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Ministros de culto y abuso sexual,
¿existen cifras en México?:
Un acercamiento estadístico
Dr. Jorge Erdely
C I E N C I A e r g o s u m ,
Revista Científica
Multidisciplinaria de la Universidad Autónoma del
Estado de México,
V o l . 10 (1),
marzo- junio 2 0 0 3.
Sección de Ciencias Humanas y de la Conducta.
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Resumen.
En
México, la mayoría de las religiones y
denominaciones no objetan hacer del
conocimiento público el número de miembros con
que cuentan. El acceso a la información
financiera, sin embargo, no es tan fácilmente
asequible para los investigadores de las
religiones. Los recientes escándalos por
paidofilia en los Estados Unidos repercutieron
en México como consecuencia de la
globalización de la comunicación. Al hacerlo,
evidenciaron que el tema de la conducta sexual
de los ministros con sus feligreses es un tema
mejor custodiado que el de las finanzas. Más
aún, son observables interesantes resistencias
para obstaculizar el acceso a dicha
información, y estrategias para desautorizar y
descalificar cualquier cifra para cuantificar
el abuso sexual por ministros. Además de los
retos metodológicos que dicho escenario
presenta para los investigadores, son
interesantes los efectos de la supuesta ausencia de cifras en la discusión pública y en materia de derechos humanos. Particularmente el
derecho a la información de los feligreses. Palabras clave: ministros, Iglesias, desarrollo sexual, pedofilia, estadísticas, explotación, denominaciones, riesgo.
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Introducción
En México, la mayoría de las religiones y denominaciones
no objetan hacer del conocimiento público el número de
miembros con que cuentan. Algunas, de hecho, publican activamente
cifras y datos –a menudo imprecisos y/o inflados–
con motivos publicitarios. El acceso a la información
financiera, sin embargo, no es tan fácilmente asequible para
los investigadores de las religiones. En contraste, en otros
países existen mecanismos voluntarios de transparencia que
facilitan esta labor. Los recientes escándalos por paidofilia en
los Estados Unidos repercutieron en México como consecuencia
de la globalización de la comunicación. Al hacerlo,
evidenciaron que el tema de la conducta sexual de los ministros
ante sus feligreses es un tema mejor custodiado que el
de las finanzas. Más aún, en el proceso de intentar recabar
datos al respecto, son observables interesantes resistencias,
esfuerzos para obstaculizar el acceso a dicha información, y
estrategias para desautorizar y descalificar cualquier cifra que
cuantifique el abuso sexual cometido por ministros. Además
de los retos metodológicos que dicho escenario presenta para
los investigadores, son interesantes los efectos de la supuesta
ausencia de cifras en la discusión pública y en materia de
derechos humanos, particularmente el derecho a la información
de los feligreses.
No todas las religiones y denominaciones actúan así en
todos los países. Por ello existen estudios que sirven como
base para tener un acercamiento estadístico que nos permita
valorar la extensión y prevalencia de estos fenómenos a
nivel global, y cómo se comparan con otros ámbitos del
quehacer profesional: por ejemplo, el médico y el
psicoterapéutico. Partiendo de la información disponible,
se presenta primero una panorámica global que abarca a
los Estados Unidos, África y una porción de Europa, con el
fin de contextualizar el problema. La segunda parte se enfoca
a México. Usando metaanálisis, estudios de campo,
datos empíricos y estadísticas, se presenta una aproximación
cuantitativa preliminar, y datos cualitativos que se desprenden
de las mismas, sobre el abuso sexual cometido por
ministros de culto de diferentes afiliaciones.
1. Panorámica global
En su tesis doctoral, Richard Blackman (1984) estudió a
302 ministros metodistas, 404 pentecostales, 300 pastores
presbiterianos y 190 clérigos episcopales en los Estados
Unidos. El 38.6% del total de su muestra admitió haber
tenido “algún tipo de contacto sexual” con uno o más miembros
de su Iglesia. El grueso del grupo estudiado se componía
de hombres y la gran mayoría de contactos sexuales
ocurrieron con mujeres.
Del total, 12.7% de los pastores admitió
haber consumado
relaciones sexuales con
alguna feligresa. En contraste con la cifra de
38.6% en la investigación de Gatrell
et al.
(1995), sólo 12% de los médicos estudiados
había tenido “algún tipo de contacto sexual”
con pacientes. La diferencia entre el 38.6% de
los ministros evangélicos y protestantes, y el 12%
de los médicos, es de 26.6%: más del triple de incidencia.
