La degradación del padre Maciel
Miguel Ángel Granados Chapa
Nunca fue enteramente secreta la conducta sexual de Marcial Maciel. Cuando muchacho, una noche, la del 17 de junio de 1940, fue inapelablemente expulsado del seminario de Montezuma (que los jesuitas abrieron en Nuevo México durante el conflicto religioso en nuestro país). Casi dos años atrás había tenido que salir también del seminario de Veracruz, pues el joven seminarista, dice alguno de sus biógrafos oficiales, provocó o resintió "algunas incomprensiones" con su entorno. Entonces estuvo también presente el cambio de estatus de Maciel, quizá privilegiado por ser sobrino del obispo Rafael Guízar y Valencia, cuando éste murió. Por cierto que El Ángel sin Ojos, como lo bautizó su biógrafo, el primer Carlos Loret de Mola, pronto será canonizado, pues a su condición de beato se agregó el 17 de mayo el reconocimiento de su primer milagro.
Ya convertido en líder de los Legionarios de Cristo, que fundó en 1946, fue acusado de pederastia. De 1956 a 1958 fue sujeto a una investigación al cabo de la cual no surgió "ni una sola afirmación de comportamientos incorrectos de carácter sexual", según escribió el responsable de la indagación, el obispo Polidoro van Vlierbeghe, OFM. Pero quizá lo que ocurrió fue que nadie se atrevió a admitir o denunciar hechos relacionados con los abusos del padre Maciel. Algunos de los interrogados confesaron cuarenta años después: "ocultamos la verdad y mentimos en nuestra juventud ante los investigadores del Vaticano cuando fuimos interrogados en Roma acerca de su conducta moral en 1956".
Como fuera, el padre Maciel quedó instalado en su creciente prestigio. Sus fundaciones, la congregación de los Legionarios de Cristo y el movimiento de apostolado seglar Regnum Christi, crecieron y se multiplicaron. Pero también crecían y se multiplicaban en sus víctimas el resentimiento y la convicción de que debían romper su silencio en demanda de justicia. Dos de ellos iniciaron en 1978 procedimientos canónicos en tal dirección, que no fueron atendidos. Fue preciso que años más tarde, a fines de 1994, hablara en su lecho de moribundo del Hospital Español José Manuel Fernández Amenábar, antiguo legionario que había llegado a ser rector de la Universidad Anáhuac, la mayor de las obras educativas de la congregación macielista en México.
No en confesión, pues de lo contrario no habría podido revelarlo, sí en una intensa conversación, Fernández Amenábar habló de la conducta de Maciel al sacerdote Alberto Athié Gallo deseando que hubiera justicia, es decir, esperando que los hechos fueran conocidos. Muerto en febrero de 1995, en la misa de difuntos celebrada por el padre Athié se le aproximó el exlegionario José Barba, ya desde entonces, como ahora, profesor del ITAM. Él y otros sabían de la revelación de Fernández Amenábar a Athié y le comunicaron que habían estado en la misma situación. Ansiaban hacer pública la verdadera índole de Maciel, escandalizados porque en diciembre anterior se había dado profusa publicidad en México a una carta del Papa Juan Pablo II en que llamaba al fundador de los Legionarios "guía eficaz de la juventud" que "ha querido poner a Cristo... como criterio, centro y modelo de toda su vida y labor sacerdotal".
Athié los convenció de recorrer primero los caminos internos de la Iglesia católica. Pero se impacientaron cuando corrieron los meses y recibían la misma respuesta a sus denuncias de los años setenta, es decir ninguna. Finalmente salieron a la prensa: el 23 de febrero de 1997 (véase cuán larga había sido su espera: duró dos años) un antiguo y prestigiado periódico estadunidense, el Hartford Courant, de Connecticut (que años atrás había mostrado una extensa propiedad de Carlos Hank González en la costa atlántica de los Estados Unidos) dio espacio a sus denuncias. Repercutieron en México en abril siguiente, cuando el reportero Salvador Guerrero Chiprés (doctorado después y hoy consejero del Instituto de Acceso a la Información Pública del DF) publicó un reportaje en cuatro partes sobre el tema, con los testimonios de los acusadores de Maciel, que en noviembre siguiente dirigieron una carta pública al Papa, firmada por Félix Alarcón Hoyos, José de J. Barba Martín, Saúl Barrales Arellano, Alejandro Espinosa Alcalá, Arturo Jurado Guzmán, Fernando Pérez Olvera, José Antonio Pérez Olvera y Juan José Vaca Rodríguez. Al año siguiente, abordar el tema en el naciente Canal 40 costó a Ciro Gómez Leyva el retiro de la publicidad de Bimbo, quizá un golpe definitorio de la vida de esa empresa, que quiso curar su penuria asociándose a TV Azteca.
