El cálculo contra Maciel

Salvador Guerrero Chiprés

Protagonista principal de la revelación de los abusos sexuales del fundador de los Legionarios de Cristo, el periodista Salvador Guerrero Chiprés sostiene que el castigo tiene como objetivo legitimar el papado de Joseph Ratzinger.

La iglesia católica calcula y castiga para relegitimarse y reposicionarse.

Al retirar al fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, la autorización para ejercer labores de ministerio, la dirigencia católica mundial arroja una multiplicidad de mensajes. Entre ellos está el de que para ser el activo y más legítimo Vicario de Cristo que quiere ser, Joseph Ratzinger debe olvidar al Joseph Ratzinger que encubrió a Marcial Maciel al menos entre 1998 y el año 2005.

Ratzinger fue responsable de la posición ideológico-política por excelencia, la Congregación para la Doctrina de la Fe, y protegió a Maciel junto con el ex secretario de Estado de El Vaticano, Angelo Sodano y el fallecido Juan Pablo II.

El deslinde que implica la desautorización pública a Maciel es histórico en un doble sentido al menos: es la primera vez que ocurre en la historia de una congregación y se registra mientras el acusado está con vida y sujeto por tanto al escrutinio de lo público y más específicamente, lo mediático, como nunca antes lo fue congregación alguna. Irónicamente, en los medios y en la propaganda, un área y una habilidad que dominó desde su incipiente madurez Maciel, no puede evitarse, desde el escenario ideológico de la más conservadora oligarquía cristiana, ser objeto y sujeto de la información gracias al deslinde, así sea insuficiente, del papa Benedicto XVI.

Cuando publiqué el reportaje sobre los abusos sexuales de Maciel, el mismo mes de abril de 1997 (14 al 17 y siguientes en La Jornada), mientras se me permitía organizar –para un fallido proyecto televisivo– un examen para reporteros de un programa que en Televisa, casi simultáneamente a la muerte de El Tigre Emilio Azcárraga, tres factores se evidenciaron: 1) la estrechísima relación entre Maciel y El Tigre y, en sentido amplio, entre Maciel y la élite financiera y mediática del país; incluso el audaz Ricardo Rocha no pudo introducir entonces el tema que esperó hasta el año 2002 para ser abordado con la autorización de Emilio Azcárrga Jean; 2) durante mi trayectoria como diarista, de casi quince años, para entonces la mayor parte en La Jornada, único medio que dio seguimiento a la información hasta que pocas semanas después Canal 40 en un programa de Ciro Gómez Leyva agregó datos y fuerza a la investigación del diario y a la iniciada, incompleta, considerando la información que le fue entregada, por el Hartford Courant en febrero de 1997, nunca recibí tal cantidad de amenazas, ostracismo e insultos en comparación con los que pudieran esperarse de cubrir asuntos vinculados al crimen organizado, la guerrilla o la crítica periodística al poder partidario y 3) las secuelas de una segunda y tercera generación de pederastas estaba presente: en el mismo examen practicado a candidatos a reporteros un estudiante de la Anáhuac se acercó para asegurarme que casos de abuso le habían sido comentados por compañeros suyos, provenientes de antiguos personajes cercanos a Maciel. Aún el eclecticismo de la vida universitaria, así sea conservadora, de la universidad fundada por Maciel no neutralizó del todo la realidad del trigo y la cizaña que sí crecieron juntos.

Recuerdo una afirmación con que Maciel terminaba una carta el 20 de noviembre de 1953, tres años antes de la investigación que inició el Vaticano en su contra y para la cual la iglesia católica tardó medio siglo en definirse. Resolución insuficiente si se considera que la justicia a la que apelaban las víctimas incluye por ejemplo la petición personal de perdón. Aquella afirmación, “la vida es una y se vive una sola vez”, consignada en el robusto texto publicado por las víctimas en Milenio el 8 de diciembre de 1997 e integrada después al expediente de la investigación en El Vaticano, trae a la mente al sacerdote que en la película Luz de invierno (Ingmar Bergman, 1963) en la cual el sacerdote protagonista se ha convertido, valga la expresión, al ateísmo y oficia misa a pesar de ello. Su alma aparece ante el calor de La Palabra tan congelada como el invierno en que transcurre el anécdota, metáfora ilustradora del silencio de Dios que para los victimarios fue el silencio de la jerarquía eclesiástica durante cinco décadas. El espíritu de Maciel, en la propia concepción católica en que encubrió su enorme apetito sexual y su adicción a la droga, fue desplazado por una cruda visión cuasi atea de una realidad que aprendió a controlar después de que fue sujeto a investigaciones por abusos a compañeros menores en los seminarios en que estudió en Jalapa y Nuevo México antes de que fundara en 1941 la congregación más exitosa de la historia latinoamericana. Una congregación diseñada por él mediante el poder, la seducción retórica que ansiaba la clase media alta y la oligarquía desplazada por la revolución mexicana y que le permitió proteger su íntima impunidad.

Las víctimas apostaron hace nueve años a rescatarse y a rescatar a la jerarquía católica mundial de las inconsistencias de su propia retórica. Hoy obtienen un éxito parcial.

El detalle de las omisiones y coacciones contra las víctimas, cometidas en 1956 durante la primera investigación a que fue sometido Maciel, es todavía desconocido ¿cómo actuó la élite católica para impedir el desahogo de la investigación? ¿de qué manera intervinó la valoración de la obra de Maciel, en particular su capacidad de conectarse con la sociedad no revolucionaria de los años cuarenta en adelante? ¿cómo la alta valoración que los papas de los últimos 50 años concedían al vínculo “con los jóvenes”? ¿cómo influyó la conexión con una élite aportadora de bienes cuyo poder político e ingreso comprometieron la satisfacción de la demanda de justicia de sus víctimas?

Amedrentadas en 1956, pero recuperadas para la historia de su propia integridad tras su irritación en 1994, cuando el Papa Juan Pablo II felicitaba a Maciel, “guía eficaz de la juventud”, las víctimas se relanzaron a la búsqueda de su verdad.

La autoridad papal decidió protegerlo en los años 50. Medio siglo después, el Papa considera que hay que redefinir las fronteras de la validez de algunas congregaciones frente a otras y respecto del proyecto universalista de Ratzinger que, para tener éxito, se deshace de un peso moralmente muerto en el trayecto hacia un nuevo liderazgo en Europa. En particular, la decisión quiere contribuir al apartamiento papal de una noción de hedonismo y consumismo en cuyo contexto el deslinde de Maciel es útil al sucesor de Pedro en cuyas redes han sido atrapados peces buenos y peces perversos.

*Periodista, doctor en Teoría Política y comisionado del Instituto de Acceso a la Información Pública del DF

 

Ver todas las notas del Especial

Fuente: Milenio
23 de mayo de 2006