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Prefacio del autor
Dr. Jorge Erdely
Si pudiera resumir en dos palabras la
atmósfera del filme La Pasión de Cristo, elegiría del latín,
mysterium, y del griego clásico, pathos.
Pathos,
con referencia a aquella antigua retórica aristotélica que apelaba a las
emociones del público con fines persuasivos. Mysterium, por otra
parte, en su acepción más sencilla, de donde nos llega al español
misterio: un secreto incomprensible, inaccesible a la razón.
Mel Gibson, productor y director de La
Pasión, visualizó trasmitir a través de su épica algo mucho más
elevado y trascendente: nada menos que la experiencia del mysterium
tremendum et fascinans que describe el autor Rudolf Otto en su
clásico La idea de lo sagrado.
No todo el mundo estará de acuerdo, pero si aplicamos el axioma el
medio es el mensaje, del filósofo de la publicidad Marshall McLuhan,
podremos entender la contradicción entre la popularidad sin precedente
del filme, y su inevitable fracaso en intentar trasmitir a su público
una experiencia con lo divino a ocho dólares por boleto.
Quizás el error de cálculo de Gibson tiene
sus raíces en sus creencias religiosas personales. En el prólogo al
libro The Passion, el icono de Hollywood deja ver un poco de la
filosofía que le dio forma a su película.
Pienso en ella como contemplativa, en el sentido que uno es
empujado a recordar en una manera espiritual, la cual no puede ser
articulada, sino sólo experimentada
.
El resultado de soslayar la razón humana y
usar un formato cinematográfico de alto impacto emocional para intentar
conectar a su audiencia con una experiencia sagrada e inefable es,
inevitablemente, pathos —sentimiento—.
Y misterio a secas.
Cuando una experiencia con lo sagrado no
puede ser articulada con palabras —otra categoría fenomenológica de
Rudolf Otto— es entonces ineffabilis. Pero esa incapacidad para
expresar la percepción de lo divino no es debida a la falta de
comprensión racional de la misma, sino a la ausencia de vocablos para
expresarla adecuadamente.
Y es aquí donde el productor de cine y el
filósofo alemán de la religión toman, naturalmente, caminos opuestos.
Gibson se basa en la metafísica medieval de San Anselmo para representar
la muerte de Cristo y se apoya para su guión en los místicos. Tiene
influencias de Grignon de Montfort, de la monja agustina Ana Catarina
Emmerick y del papa Benedicto X. Además de hacer un ensamble de los
evangelios sinópticos y el de San Juan, se inspira en tradiciones
contemplativas como el via crucis y, sobre todo, en dogmas
preconciliares tridentinos.
Por todo ello, el mysterium deviene
pronto en misticismo, en su sentido más reduccionista. Misticismo de
raíz medieval.
El pathos queda sin cambio, pero el
misterio que anima la trama de La Pasión está lejos de ser
tremendum, y menos aun fascinans. Lo avasallador en el filme
es el impacto sobre las emociones del público. El entramado de símbolos
e imágenes yuxtapuestas entra fácil después.
Históricamente, el misticismo católico es
de desarrollo bastante tardío. Más de cuatrocientos años lo separan de
los tiempos en que vivió Jesús de Nazaret. Sus orígenes se remontan al
ascetismo del siglo V d.C. en adelante. La naturaleza intrínseca del
misticismo de cepa ascética es el subjetivismo extremo, y en su versión
medieval más tosca, exalta la marginación del raciocinio. Otto, en
cambio, fue el gran filósofo de la experiencia espiritual del siglo XX.
Pero para él, Cristo es, antes que nada, Logos.
Más aun, aunque la experiencia de lo
divino sea ineffabilis, Otto tiene palabras de cautela para el
neófito, o para quien se apresura a sacar conclusiones de sus textos
luego de una lectura superficial, minimizando la importancia de la razón
en la experiencia espiritual. En su prólogo a la primera edición en
inglés de su clásico, escrito en Marburgo en 1923, habla críticamente
acerca de aquellos que están demasiado dispuestos a “evadir el arduo
deber de clarificar sus ideas y arraigar sus convicciones sobre la base
del pensamiento coherente”.