En
Psychology Today, Sherman
reportó en 1993 una cifra similar a la de los
médicos cuando publicó una investigación sobre
el comportamiento de trabajadores sociales, psicólogos
y psicoterapeutas. La incidencia de conducta sexual
inapropiada con pacientes (no necesariamente coito) resultó
ser de entre 7% y 13% (Sherman, 1993). En 1992, una
investigación canadiense sobre la ética de médicos familiares,
ginecólogos y doctores de otras especialidades había
reportado un porcentaje menor al del estudio de 1995 de
Gatrell. La cifra fue de 9%, y sin embargo fue considerada
escandalosamente alta por las autoridades y la sociedad (ibid.).
El shock que provocó la publicación de esos resultados
hizo que se tomaran serias medidas para reducir el índice
de profesionales de la salud que se involucraban sexualmente
con sus pacientes.
En otra investigación, publicada en el
Journal of Pastoral
Care, se encontró que
por lo menos 14.1% de los pastores de la
Convención Bautista del Sur, una de las denominaciones
evangélicas más numerosas y conservadoras de los
Estados Unidos, ha tenido contactos sexuales. Entre ellos,
70.4% tiene conocimiento de otros pastores dentro de la
misma denominación que han tenido este tipo de deslices
con miembros (en general del sexo femenino) de su Iglesia.
Por el lado de la feligresía, 24.2% de los pastores
bautistas del sur le ha tocado atender a
alguna mujer que se ha involucrado en
relaciones sexuales con algún ministro de la
misma denominación (Seat
et al., 1993).
Una encuesta aplicada a ministros de los Estados Unidos,
realizada por la conocida revista
Christianity Today,
concluyó que 12% de los pastores evangélicos
protestantes ha tenido relaciones sexuales
fuera del matrimonio durante su ministerio (Leadership,
1988). De ellos, 17% incurrió al mismo tiempo
en comportamientos ilícitos al realizarlas con mujeres
que se encontraban recibiendo consejería terapéutica
directamente bajo su cuidado pastoral (equivalente en cierta
forma a una relación médico-paciente). Esto añade al
fenómeno, de acuerdo a Marie Fortune (1992), un componente
de explotación y abuso de poder.
Por otra parte, la Iglesia Metodista Unida, en un
reporte interno publicado en 1990, sacó a la
luz que 77% de las mujeres ministros en esa
denominación reportaron haber sido objeto de
hostigamiento sexual en su ámbito de trabajo;
lo mismo que 37% de las empleadas administrativas y
48% de las mujeres estudiantes de sus seminarios (TUMC,
1990). En el caso de la Iglesia Unida de Cristo, el porcentaje
de hostigamiento sexual fue similar (UCWS,1986).
Las cifras anteriores son más significativas si se
considera que las denominaciones representadas
en los estudios se encuentran entre las más
numerosas e influyentes en todo el mundo, y
varias se distinguen por enseñar una moral
estricta y conservadora. La estadística comparativa de inmediato
permite observar una dimensión particular del
problema cuando se tiene en cuenta que en el caso de la
profesión médica, la incidencia de casos de abusos es menor en
una proporción de uno a tres.
Por otra parte, es interesante notar que
el porcentaje de ministros del sexo femenino
que son objeto de hostigamiento sexual
en la denominación metodista, son superiores a
los que se reportan, por ejemplo, en
religiones como el judaísmo (CWE,
1993).
En resumen, el porcentaje de abusos
a pacientes por parte de profesionales
de la salud en los Estados Unidos es más bajo
que en importantes denominaciones evangélicas
y protestantes y, como se verá más adelante,
que en la Iglesia Católica. Las implicaciones prácticas
para los creyentes son claras: corren más riesgo de ser
explotados sexualmente por un pastor o un sacerdote, que
si acudieran a consultar a su médico o a un psicoterapeuta.
2. Catolicismo: la crisis mundial por la paidofilia
Desde hace más de una década ha sido notorio que amplios
sectores del clero de la Iglesia Católica atraviesan por una
crisis de ética y credibilidad. Así lo evidenciaron desde 1993
las declaraciones públicas del papa Juan Pablo II
que expresaban preocupación por la cantidad de
sacerdotes católicos en los Estados Unidos
acusados de abusar sexualmente de menores.
Dichas declaraciones ocurrieron poco después de que
Jason Berry, un periodista católico, diera a conocer a la opinión
pública nacional casos como el del padre Gauthe y otros
sacerdotes paidófilos en el estado de Louisiana. Tanto los
artículos periodísticos, y eventualmente el clásico libro de
Berry (2000), cimbraron a propios y extraños. El problema,
evidentemente, era real y muy grave. Para 1997, uno de los
casos de pederastia más publicitados por los medios de
comunicación terminó con una histórica condena
judicial contra la diócesis de Dallas, Texas.
