Cuando la iglesia encubre a un violador:
El caso del padre Juan Manzo
Dr. Jorge Erdely
El teléfono sonó:
—¿Hablo al Departamento de
Investigaciones Sobre Abusos Religiosos?
—Sí, ¿en qué le puedo servir? —respondió Eugenia.
La voz del otro lado de la línea
continuó, cauta y un poco temblorosa.
—Quiero denunciar un caso muy
delicado…El encargado de los dormitorios, el sacerdote, ha estado abusando
sexualmente de varios internos…ya avisé a los superiores, pero sigue en su
puesto.
Eugenia era en ese momento la
voluntaria que cubría la línea telefónica de atención al público de la
única organización de derechos humanos en México dedicada a dar asesoría
legal gratuita a víctimas de abuso por parte de ministros o agrupaciones
religiosas de cualquier creencia.
—¿Me puede dar algunos detalles? —volvió
a preguntar Eugenia, quien durante la próxima media hora guió al denunciante a
través de un detallado cuestionario.
El hielo se fue rompiendo.
Eugenia intuía un caso genuino. A
cientos de kilómetros de allí, Alejandro García Castro, católico y
psicólogo de la prestigiada escuela-orfanato "Ciudad del niño Don
Bosco" en León, Guanajuato, comenzaba a sentir cierto alivio después de
meses de luchas internas. Como católico, estaba reticente a comentar la
situación con gente ajena a su institución y a la jerarquía de su iglesia;
como profesionista, sabía que su obligación era proteger la integridad
emocional de los niños de la escuela. En los últimos meses había atendido a
cinco menores agredidos sexualmente por el padre Manzo en los dormitorios.
Entonces aún pensaba que las autoridades de la escuela solucionarían el
problema de inmediato.
La Ciudad del Niño Don Bosco, después
de todo, no era cualquier colegio. Además de primaria y secundaria con
internado, la organización, administrada por la orden de los salesianos,
contaba con un albergue para niños huérfanos. En total, en 1994 atendía a
más de cien niños proveyendo educación, comida e instrucción católica.
Alejandro García siguió todos los
procedimientos institucionales. Informó al padre Juan Manuel Gutiérrez,
director de la organización y confrontó con las evidencias a Juan Manzo,
pidiéndole que renunciara a su puesto "para que se atendiera
psicológicamente". Pensativo, éste reconoció los abusos. Sin embargo, al
paso de las semanas seguía inexplicablemente como encargado de los dormitorios.
Cuando Carlos, la sexta víctima,
llegó a verlo, Alejandro no aguantó más y tomó el teléfono.
Eugenia concluyó la llamada, no sin
antes apuntar los datos del psicólogo para concertar una cita personal. Pocos
días después Alejandro se reunió en persona con Rafael, otro voluntario del
Departamento de Investigaciones sobre Abusos Religiosos (DIAR).
Para el psicólogo, habían aun muchas
preguntas en el aire. ¿Se atrevería a denunciar penalmente al sacerdote para
evitar que siguieran los abusos? ¿Quién sería la próxima víctima? ¿Por
qué seguían manteniendo como encargado de dormitorios a un abusador sexual
confeso? ¿Qué pasaría con el prestigio de la institución que a tantos niños
había brindado asistencia y educación durante décadas? ¿No haría más mal
que bien denunciar? En su cabeza se arremolinaban un torbellino de dudas y
pensamientos.
En la primera cita se le veía
demacrado. "He bajado diez kilos en los últimos seis meses. Este dilema
me ha traído muchísima tensión. Cuando pasó lo de Carlos volví a decirle al
padre Manzo que se retirara para que no hiciera más daño, que necesitaba
tratamiento. Desde entonces ha andado haciendo ayunos y se encierra en su cuarto
a rezar. Todo el día se le ve triste y a mí ahora me están criticando los
sacerdotes y el personal administrativo. Dicen que Juan Manzo está triste por
mi culpa, que lo presiono demasiado.
"Ya incluso denuncié lo que
pasa ante el provincial de los salesianos en Guadalajara y no hacen nada",
concluyó el psicólogo.
Cierto, el padre Pascual Chávez había
recibido la denuncia por escrito antes del ataque sexual a Carlos, uno de los
internos, estudiante de la secundaria. Pero a Carlos no le agradó que Juan
Manzo lo intentara desnudar cuando dormía y le manoseara los genitales, siempre
al cobijo de la noche, y resistía, tenaz, sus avances. Pronto empezaron las
represalias.