Más adelante añade:
Nadie debería involucrarse con el tema
del ‘Numen ineffabile’ si no ha dedicado antes serio y asiduo estudio a
la ‘Ratio aeterna’
.
Es una pena que Mel Gibson no haya seguido
esa ruta antes de embarcarse en una producción tan ambiciosa como La
Pasión de Cristo.
Hacer comparaciones entre el pensamiento
religioso del actor de Hollywood y un intelectual como Rudolf Otto,
puede parecer injusto, o aun profanidad. No lo negamos. El problema es
que Gibson, como lo muestran sus declaraciones públicas, ha pretendido
hacer mucho más que un filme. Si lo leemos con atención, el propósito
explícito del dueño de Icon Productions, es que millones de personas
experimenten la crucifixión de Cristo en un plano espiritual, a través
de una producción de alta calidad artística que quedará como un punto de
referencia digital para la historia. Es innegable que Gibson tiene un
concepto elevado de su misión artística y talentos teológicos. Y del
celuloide como medio idóneo para lograr tales objetivos. Dado que su
meta es comunicar una vivencia sacra, el marco conceptual de Rudolf Otto
es bastante apropiado para examinar su pretensión.
Otto sabía que en cuestiones teológicas y
espirituales hay una suerte de ley del péndulo: el racionalismo árido
hace que las personas eventualmente corran al extremo del misticismo
subjetivista, y viceversa. Sus palabras de cautela son, pues,
pertinentes para examinar una película como la de Mel Gibson, quien al
margen de su derecho a plasmar en una obra de arte sus creencias
personales, ha publicitado y promovido La Pasión como una cinta
basada en el Evangelio, cuando en realidad es una peculiar simbiosis
hermenéutica, promocionada al más puro estilo de Hollywood.
Jesucristo es el centro del filme, por
supuesto. Pero después de haber asistido a dos presentaciones privadas
de La Pasión y recibir varias peticiones para expresar mi opinión
al respecto, creo que es necesario un breve manual de discernimiento, o
guía del consumidor, para el público. El espectador promedio no suele
estar al tanto de las sutilezas teológicas y del controversial manejo de
símbolos e imágenes que películas como las de Mel Gibson presentan, sin
ser explícitas al respecto. Este ensayo analítico se enfoca, por ende,
en contextos y contenidos para inteligir los símbolos y el código de
comunicación que se va entretejiendo con la audiencia desde los inicios
de la película, hasta llegar a su clímax.
Dada la naturaleza de la publicidad que
Marshall McLuhan codificó en sus silogismos sobre los medios, es
inevitable que ante fenómenos publicitarios de la magnitud de La
Pasión, una cantidad considerable de espectadores carezca de
elementos necesarios para entender lo que realmente se está comunicando
y cuáles son sus posibles efectos.
La sociedad contemporánea que el filósofo
de la tecnología Neil Postman caracterizó como el imperio de la imagen
que relega al logos, vive en una suerte de cautividad cultural.
Las fuerzas de la publicidad y el mercado restringen su capacidad de
analizar fenómenos mediados por dichas ideologías. Sin hacer análisis
informados de contextos y contenidos, la cautividad cultural sólo se
perpetúa, aun cuando se nos presentan símbolos liberadores.
Enfoquémonos por un momento en una de las
principales fuentes de publicidad de La Pasión de Gibson. Un
hecho particular resalta prominente: ninguna película de la historia
contemporánea ha contado con tal respaldo y aprobación del Vaticano. La
jerarquía de Roma, habitualmente cautelosa en sus posiciones públicas,
ha ido más allá del nihil obstat y el imprimatur. El
logotipo de Icon Productions Inc., la empresa de Mel Gibson que
realizó el exitoso filme, bien podría substituirse con el escudo del
Vaticano para ejemplificar el grado de apoyo oficial que ha recibido.
Este inusual e irrestricto respaldo, como se verá en este análisis, debe
tener importantes razones.