Fue sentenciada a pagar una indemnización de
cerca de 120 millones de dólares a varias
víctimas de abuso sexual por su papel culposo en el encubrimiento
activo del sacerdote Rudolph Koss, quien perpetró
violaciones en serie a menores durante un periodo de varios
años con conocimiento de sus superiores (Associated Press,
1997;
Siglo 21,
1997; Cavestany, 1997).
Actualmente, el investigador católico Richard Sipe
estima que alrededor de 6% de los más de 46
mil sacerdotes católicos en los Estados Unidos
han cometido actos de abuso sexual contra
niños. Esto arrojaría una cifra de alrededor
de tres mil clérigos involucrados exclusivamente en paidofilia.
Dicha cantidad no incluye a diáconos, personal
administrativo y laicos en posiciones de
liderazgo que han cometido abusos similares,
sino sólo a sacerdotes.
Por su parte, la abogada tejana Sylvia
Demareset reporta que actualmente hay
más de 1,500 sacerdotes formalmente acusados
ante la justicia estadounidense de crímenes
sexuales contra menores de edad. Sólo en
Kentucky existían, hasta el 8 de junio de
2002, 122 nuevas demandas contra sacerdotes
pederastas y parroquias responsables de
encubrirlos.
Estas cifras, sin embargo, se enfocan
casi exclusivamente en paidofilia
homosexual.
El abuso a niñas y mujeres adolescentes no
está incluido, ni tampoco el uso del secreto
de confesión para seducir a mujeres adultas, casadas
o solteras.
Desde
hace más de una década
ha sido
notorio que amplios
sectores del clero de la Iglesia
Católica atraviesan por una
crisis de ética y credibilidad.
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Además de la rotación de clérigos paidófilos de
parroquia en parroquia –algunos dentro, otros
fuera de los Estados Unidos–, hasta fines de
diciembre del año pasado la Iglesia Católica
de los Estados Unidos había removido formalmente
de su cargo al menos a 365 sacerdotes acusados de
abuso a menores. La mayoría, sin embargo, mantuvieron su
estatus oficial de sacerdotes. De enero a junio de 2002 –en
medio del escándalo actual por encubrimiento a sacerdotes
pederastas que inició en la diócesis de Boston– han sido
retirados de su cargo por la Iglesia otros 218 curas. La
mayoría de ellos tenían ya expedientes parroquiales con
denuncias de agresiones a menores. Desde enero de 2002,
se han presentado alrededor de 300 demandas civiles contra
iglesias y parroquias católicas en 16 estados de la Unión
Americana. También han renunciado algunos obispos –como
el de Palm Beach, Florida– acusados de abusos sexuales
contra seminaristas ocurridos hace tiempo.
3. Panorámica europea
A diferencia de los Estados Unidos, en Europa existen
pocas cifras disponibles sobre ministros y
abuso sexual. Podemos observar, sin embargo,
casos notorios recientes de paidofilia
homosexual y explotación heterosexual de altos
jerarcas. En Alemania, el obispo auxiliar de Maguncia, F.
Eisenbach, fue denunciado este año por una catedrática
universitaria de haberla agredido sexualmente durante una
sesión de exorcismo que éste le practicaba. En abril pasado
el papa Juan Pablo II aceptó su renuncia. Un mes antes,
en marzo, el papa aceptó la dimisión forzada
del arzobispo de Poznan, Polonia, Juliusz
Paetz, connacional y persona cercana a él,
quien trabajó en el Vaticano de 1967 a 1976. El
arzobispo Paetz fue investigado recientemente por una comisión
enviada directamente por el papa y fue hallado culpable
de “conducta inapropiada” contra varios seminaristas
y sacerdotes jóvenes que lo denunciaron por diversas agresiones
sexuales en el pasado. Otro obispo irlandés, país de
mayoría católica, también renunció recientemente admitiendo
cargos similares. El caso más notorio, sin embargo, porque
involucra al clérigo católico de más alto rango hasta la
fecha, ha sido el del cardenal austriaco Hans Hermann
Groer, quien, recién nombrado, fue obligado a abandonar
su cargo en 1998, cuando la opinión pública austriaca se
enteró de su presunto pasado como paidófilo.
