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José Martí y el Padre Amaro
HOMBRE DEL CAMPO
Por José Martí
Nota de los editores:
Consideramos relevante para nuestros lectores este polémico escrito del
poeta y prosista cubano José Martí. El mismo refleja percepciones sobre
el clero en la realidad cubana en la era colonial que se vinculan con la
novela de Eca de Queiroz y la película del Crimen del padre Amaro. No
existen dudas historiográficas acerca de la autoría de Martí del
mencionado texto, el cual esta cotejado con el original.
Hombre del campo:
No vayas a enseñar este libro
al cura de tu pueblo; porque a él le interesa mantenerte en la
oscuridad; para que todo tengas que ir a preguntárselo a él.
Y como él te cobra por echar
agua en la cabeza de tu hijo, por decir que eres el marido de tu mujer,
cosa que ya tú sabes desde que la quieres y te quiere ella; como él te
cobra por nacer; por darte la unción, por casarte, por rogar por tu
alma, por morir; como te niega hasta el derecho de sepultura si no le
das dinero por él, él no querrá nunca que tú sepas que todo eso que has
hecho hasta aquí es innecesario, porque ese día dejará él de cobrar
dinero por todo eso.
Y como es una injusticia que se
explote así tu ignorancia, yo, que no te cobro nada por mi libro,
quiero, hombre del campo, hablar contigo para decirte la verdad.
No te exijo que creas como yo
creo. Lee lo que digo, y créelo si te parece justo. El primer deber de
un hombre es pensar por sí mismo. Por eso no quiero que quieras al cura;
porque él no te deja pensar.
Vamos, pues, buen campesino:
reúne a tu mujer y a tus hijos, y léeles despacio y claro, y muchas
veces, lo que aquí digo de buena voluntad.
¿ Para qué llevas a bautizar a
tu hijo?
Tú me respondes: "Para que sea
cristiano." Cristiano quiere decir semejante a Cristo. Yo te voy a decir
quién fue Cristo.
Fue un hombre sumamente pobre,
que quería que los hombres se quisiesen entre sí, que el que tuviera
ayudara al que no tuviera, que los hijos respetasen a los padres,
siempre que los padres cuidasen de los hijos; que cada uno trabajase,
porque nadie tiene derecho a lo que no trabaja; que se hiciese bien a
todo el mundo y que no se quisiera mal a nadie.
Cristo estaba lleno de amor
para los hombres. Y como él venia a decir a los esclavos que no debían
ser más que esclavos de Dios, y como los pueblos le tomaron un gran
cariño, y por donde iba diciendo estas cosa, se iban tras él, los
déspotas que gobernaban entonces le tuvieron miedo y lo hicieron morir
en una cruz.—
De manera, buen campesino, que
el acto de bautizar a tu hijo quiere decir tu voluntad de hacerlo
semejante a aquel grande hombre.
Es claro que tú has de querer
que él lo sea, porque Cristo fue un hombre admirable. Pero dime, amigo,
¿se consigue todo eso con que echen agua en la cabeza de tu hijo? Si se
consiguiera todo eso con ese poco de agua, todos los que se han
bautizado serian buenos. Tú ves que no lo son.
Además de esto, aunque esa
virtud del agua fuese verdad ¿por qué confías a manos extrañas la cabeza
de tu hijo? ¿Por qué no le echas el agua tú mismo? ¿El agua que eche en
la cabeza de su hijo un hombre honrado, será peor que la que eche un
casi siempre vicioso que te obliga a tí a tener mujer, teniendo él
querida, que quiere que tus hijos sean legítimos teniéndolos él
naturales, que te dice que debes dar tu nombre a tus hijos y no da él su
nombre a los suyos? No haces bien si crees que un hombre semejante es
superior a ti. El hombre que vale más no es el que sabe más latín, ni el
que tiene una coronilla en la cabeza. Porque si un ladrón se hace
coronilla, vale siempre menos que un hombre honrado que no se la haga.
El que vale más es el más honrado, luego la coronilla no da valor
ninguno.
El que más trabaja es el que es
menos vicioso, el que vive amorosamente con su mujer y con sus hijos.
Porque un hombre no es una bestia hecha para gozar como el toro y el
cerdo; sino una criatura de naturaleza superior, que si no cultiva la
tierra, ama a su esposa, y educa a sus hijuelos, volverá a
vivir indudablemente como el cerdo y como el toro.
Aunque tú seas un criminal,
cuando tienes un hijo te haces bueno. Por él te arrepientes; por él
sientes haber sido malo; por él te prometes a ti mismo seguir siendo
hombre honrado: ¿no te acuerdas de lo que sucedió a tu alma cuando
tuviste el primer hijo? Estabas muy contento; entrabas y salías
precipitadamente; temblabas por la vida de tu mujer; hablabas poco,
porque no te han enseñado a hablar mucho y es necesario que aprendas;
pero, te morías de alegría y de angustia. —Y cuando lo viste salir vivo
del seno de su madre; sentiste que se te llenaban de lágrimas los ojos,
abrazaste a tu mujer, y te creíste por algunos instantes claro como un
sol y fuerte como un muro. Un hijo es el mejor premio que un hombre
puede recibir sobre la tierra.
Y dime, amigo: ¿un cura puede
querer a tu hijo más que tú? ¿Por qué lo ha de querer más que tú? Si
alguien ha de desearle bien al hijo de tu sangre y de tu amor ¿quién se
lo deseará mejor que tú? ¿Si el bautismo no quiere decir más que tu
deseo de que tu hijo se parezca a Cristo, para esto has de exponerlo a
una enfermedad, robándolo algunas horas de su madre, montar a caballo
y llevarlo a que lo bendiga un hombre extraño? Bendícelo tú, que lo
harás mejor que él puesto que lo quieres más que él. Dale un beso y
abrázalo. Un beso fuerte: un abrazo fuerte. Y ese es el bautismo.—
El cura dice también que te lo
bautiza para que entre en el reino de los cielos. Pero el bautiza al
recién nacido si le pagas dinero, o granos, o huevos, o animales: si no
le pagas, si no le regalas, no te lo bautiza. De manera que ese reino de
los cielos de que él te habla vale unos cuantos reales, o granos, o
huevos, o palomas.
¿Qué necesidad hay, ni qué
interés puedes tú tener en que tu hijo entre en un reino semejante? ¿Qué
juicio debes de formar de un hombre que dice que te va hacer un gran
bien, que lo tiene en su mano, que sin él te condenas, que de él depende
tu salvación, y por unas monedas de plata te niega ese inmenso
beneficio? ¿No es ese hombre un malvado, un egoísta, un avaricioso? ¿Qué
idea te haces de Dios, si fuera Dios de veras quien enviase semejantes
mensajeros? [...]1
Ese dios que regatea, que vende
la salvación, que todo lo hace en cambio de dinero, que manda las gentes
al infierno si no le pagan, y si le pagan las manda al cielo, ese dios
es una especie de prestamista, de usurero, de tendero.
No, amigo mío, hay otro Dios!
O.C.,
t. 19. p
381-383. Cotejado con una fotocopia del manuscrito original.
Hay un
párrafo totalmente
ilegible en la
fotocopia consultada.
Tomado de:
José Martí, "Obras escogidas en
tres tomos" (Tomo I, 1869-1885)".
La Habana, Cuba: Editorial de Ciencias Sociales, 2000; pp. 103-105.
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