En forma resumida, la Pasión cuenta
al menos con tres características que la hacen una película única:
·
Es una producción e
iniciativa cinematográfica de quien es considerado una leyenda en
Hollywood y en la cultura pop estadounidense.
·
No sólo cuenta con
inusuales apoyos publicitarios de altos oficiales del Vaticano, sino,
además, de prominentes líderes evangélicos protestantes estadounidenses.
·
Es un éxito de cartelera
que ha devenido en un fenómeno cultural, religioso y financiero, sin
precedentes en la historia fílmica.
Entender el momento
histórico que se eligió para su producción y estreno es parte crucial
del contexto necesario para interpretar el filme. Desde una perspectiva
socio-religiosa, ese contexto es la fuerte crisis de credibilidad que
atraviesa el catolicismo en los Estados Unidos, la nación más poderosa
del mundo. La crisis se originó por causa de los múltiples y resonados
escándalos de numerosos sacerdotes paidófilos que han sido hallados
culpables de abusar sexualmente a menores de edad de su propia fe, con
la complicidad —o encubrimiento tácito— de sus obispos. Esta crisis ha
tenido ecos en muchos otros países del mundo, generando un impacto
importante en las percepciones de la feligresía católica a tres niveles.
La primera percepción es una pérdida de
estatus del sacerdote como mediador legítimo de la gracia de Dios.
Otra, es una disminución de la credibilidad en la Iglesia como
institución divinamente establecida. El resultado ha sido reminiscente
de las famosas polémicas de San Agustín de Hipona con los donatistas,
quienes argumentaban que los sacramentos administrados por sacerdotes
que vivían en pecado, no eran válidos. En vez de tomar medidas eficaces
para reformar la escandalosa conducta de muchos miembros del clero en el
norte de África, Agustín de Hipona formuló en su defensa la doctrina del
opus operatum de la gracia en los sacramentos. La premisa
esencial de la explicación agustiniana era que ningún sacramento perdía
eficacia, independientemente del tipo de vida que llevara el sacerdote
que los administrara.
La crisis actual del catolicismo
estadounidense por el encubrimiento de la paidofilia clerical, parece
haber llegado un paso más allá de la controversia donatista, a terrenos
muy peligrosos para la jerarquía. La magnitud y largo tiempo del
encubrimiento, la cantidad de sacerdotes pederastas, y el número de
obispos implicados, ha provocado que muchos católicos examinen sus más
profundas creencias. Este es el tercer nivel. En el epicentro del poder
hegemónico mundial, innumerables católicos hoy cuestionan desde el dogma
de la infalibilidad papal hasta el supuesto estatus de la jerarquía como
mediadora divina. Más preocupante para el Vaticano es aun que sea
cuestionada la validez de sacramentos que son el cimiento de todo el
culto católico. No debe culparse a los feligreses por ello.
Las mayorías católicas saben poco de
controversias donatistas y tecnicismos como ex opere operato,
pero su sentido común les dice que debe existir una congruencia esencial
entre el decir y el hacer de los sacerdotes y obispos ordenados por
Roma. En forma natural, vinculan los sacramentos a aquellos que los
administran. Las imágenes de curas paidófilos violando niños después de
comulgar, o seduciendo menores en el confesionario, o teniendo
relaciones tras el altar, ha dañado las nociones de sacralidad de la
eucaristía, la confesión y otros sacramentos.
En otras palabras, la escandalosa
conducta de un sector importante del clero, terminó poniendo en
entredicho para muchos feligreses católicos la sacralidad de la
comunión, centro de la misa y clímax del culto, al ver la forma profana
en que dichos sacerdotes explotaban su simbolismo para obtener poder y
usarlo en provecho propio destruyendo vidas inocentes. Es difícil
imaginar una encarnación del mal más vívida. Una de las reacciones de
sectores cultos de laicos ante la crisis en zonas residenciales de Los
Angeles, California, ha sido peculiarmente estadounidense: sencillamente
han dejado de dar dinero a su iglesia. Otros más, han dejado de comulgar
y asistir a misa. Se trata de expresiones de protesta pero también de
crisis de fe.