La paidofilia homosexual, sin embargo, no es de ninguna
manera el único fenómeno sexual prominente entre los ministros
católicos. En marzo de 2001 se hicieron públicas denuncias
hechas a muy alto nivel sobre el abuso generalizado
de monjas en África por parte de sacerdotes, y el en-cubrimiento
del Vaticano ( The
Tablet, 2001: 403). La
realidad y magnitud del problema fue descrito
en un reporte por sor María McDonald, madre
superiora de Las Misioneras de Nuestra Señora
de África. Su informe titulado
El problema
del abuso sexual a religiosas africanas en África y Roma
fue minimizado
por oficiales del Vaticano. El padre Noktes Wolf, abad
primate de los monjes benedictinos ha afirmado, sin embargo,
que el abuso continuo de monjas africanas es una realidad
y no un asunto de casos aislados (Allen y Schaeffer, 2001).
El problema en África no se circunscribe a un solo país.
En el continente africano, de acuerdo con un
reporte nunca desmentido, publicado por la
revista Time
en 1994, alrededor de
“tres cuartas partes de los sacerdotes africanos están, en
efecto, casados y criando hijos” (The
Tablet, 2001: 432). La frase
“en efecto” significa en términos canónicos
de facto,
no de jure,
pues sabemos que uniones de concubinato, o aun matrimonios
civiles de sacerdotes no son considerados legítimos por
el Vaticano. El punto a ilustrar con esto es que los sacerdotes
católicos africanos en general no cumplen con el dogma del
celibato y es común que tengan relaciones de concubinato,
matrimonios civiles o romances pasajeros con mujeres de
sus comunidades (véase Allen y Schaeffer, 2001). Si esto es
así, entonces surge la pregunta: ¿por qué entonces los abusos
precisamente contra monjas y religiosas?
En África, las monjas se han convertido en un grupo
especialmente vulnerable porque el voto de castidad las hace
candidatas menos probables para ser portadoras del virus
del SIDA.
Por lo tanto son consideradas “compañeras sexuales
seguras” por muchos clérigos.1
La extensión y falta de respuesta de este fenómeno ha
provocado protestas formales de parte de monjas a muy
alto nivel. Por ejemplo, la Conferencia de Estudio de las
Hermanas de África Oriental (SEASC)
denunció formalmente estos abusos, a través de
sus delegadas, ante la Conferencia de Obispos
de África Central y Oriental (AMECEA)
luego de su reunión, en Kampala, Uganda, en
agosto de 1995 (O’Donohe, 1995: 433). La SEASC tiene la representación
de 15 mil monjas de ocho países africanos y tiene una fuerza
considerable. En su queja formal decían: “Consideramos
esto un asunto de justicia el cual creemos que ya no
puede ser ignorado”.
Por su parte, el Parlamento Europeo aprobó por mayoría
de votos el 5 de abril de 2001 en Estrasburgo,
una resolución oficial titulada
Sobre la violencia sexual
contra las mujeres y en particular contra
religiosas católicas. El
documento, de carácter público, se solidariza
con las víctimas, exige al Vaticano que destituya de
sus cargos a los sacerdotes y obispos responsables de explotar
sexualmente a las monjas, y pide “que cooperen con las
autoridades judiciales”, a las cuales llama a
proceder jurídicamente contra los responsables
(Parlamento Europeo, 2001).
4. Latinoamérica y México
En los Estados Unidos existen alrededor de 30 millones
de hispanos, la mayoría de origen
latinoamericano. Alrededor de 25% de la
membresía de la Iglesia Católica estadounidense,
así como una parte importante de las grandes denominaciones
pentecostales e iglesias protestantes y evangélicas mencionadas
en los estudios citados al inicio de este capítulo, son
latinos. Asimismo lo son una cantidad considerable que ha
ingresado a agrupaciones como los Testigos de Jehová. William
H. Bowen ha acumulado suficiente información para documentar
casi 24 mil casos de paidofilia y efebofilia dentro de
los Testigos de Jehová en su país. La mayoría involucra abusos
a niñas victimizadas indistintamente por laicos, personal
administrativo y líderes del sexo masculino. Muchos de ellos,
afirma Bowen, han sido protegidos por las políticas patriarcales
dictadas por los máximos dirigentes de la organización
Watchtower. En una entrevista con el autor de este artículo
(15 de junio de 2002), el investigador expresó su preocupación
por lo que sucede al interior de las comunidades latinas
de Testigos de Jehová en los Estados Unidos. Bowen no
ofrece cifras finales aún, pero basado en datos empíricos y
estudios de caso, considera que la incidencia y encubrimiento
es mayor en las comunidades latinas que en los Salones del
Reino de anglosajones.