—¿Qué
más te hacía?
—Desde entonces me comenzó a
insultar y a lanzar maldiciones enfrente de todos. Un día hasta me quiso patear —explicaba Carlos con la mirada clavada en el piso en su casa en Ecatepec,
estado de México—. Me empezó a tratar muy mal.
Por resistirse a los abusos sexuales y
a las humillaciones, finalmente fue expulsado un 10 de mayo. El día de las
madres.
Al igual que el psicólogo de la Ciudad
del Niño Don Bosco, la mamá de Carlos había ya comenzado a notar en su hijo
los efectos de los repetidos abusos del sacerdote: tristeza, cambios de conducta
inexplicables, sentimientos de ira, vergüenza, culpa y mucha confusión. Cuando
uno de los abogados del DIAR la contactó a través del psicólogo y supo lo que
le había sucedido a su hijo, la señora Delfina se indignó y estuvo dispuesta
a denunciar penalmente a Juan Manzo. Por su parte, el DIAR entrevistó a la
víctima y videograbó su testimonio, buscando evitar que el menor compareciera
ante el Ministerio Público y al mismo tiempo evitarle un trauma mayor. La ley,
sin embargo, requería que el menor de trece años se presentara a testificar.
A los pocos días, un hecho insólito
tuvo lugar. Tres católicos valientes decidieron romper la cultura de la
impunidad y el temor supersticioso y se presentaron a denunciar penalmente al
cura ante las autoridades de la ciudad de León, una de las más
tradicionalistas del país.
Con paso firme, se dirigieron al
Ministerio Público de la agencia No. 15 de Delitos Sexuales, y declararon.
La noticia tomó por sorpresa a casi
todos los medios de comunicación locales, los cuales se dedicaron mayormente a
difundir las excusas y versiones del director de la Ciudad del Niño Don Bosco,
quien se encontraba molesto, pues el periódico El Sol de León había
publicado un amplio reportaje de denuncia en su sección policiaca, gracias a la
labor de Pascual, un experimentado reportero local.
Apresurado, el padre Juan Manuel
Gutiérrez convocó a una conferencia de prensa. Fustigó a los medios de
comunicación "por amarillistas y exagerados". Dijo que metía
"las manos al fuego por el padre Juan Manzo" y que éste permanecería como encargado de los dormitorios. Después exaltó la labor altruista
que durante años había hecho la institución a su cargo.
El caso era inaudito, pues el padre
Gutiérrez había sido llamado a declarar por el Ministerio Público, ante el
cual reconoció que estaba enterado de los ataques sexuales contra los menores.
En el expediente penal se registra su testimonio. Los califica simplemente como
una "debilidad humana".
—¿Qué piensas de lo que dijo el
padre Gutiérrez en la conferencia de prensa?
El ingeniero Joaquín Guzmán, un
voluntario del DIAR respondió indignado.
—¿Qué? ¿Eso de que no se debe
cuestionar la labor de la institución porque hace mucha labor social? Si a
cambio de darles comida los van a estar violando, mejor sería para los niños
huérfanos quedarse en la calle. Además, Carlos (el denunciante) fue como
interno a la secundaria a recibir una educación y supuestamente valores. ¡Y
encima van a dejar al sacerdote como encargado de los dormitorios!
El ingeniero tomó un interés especial
en el caso y decidió ir a ver al subprocurador de Justicia del Estado para
pedirle que agilizara la acción de la justicia.
Las cosas se pusieron al rojo vivo. El
menor agredido y su madre habían ya levantado la denuncia y ratificado
formalmente su declaración. El psicólogo mismo de la institución denunciaba
los hechos y además proveía los nombres de cinco niños más que habían sido
abusados. A su vez, el padre Gutiérrez aceptaba tener conocimiento de los
hechos de Juan Manzo. ¡Y el Ministerio Público ni siquiera había citado aún
a declarar al sacerdote!
"El obispo de León* ha tomado mucho interés en este asunto y está usando sus influencias
políticas para que el caso ya se cierre", explicaba alguien cercano al
gobierno. Mientras tanto, la madre de Carlos comenzó a recibir todo tipo de
presiones para que retirara la demanda. "Dicen que no me entregarán los
papeles escolares de mi hijo", comentaba angustiada con el abogado.