El padre Athié siguió la ruta que había elegido, la propia de la Iglesia, con lamentables resultados. El cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo de México, se negó a escucharlo, irritado por la publicación del reportaje de Guerrero Chiprés a quien ofendió preguntándole cuánto le habían pagado por escribirlo. Consiguió, en cambio, que el obispo de Coatzacoalcos, Carlos Talavera, aceptara entregar en Roma una carta sobre los hechos, dirigida al prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Joseph Ratzinger. El prelado mexicano volvió con la cruda respuesta del jefe del dicasterio que antaño fue del Santo Oficio, la Inquisición: no hay nada que hacer, porque el Papa es muy amigo de Maciel. Tanto lastimó esa actitud a Athié que, junto con otros factores, lo condujo a su renuncia al sacerdocio en marzo de 2003.
Pero a finales de 2004 una suma de circunstancias hizo que cambiara el escenario. Por un lado, se tornó imposible que el Vaticano soslayara la oleada de evidencias sobre los abusos sexuales y la homosexualidad abundantes en el clero, y debió tomar medidas al respecto. Además, la creciente debilidad de Juan Pablo II -que moriría en abril siguiente- permitió que la Iglesia cayera en una suerte de anomia en que los grupos de presión y de interés en su interior tomaron nuevas posiciones. La perseverancia de los acusadores, en fin, fue también determinante.
Como consecuencia de todo ello en diciembre el cardenal Ratzinger, que se había mostrado omiso y reticente, ordenó reabrir las investigaciones sobre Maciel. En enero, aunque bajo disfraz, se presentó la primera consecuencia de aquella decisión. En medio de elogios pontificios, Maciel se retiró de su cargo, como superior de los Legionarios, dejando el gobierno a cargo del también mexicano Álvaro Corcuera. Quizá dentro de la Legión, así mismo, se acomodaban las fuerzas, pues el nuevo jefe no había sido Luis Garza, miembro de la familia más visible de Monterrey, que como vicario general parecía estar colocado en la antesala de la suplencia de Maciel.
Reiniciado el expediente, y ya con Ratzinger en el trono pontificio como Benedicto XVI, viajaron a México y los Estados Unidos el fiscal Charles J. Scicluna, y el notario de la Congregación de la doctrina de la fe José Miguel Funes. Su indagación se arrastró pausadamente. Aparecieron indicios en diciembre pasado, un año después de la reapertura, de que se anunciarían las conclusiones. Pero quizá fue necesario encontrar una solución de compromiso, que fue la emitida el pasado viernes 19.
Sin decirlo, el Vaticano halló responsabilidad en la conducta de Maciel. En cierto modo lo declaró culpable, como consecuencia de esta última etapa de la investigación. Por eso se le sanciona con una suerte de degradación. No se le rasparon las manos para borrar el crisma con que le fueron ungidas para convertir el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo. Pero se le invitó, es decir, se le ordenó callar y dejar de ser ministro de Dios en público.
En canje, la Santa Sede renunció a seguirle el proceso canónico respectivo no por falta de evidencias sino en razón de su edad (tiene 85 años) y su "débil salud". Y se distingue entre la persona del sentenciado sin sentencia y su obra. El Papado "reconoce con gratitud el benemérito apostolado de los Legionarios de Cristo y de la asociación Regnum Christi".
Como toda solución de compromiso, ésta causa insatisfacción entre las partes, porque no se hace justicia cabal y porque se lastiman intereses poderosos. Pero ha generado certidumbre sobre la conducta de Maciel, que sólo será negada por quienes, a diferencia del Vaticano, no distingan entre su persona y su obra y teman por el prestigio de ésta.
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Fuente: Proceso
22 de mayo de 2006 |