En Latinoamérica, para muchos sectores sociales parece
ser tabú el tema de los ministros de culto y su sexualidad.
Aun así, uno de los datos más claros provenientes de la Iglesia
Católica, fue proporcionado en 1990 por el arzobispo
Bartolomé Carrasco, quien estuviera al frente de la diócesis
de Oaxaca. Carrasco reportó ante el Vaticano que 75% de
los sacerdotes bajo su jurisdicción no cumplían el dogma del
celibato ( Carrasco,
1998 o ¿1995?). Muchos de
ellos estaban sosteniendo relaciones de
concubinato, las cuales, necesariamente, de
acuerdo con los criterios de Marie Fortune,
conllevan implícitamente un abuso de poder por causa de su
investidura jerárquica.
A pesar de los tabúes, empiezan a surgir estudios y
cifras concretas de la extensión del problema.
Por ejemplo, los trabajos de campo de la
antropóloga Paloma Escalante, sugieren que en
parroquias pequeñas de zonas rurales hay una
incidencia importante de casos de sacerdotes católicos
que abusan sexualmente de jovencitas, sobre todo de trabajadoras
domésticas o voluntarias que les ayudan. También
enfatiza que muchos casos tardan décadas en ser reportados
y a veces nunca lo son, debido a factores psicológicos y
antropológicos, propios de la cultura latina (Escalante, 2002
y Rodriguez-Tovar, 2002).
En México, país con la mayor concentración de católicos
en el continente después de Brasil, el
Departamento de Investigaciones
Sobre Abusos Religiosos
(DIAR),
organismo no gubernamental de defensa de los
derechos humanos, publicó en mayo de 2002 los
resultados de un estudio de 280 denuncias
contra ministros y líderes de diferentes denominaciones
y religiones. Del total, el 35% son agresiones sexuales,
50% son fraudes y casos de explotación económica, y 15%
caen en la categoría de violaciones diversas a los derechos
humanos. Estos incluyen la coerción a través de amenazas
para impedir que personas dejen tal o cual secta o religión,
intimidación, persecución, intolerancia y el impedir la libertad
de creencias (DIAR,
2002).
5. Grupos de alto riesgo
En el mencionado estudio, la mayor parte de los
afectados son mujeres (55%), seguidos por
menores de edad (30%). Sólo 15% son hombres
adultos. Estos resultados ubican
definitivamente a las mujeres y a los niños como los grupos
sociales más vulnerables y de más alto riesgo.
El DIAR indica que la mayoría de las denuncias
que recibe son contra ministros de iglesias y
grupos no católicos diversos, de corte
carismático neopentecostal y pentecostal, seguidas
por líderes de denominaciones evangélicas, protestantes
históricas, sacerdotes católicos y las llamadas sectas
destructivas. En la mayoría de los casos, con algunas notables
excepciones, las denuncias señalaban a ministros, no a
organizaciones, como responsables.
El DIAR afirma que dichas cifras no significan
que en las iglesias católicas de México, o en
general de Latinoamérica, ocurran menos abusos
que en otros grupos religiosos. Explica la
diferencia más bien en términos de una mayor disposición
de los evangélicos a denunciar ilícitos debido a una
mayor concientización de sus derechos humanos y menos
temor supersticioso a los líderes o a la institución religiosa.
Asimismo enfatiza que, en contraste, cuando las
denuncias involucran a la institución
religiosa y no sólo a un líder, la Iglesia
Católica tiene más denuncias, los casos son más graves,
e involucran a mayor número de afectados que en
otras organizaciones. Un ejemplo es el caso del sacerdote
católico Juan Aguilar, de Tehuacán, Puebla, acusado penalmente
desde 1997 de abusar sexualmente de
sesenta menores que estudiaban catecismo en su
parroquia. Actualmente el sacerdote está
sujeto a un proceso penal que incluye el
delito de corrupción de menores. Hoy está
prófugo de la justicia, huyendo para evadir
una orden de aprehensión.2 Para el DIAR,
la intervención de la diócesis para encubrirlo
ha sido determinante.
Basado en datos empíricos en casi una década de trabajo,
el Departamento de Investigaciones sobre Abusos Religiosos
calcula que alrededor de 30% de los 14 mil sacerdotes católicos
en México son responsables de haber cometido algún
tipo de abuso de índole sexual contra feligreses o personas de
sus comunidades (Vera, 2002). Esto incluye no sólo la tan
publicitada paidofilia homosexual, sino también la heterosexual
(contra niñas), así como el estupro y el uso del secreto de
confesión para explotar vulnerabilidades sexuales de mujeres
casadas o solteras.