Después vinieron las amenazas religiosas. "¿Sabes que por denunciar a tu
iglesia puedes ser excomulgada", le advertía un sacerdote con tono
autoritario a sabiendas que no era cierto.
Al ver la situación, el DIAR tuvo una
reunión de urgencia. Los medios de comunicación locales, a excepción del
periódico antes mencionado, omitían tocar el tema o se mostraban favorables al
sacerdote. El obispo, influyente y temido personaje en la política del estado,
presionaba al Ministerio Público y a otros funcionarios del gobierno para que
el caso no avanzara, por lo que éste se encontraba "congelado". La
madre y el menor denunciante estaban siendo objeto de chantajes religiosos para
desdecirse o no continuar la querella. El caso podía colapsarse en cualquier
momento.
Lo peor: el padre Juan Manzo seguía de
encargado de los dormitorios con 120 niños bajo su supervisión nocturna.
—Estos temas son tabú en esa
parte del país y el sacerdote tiene impunidad política. No creo que avance el
caso —comentó escéptico un asesor durante la junta.
—No lo van a detener. Con menos
elementos que ésos el Ministerio Público hubiera ya solicitado una orden de
aprehensión —respondió el abogado que llevaba el caso—
¡Ni siquiera lo ha mandado citar para declarar!
—Cambiemos de meta. Si no va a
proceder jurídicamente, lo mínimo que podemos es tratar de que Juan Manzo no
siga como encargado de los dormitorios. Va a seguir abusando sexualmente de los
niños.
—Es increíble, es una burla para la
sociedad y para esa familia valiente que se atrevió a denunciar el caso.
—Seamos realistas; el caso es tabú.
Ya ves que aun el Provincial de los salesianos fue enterado por el psicólogo y
nada hace al respecto.
—¿Qué hacemos?
—Vamos a la Secretaría de
Gobernación. La Dirección de Asuntos Religiosos tiene competencia en esto.
En efecto, la Ley de Asociaciones
Religiosas y Culto Público de México, promulgada en 1992, establece que la
institución misma puede ser objeto de una sanción federal en casos donde
existe encubrimiento organizado.
Pero no sería de allí de donde
obtuvieran respuesta.
Unas semanas después, un reportero de
la ciudad de México retomó la noticia del periódico El Sol de León y
me contactó . Era de Radio Red y quería la opinión de un especialista sobre
el caso del padre Manzo para un reportaje en Monitor de la mañana, el
noticiero radiofónico más escuchado de todo el país. Yo estaba enterado de
los pormenores del caso y habiendo estudiado el expediente accedí a una
entrevista telefónica. Unos días después, se transmitió un reportaje de
varios minutos. Fue un trabajo serio y sin censura. José Gutiérrez Vivó, a la
sazón el periodista de radio más creíble, hizo indignado, comentarios sobre
la impunidad del sacerdote.
La noticia despertó interés en los
radioescuchas, generando un torrente de llamadas. En 1994 era muy inusual una
noticia de esa naturaleza en un medio como Radio Red. A petición del público,
se repitió el reportaje en el programa Monitor de medio día, que
también alcanza una audiencia amplia a nivel nacional.
Otros medios de comunicación tomarían
interés en el caso de Juan Manzo. Roberto Rock ahora director del periódico
más leído del país, El Universal, mencionó el caso en la influyente
columna política que escribía en aquel entonces. Una reportera del prestigiado
periódico Reforma, nuevo en ese entonces, leía incrédula las
justificaciones del superior del sacerdote sobre los abusos a menores y
exclamaba: "¿Qué? ¿Cómo que fue un
error humano?".
La difusión del caso en los medios
nacionales creó presión sobre el director Juan Manuel Gutiérrez y finalmente
se anunció que Manzo sería removido de su puesto como encargado de los
dormitorios de Ciudad del Niño Don Bosco.
Días después, Pascual, el reportero
de El Sol de León, le preguntaba irónico al director, luego de
una conferencia de prensa:
—¿No que metías las manos al fuego
por Juan Manzo? Ya se te quemaron.
—Con un poco de pomada se quita
—le respondió juguetón el padre, sin darle mayor importancia, y siguió
su camino.
El padre Manzo había sido removido.
Los niños podían ahora —quizás— dormir tranquilos.
El DIAR, gracias a una inesperada
intervención de los medios de comunicación nacionales había logrado su
objetivo.
—Tenemos que seguir el proceso penal,
va a ser muy mal antecedente si no procede el caso —repetía insistentemente el licenciado Mendoza.
