud: "Te abuso, te confieso, vete a comulgar". ¿Cabría en semejante contexto la pregunta que se les repitió por años a las víctimas para descalificarlos? Ese: ¿por qué denunciaron hasta ahora? Porque de ese tamaño fue su amor y su lealtad a "Nuestro padre". Porque de ese tamaño fue el dolor y el daño que padecieron. La culpa. El miedo. La necesidad de negar ellos mismos la realidad, para sobrevivirla. "Te vas al infierno si denuncias el infierno". Hasta un día. El castigo público a un hombre tan poderoso es también un mensaje del papa Benedicto: el Vaticano ya no está dispuesto a dejar impune el abuso sexual. "Delante de Dios y con total tranquilidad de conciencia declaro categóricamente que estas acusaciones que se hacen contra mí son falsas. Yo nunca he tenido el tipo de comportamiento abominable del cual me acusan estas personas". Maciel en 2002. Parecía imposible desenmascararlo. El dolor y la valentía de David, contra la omnipotencia de Goliat. Por ellos y por los demás. Bienaventurados mil veces quienes lo lograron.
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