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En
Latinoamérica, para muchos
sectores
sociales parece ser
tabú el tema de los ministros
de culto y
su sexualidad.
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En España, un estudio respaldado metodológicamente por
J. Manuel Cornejo, Jefe del Departamento de Investigación
de la Facultad de Psicología de Barcelona, arrojó como resultado
que 33% de sacerdotes ha cometido algún tipo
de abuso sexual a menores. Dicha investigación
reporta, además, según una muestra de 354
sacerdotes, que en España, 53% –más de
la mitad– sostienen relaciones sexuales
con mujeres adultas (Rodríguez, 1995).
6. El nivel individual y la
dimensión institucional
Se puede observar en los líderes religiosos que explotan
sexualmente a sus congregantes, independientemente de en
qué categoría de Fortune (1992) se les clasifique, que siguen
a menudo el siguiente patrón de conducta:
Primero, el líder establece, con base en su autoridad
religiosa y en la relación como superior
jerárquico, vínculos de confianza con una
persona particularmente vulnerable. Las
vulnerabilidades pueden ser psicológicas, sociológicas y, llamémosle,
espirituales.
Éstas no son mutuamente excluyentes, todas son
susceptibles de ser manipuladas para la gratificación
sexual del ministro.
Posteriormente se explota esa confianza personal, basada
en factores como la fe y la superstición, así como la relación
de subordinación a la autoridad. La explotación puede
ser sexual, pero no es extraño que abarque simultáneamente
otras esferas como la económica. Asimismo, el
modus
operandi no siempre es
dramático y despiadado. A menudo es gradual y
sutil y frecuentemente se utilizan una serie de
argumentaciones pseudo-teológicas y diversas formas de
manipulación de las emociones.
Las complicidades de los allegados de este tipo de
ministros juegan una parte crucial para
perpetuar dicha explotación.
Por lo general se trata de
complicidades pasivas
por parte
de asistentes o colegas que se dan cuenta de que están ocurriendo
ilícitos, pero optan por guardar silencio y no hacer
algo al respecto. La casuística en nuestra cultura indica que
este tipo de complicidades suele ser la más frecuente. ¿Qué
motiva a clérigos, diáconos, personal administrativo y otros a
permanecer callados ante hechos deleznables? Las razones
pueden ser muchas, pero las más frecuentes son:
a) Temor a confrontar la problemática o a represalias
institucionales.
b) Falta de empatía hacia los seres humanos que sufren –
cosa paradójica en ámbitos en donde se asume que la ética
cristiana y la justicia son principios primordiales.
c) Fanatismo –entendido como lealtad acrítica y a menudo
percibida como irracional– por la institución, secta o
iglesia a la que se pertenece. Este punto es crucial
psicológicamente, pues se relaciona con la
forma en que los miembros construyen
su identidad alrededor del grupo religioso
en cuestión. El miedo al ver amenazada
esa identidad personal lleva a estados de
negación de lo obvio: en este caso la
existencia de los abusos que se conocen. Se
puede utilizar una aplicación del modelo del
sociólogo británico Stanley Cohen (2001) para
identificar tres niveles de negación: en este
caso la negación
interpretativa y la
implicatoria
son las más comunes.
Hay también ramificaciones jurídicas importantes
en este punto: el fanatismo incondicional por la agrupación
religiosa es la que hace que se confundan los conceptos de
lealtad y complicidad institucionales.
d) Complicidad en ilícitos previos. No es infrecuente
hallar que ministros, ayudantes, y creyentes
por igual, se encuentren atrapados en un
círculo vicioso de silencio por haber
participado anteriormente en conductas inmorales o
ilícitas ellos mismos, sea de manera individual o grupal.
Cuando sus superiores jerárquicos han sido informados de
ello, o se han dado cuenta, utilizan esos antecedentes para a
su vez chantajear a sus subordinados, obligándolos a callar.
“Si tú dices lo que yo estoy haciendo, yo (o nosotros)
digo (o decimos) lo que tú hiciste”. A veces
el chantaje es implícito, y existe como regla
no escrita que quien denuncia a sus líderes
sufrirá la ira de la institución, la cual de inmediato
sacará a la luz sus expedientes reales –y a veces inventará
otros– para desacreditarlos.
e) Otra causa común de complicidad pasiva –ésta
particularmente frecuente en el catolicismo–,
son las ambiciones profesionales y las metas
vocacionales. La gente que opta por romper el
silencio y denunciar, ya sea al interior de la
organización, y mucho más si esto se hace hacia afuera,
frecuentemente es afectada en sus intereses profesionales.