—Es muy difícil para un menor
presentar una denuncia de este tipo y también para la mamá que es católica —secundó
el ingeniero—. ¿Qué impresión le va a
quedar del sistema de justicia?
—La verdad ya se logró mucho —opinó
otro voluntario—. Al menos los niños podrán
dormir en paz.
—Los de allí quizás sí, ¿pero
dónde estará ahorita Manzo? —replicó el
abogado—. ¿A dónde lo habrán mandado?
Además no se ha denunciado el encubrimiento de sus superiores y eso es delito.
Yo sigo con el caso.
No se equivocaba. De acuerdo a una
investigación posterior, el padre Manzo no fue cesado de sus funciones, sino trasladado a una iglesia en África. Antes, sin embargo, tuvo que comparecer ante el
Ministerio Público, ahora sí, para declarar.
Más sorpresas estaban esperando.
El 22 de agosto de 1994, Juan Manzo
negó ante las autoridades judiciales haber abusado de Carlos y dijo que del que
sí había abusado era de Alberto, a quien le manoseó, desnudo, los genitales.
En palabras del propio sacerdote, consignadas en el expediente 203/94 de la
Agencia No.15 del Ministerio Publico de la ciudad de Leon, "al
quedar desnudo no sé qué me pasó, pero empecé a tocarle sus partes
íntimas".
Todos los elementos constitutivos del
delito estaban allí. Pero el Ministerio Público se negaba a pedir la orden
para que arrestaran al cura y compareciese ante el juez.
—Voy a volver a ir a hablar con el
subprocurador de Justicia. Esto no tiene nombre— dijo irritado el
ingeniero.
Al día siguiente el y dos abogados del
DIAR hicieron un viaje relámpago de la ciudad de México a León.
Cuenta. —"Nos recibió amable después de un rato de espera, revisó el
expediente, inquirió sobre el caso por teléfono y después lo escuchamos
discutir con una subalterna, era la jefe de los Ministerios Públicos. Se notaba
que había resistencia en ella. Al final, el subprocurador le dio la orden y le
dijo que consignara el caso al juez penal, quien se negó a emitir la orden de
aprehensión.
El padre Manzo es el prototipo de los
ministros que abusan gracias a la protección y encubrimiento que les brindan
sus superiores. Manzo jamás pisó la cárcel y sigue como sacerdote salesiano,
ahora en la ciudad de Tijuana. ¿Su labor? "atender" a niños pobres,
como parte de un proyecto de ayuda social de la orden de los salesianos. Los
menores, algunos estudiantes, otros huérfanos de Ciudad del Niño Don Bosco no
fueron sus primeras víctimas. Hoy se sabe que antes de ser encargado de los
dormitorios del colegio en León, el sacerdote oficiaba en la ciudad de
Monterrey, donde tenía a su cuidado niños y organizaba equipos de futbol.
Violo a varios. Por su parte, el provincial de los salesianos que encubrió el
caso, el padre Pascual Chávez, fue promovido. Hoy, en junio de 2002 es nada
menos que rector mayor de los salesianos en Roma.
El equipo jurídico del DIAR,
finalmente decidió denunciar el caso ante el gobierno federal a finales de
1994. Sus miembros obtuvieron una cita con el entonces director de Asuntos
Religiosos de Gobernación y presentaron una demanda por escrito. Después de
una plática breve y amable, el funcionario se limitó a enviar copia de la
denuncia al padre Szymansky, entonces obispo de San Luis Potosí quien tenía
cierta jurisdicción eclesiástica sobre el colegio Ciudad del Niño Don Bosco.
El obispo nunca respondió por escrito
y Gobernación se desentendió del caso. A las pocas semanas una mujer llamó al
DIAR para interponer una queja contra un sacerdote de la ciudad de México. Se
escuchaba desesperada.
—¿Cómo supo de nuestra asociación? —le
preguntó el licenciado Becerril.
—Tengo
un año acudiendo a Gobernación porque sufrí un caso gravísimo de abuso por
parte de un cura y no han querido hacer nada. Allí me dieron el teléfono de
ustedes, y me dijeron que aquí sí podrían ayudarme.
Eugenia tomo de inmediato la pluma y
comenzó a apuntar sus datos. Días después, en una céntrica cafetería de la
ciudad de México, ella y una elegante y nerviosa dama platicaban de mujer a
mujer.
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