En este escenario, la película de Mel
Gibson es una obra maestra de la yuxtaposición de imágenes y símbolos
culturales para resacralizar la hostia, vía fast-track, a nivel
popular, y, por asociación, volver a dignificar el oficio sacerdotal,
eje jerárquico indispensable de la autoridad eclesiástica.
Finalmente, los medios de comunicación
fueron el instrumento que propició la desacralización del sacerdocio en
Estados Unidos al cubrir los escándalos generados en distintas diócesis.
La cinematografía y la publicidad mediática, eficaces creadoras de
percepciones para las masas, son ahora el vehículo para revertir el daño
a la imagen institucional, y de paso avivar el fervor popular.
La imagen institucional de la Iglesia
Católica se construye en torno al sacramento de la comunión. Y a la
jerarquía como custodia única del poder para trasformarlo en el cuerpo y
la sangre misma de Cristo que comunica gracia divina a los creyentes de
manera inexplicable, misteriosa.
Una pieza más del rompecabezas nos ayuda
a entender mejor la importancia crucial de La Pasión para el
Vaticano. Se trata de otro dato de contexto que llega con precisión
histórica cronométrica. Difícilmente puede considerarse una coincidencia
que justo en el momento de máximo impacto mediático del filme de Gibson,
el Vaticano, a través de la Congregación para el Culto Divino, haya
promulgado el pasado viernes 23 de abril el importante documento
Redemptionis Sacramentum. El texto de 70 páginas, basado en la
encíclica papal Ecclesia de Eucaristía
,
contiene una serie de estrictas directrices litúrgicas con respecto a la
hostia consagrada. Casi en cada uno de sus puntos sustantivos, el texto
refuerza el misterio de la doctrina de la transubstanciación, la
separación entre clero y laicos, y el ministerio de los sacerdotes como
mediadores únicos de las gracias sacramentales. A continuación cito tres
extractos, traducidos al español, que son ilustrativos.
·
“Los vasos sagrados, que
están destinados a recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor, se deben
fabricar, estrictamente, conforme a las normas de la tradición y de los
libros litúrgicos”.
Capítulo V [117]
·
“No se permita al
comulgante mojar por sí mismo la hostia en el cáliz ni recibir en la
mano la hostia mojada”
.
Capítulo IV [104]
·
“No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz
consagrado ‘por sí mismos...’”
.
Capítulo IV [94]
El mensaje en Redemptionis
Sacramentum es inequívoco: se subraya que el pan y el vino
consagrados son realmente la sangre y el cuerpo de Jesucristo. Se
sostiene que sólo una elite especial tiene el poder de hacer partícipe
al pueblo, pueblo indigno de tocar con sus manos las especies del pan y
el vino. Ese, en esencia, es el mensaje de Redemptionis Sacramentum,
y embona de manera idónea con el misterioso imaginario del clímax en
La Pasión según Gibson.
Este es, pues, parte del contexto
indispensable en que se gesta la película. En el breve ensayo que
presento a los lectores, analizo con detalle el discurso del filme,
procurando proveer de información especializada, no siempre de fácil
acceso al público, y perspectivas analíticas para descifrar la
simbología y trama real de La Pasión.
No está por demás concluir este prefacio
haciendo la distinción semántica más básica. Puede no ser obvia para
parte de la audiencia antes (o después) de ver el filme. La palabra
pasión en español tiene más de un significado. El de uso coloquial
más común describe sentimientos intensos de diversa índole, como afecto
o afición por algo o alguien. El sustantivo “apasionamiento” es útil
para ejemplificarlo. No es a esa acepción que se refiere el término
pasión en relación con las últimas horas que desembocaron en la
crucifixión de Cristo. La palabra en ese contexto, se refiere
exclusivamente a experimentar sufrimiento, de ninguna manera al gusto
mórbido por el mismo.
Jorge Erdely
Oxford, U.K., mayo de 2004
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