Factores como la cantidad de tiempo invertido para
consolidar una carrera eclesiástica –considérese, por ejemplo,
tan solo el tiempo de preparación en el seminario– llegan
a influir negativamente en este tipo de decisiones. Asimismo
influye la posibilidad de la pérdida de vínculos
afectivos y aceptación social del grupo inmediato en subculturas
que operan como sistemas totales (Goffman, 1961).
Este factor es peculiarmente relevante por las
limitaciones que impone el voto del celibato
sacerdotal. No es inusual que colegas (o
feligreses) de quienes se atreven a denunciar
la violación de derechos humanos al interior de una agrupación
religiosa estigmaticen a estos últimos como traidores.
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El fanatismo incondicional por
la agrupación religiosa es
la que hace que se confundan
los conceptos de lealtad y
complicidad institucionales.
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Es también común que sean hostigados jurídicamente
durante, o después de un proceso de denuncia. Los costos,
pues, son altos en términos de relaciones sociales, intereses
profesionales y seguridad personal.
El pragmatismo profesional –la conveniencia de no perder
un empleo o poner en peligro el futuro de una carrera
o vocación ministerial– a menudo triunfa sobre la ética
y el compromiso cristiano de proteger a los más vulnerables
de quienes los explotan, fortaleciendo con esto la cultura
de la impunidad. Estos comportamientos crean atmósferas
propicias para que ocurran abusos religiosos más
graves y frecuentes.
7. Círculos de complicidad: el nivel estructural
La
complicidad activa, sin
embargo, es mucho más nociva y peligrosa que
la pasiva, sobre todo cuando involucra a figuras
con más autoridad que el mismo ministro que delinque.
A menudo la complicidad activa, el participar para
favorecer o permitir que se realice o continúe
la explotación de un feligrés por parte de un
líder religioso, adquiere dimensiones
estructurales
o sistémicas. Esto significa que no es ya
sólo un ministro que a título personal abusa de su posición
mientras sus colegas y subordinados callan, sino que superiores
jerárquicos, o aun oficinas o instancias enteras dentro
de la organización religiosa, están coludidas. Esto es
particularmente grave ya que –cualesquiera sean los argumentos
para no actuar– dichas instancias internas están
facultadas con el rango y la capacidad para impedir que se
perpetúen más conductas ilícitas. La inacción en este caso
refuerza dramáticamente la atmósfera de impunidad.
En una entrevista con el semanario
Proceso
(Vera, 2002) he
esbozado ejemplos de la naturaleza de este tipo de estrucuras
y cómo institucionalizan el encubrimiento y promueven
campañas de desinformación al respecto.
La complicidad activa en altas instancias religiosas es
la más destructiva contra el feligrés, pues
todos los mecanismos internos para reparar o
prevenir abusos están controlados por la
consigna de proteger la imagen institucional y lo
que el antropólogo Elio Masferrer (2000a y 2000b) llama el
capital simbólico
del grupo religioso. En el
caso del catolicismo, factores como el derecho
canónico mismo, nociones culturales de la
sacralidad de los sacerdotes y determinados dogmas
teológicos se utilizan con frecuencia como marco ideológico
ad hoc
para intentar justificar dichas
estrategias.
Si, además, el contexto en donde se desarrollan los
abusos es una sociedad poco instruida en los
derechos humanos, en la cual la cultura de la
impunidad y la corrupción están fuertemente
arraigadas por razones históricas, los resultados en términos
de impacto social son trágicos, pues los grupos religiosos
se convierten en espacios idóneos para explotar las creencias,
cometer crímenes y perpetuar las condiciones para que se
violen los derechos humanos generación tras generación.
8. Conflictos con la autoridad civil
La falta de autocrítica y de autogobierno de muchas
iglesias está llevando, como bien se apunta en
el libro editado por Gary Collins, a la
intervención de los gobiernos civiles en un
terreno que por mucho tiempo se consideró
asunto interno
de las
iglesias, para proteger a los ciudadanos. Teniendo en mente
la crisis por la que pasa actualmente el catolicismo en los
Estados Unidos, las palabras de Mosgofian, escritas en
1995, suenan casi proféticas cuando previno
que la epidemia de abusos sexuales por parte
de ministros de distintas denominaciones bien
podría llegar a “ser el Waterloo de la Iglesia en
Occidente”. Dice Mosgofian:
Si la Iglesia no decreta un alto y toma control
efectivo sobre
aquellos de sus ministros descarriados, el Estado
tomará control
de la Iglesia y aplicará severos castigos sobre los
transgresores y
sobre la Iglesia en general (Mosgofian y Ohlschlager,
1995).
Ese procedimiento ya ha comenzado en Boston,
Massachussets, con la Iglesia Católica,
sentando un importante antecedente jurídico.
El 26 de septiembre de 2002, el Juez de la
Suprema Corte, Constance Sweeny ordenó a la Arquidiócesis
de Boston entregar a la justicia todos sus expedientes privados
sobre sacerdotes acusados de paidofilia de cincuenta años
atrás a la fecha (REUTERS,
2002). El argumento jurídico detrás de la
orden judicial es la presunción de que es demostrable,
en términos legales, un patrón institucional de encubrimiento.
A la larga, pareciera estar en el mejor interés de la
imagen institucional de las iglesias –ciertamente lo está en el
de los feligreses– el transparentar, voluntariamente y a tiempo,
los ilícitos sexuales de sus ministros.
Conclusiones
Con el análisis de las cifras y casos hasta aquí
expuestos, a la luz de la literatura
especializada existente, podemos llegar a
varias conclusiones: a)
Los abusos religiosos son un
fenómeno real y cuantificable, que en general
no respeta fronteras denominacionales;
b)
los grupos sociales más vulnerables son
los menores de edad y las mujeres;
c)
las estadísticas existentes,
aunadas a datos empíricos, indican que los abusos de
explotación y agresión sexual están entre los principales tipos
de abusos; d)
en esta última categoría hay un
abanico de matices –desde la violación
repetida de niños, hasta la relación de
explotación ministro-oveja con personas adultas. En
algunas organizaciones religiosas predomina más un tipo y
en otras otro. Asimismo, existe distinta disposición por parte
de los feligreses, grupos de afectados y aun líderes, para
denunciar ilícitos dependiendo de la
denominación o grupo de que se trate;
e)
en países como los Estados Unidos, los
ministros de prominentes denominaciones e
iglesias tienen estándares de ética
profesional más bajos e índices más altos de
involucramiento sexual con sus feligreses que los especialistas
de la salud seculares con sus pacientes.
El hecho mismo de que algunas estadísticas hayan sido
proporcionadas y otras reconocidas por algunas denominaciones
sugiere, por un lado, que hay organizaciones religiosas
que desean hacer cambios de fondo para prevenir dichas
conductas. Algunos de los estudios citados al principio,
han sido realizados por las mismas agrupaciones religiosas
para tratar de medir la magnitud del problema e implantar
soluciones. Otras iglesias y sectas, sin embargo, se empeñan
en minimizar o negar la existencia y magnitud del problema
a su interior. La prevalencia de esta negación, el ocultamiento
de información y la secrecía encubridora hacen hoy
más que nunca necesarias las investigaciones independientes
para tratar de cuantificar el número y tipo de abusos
pastorales en muchas organizaciones. Ante estos escenarios,
y para poder llevar a cabo con solvencia este quehacer,
los investigadores enfrentan importantes retos metodológicos
para poder tener acceso a información tan bien
custodiada.
Aunque el énfasis de este trabajo ha sido cuantitativo,
no se pueden soslayar las dimensiones cualitativas del
fenómeno. Al estudiar la incidencia y la etnografía del abuso
sexual por ministros religiosos, se observan patrones
significativos de conducta que pueden ayudar a inteligir las causas.
Se enunciaron de manera sucinta algunos de los factores
principales de la etiología. Una descripción mucho más
extensa, con base en estudios de caso recopilados por el autor
a lo largo de diez años de investigar el tema en nuestra
cultura, se publicará próximamente en un libro. La complejidad y
amplitud del fenómeno no permiten ser exhaustivos y
requieren acotar la discusión. En este caso, considero que los
factores más pertinentes por comentar son las relaciones entre
los líderes que abusan y las instituciones en que ocurren
los ilícitos.
Existe, pues, una dimensión personal y una dimensión
estructural del problema y ambas están interrelacionadas
a varios niveles.
NOTAS:
1. Maura O’Donohe, coordinadora en turno del programa
sobre el SIDA de
CARITAS
International,
presentó un informe al respecto al presidente de los Institutos de Vida
Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica en Roma el 18
de febrero de 1995. La Dra. O’Donohe, religiosa de las Misioneras Médicas de María,
confirmó y documentó la explotación sexual contra las monjas en África.
2. Averiguación Previa
Núm. 3497/997/DRS. Procuraduría de Justicia del Estado. Causa
Penal Núm. 6/1998/1. Asimismo, Resolución de la Sexta
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