Ritos paganos en misa católica

La ceremonia de beatificación de los mártires Jacinto de los Ángeles y Juan Bautista en la Basílica de Guadalupe, tuvo lo que le faltó a la misa de Juan Diego: pueblo y, sobre todo, indígenas.

Marcela Turati y Claudia Salazar

Las gargantas se cerraron cuando la banda del pueblo de San Francisco Cajonos interpretó "Las Golondrinas" con tuba, trompeta y tambora. Un Papa animado, que minutos antes movía la mano para acompañar el ritmo de la colorida "Danza de la Pluma", ahora la alzaba para despedirse del México, siempre fiel.

Más tardó la gente en limpiarse las lágrimas que la Iglesia en anunciar la sexta visita de Juan Pablo II a México: en el 2004, para inaugurar el Congreso Eucarístico Nacional.

El anuncio, por increíble, sólo mitigó algunas lágrimas tardíamente, pues la festiva ceremonia de beatificación de los indígenas oaxaqueños martirizados en 1700, había concluido como una trágica despedida.

"Me voy pero no me voy, me voy pero no me ausento, pues aunque me voy, de corazón me quedo", dijo el débil anciano que logró repetir la proeza de congregar a millones de personas en la calle durante los tres días de su visita. Remató con un "México, México, México lindo... Dios te bendiga".

Espontáneamente, los asistentes a la Basílica entonaron el "ay, ay, ay, canta y no llores", mezclado con gritos que le pedían "quédate" o que le recordaban que es un Papa mexicano.

El indio tarahumara Arnulfo le decía adiós a su "papá Papa". La jubilada Margarita Casillas lloraba porque tenía la corazonada de que ésa sería la última vez que lo vería. Chillaba también Rita Sierra, indígena pima, que conoció al Papa por un póster que pegó su papá en casa desde que ella era niña. Lagrimeaba a pesar de que ayer lo vio por primera vez en persona.

"Está muy viejito, ¿cuándo volvemos a ver al Papa?", lamentaba la mujer que viajó desde Sonora.

Los propios obispos perdieron la compostura y, pasando por alto todas las indicaciones para el cuidado del Papa enfermo, se abalanzaron a él para besarlo. Juan Pablo II se detuvo unos segundos ante la imagen de la guadalupana para despedirse de la Virgen de su devoción.

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La ceremonia de beatificación de los mártires Jacinto de los Ángeles y Juan Bautista en la Basílica de Guadalupe, tuvo lo que le faltó a la misa de Juan Diego: pueblo y, sobre todo, indígenas.

Cuatro zapotecas del pueblo de la santera María Sabina se acercaron al Papa. Solemnes, lo impregnaron de humo de copal. Le pasaron yerbas por su encorvado cuerpo para hacerle una "limpia". Todo en la misma ceremonia en la que un Pontífice reanimado beatificó a dos indígenas oaxaqueños que murieron martirizados por delatar las prácticas paganas de sus vecinos.

Las mujeres que "ramearon" al Papa y los danzantes "de la Pluma" no eran de imitación, como los indígenas vistos en la misa de Juan Diego, donde sobraron políticos e invitados especiales.

Ayer no cantó el tenor Ramón Vargas, pero amenizó la mañana la banda de 20 músicos que toca --a pedido-- en las fiestas patronales. Tampoco cayeron papeles picados del cielo al momento de la beatificación, pero los indígenas no sirvieron como adorno.

Las danzas prehispánicas no fueron interpretadas por bailarines del Ballet Folclórico de Amalia Hernández disfrazados de concheros, como en la canonización del primer santo indígena. Tampoco se pedía guardar silencio desde el micrófono; al contrario, un sacerdote dirigía las porras al Papa.

En las dos horas de oraciones, cantos al son de la banda, bailes y rituales ancestrales, se vio a un Juan Pablo II que parecía luchar contra la inmovilidad de su rostro para sonreír, que con su mano derecha acompañaba el ritmo de la "Danza de la Pluma" y que, nostálgico, evocaba su primera visita a México, en 1979, ocasión en la que conoció Oaxaca, el lugar de origen de los mártires beatificados.

Se le vio animado en la ceremonia despreciada por los políticos que, esta vez, no se disputaron los boletos de entrada. Despreciada al grado de que se le recortó la comunión y se quedó en una mera Liturgia de la Palabra.

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El Arzobispo de Oaxaca, Héctor González, trató de atajar la polémica de si los fiscales beatificados eran delatores o defensores de la fe.

Su papel, explicó, era el de defensores de las costumbres públicas, figura introducida por los dominicos. Su oficio principal: inquirir los delitos y vicios que perturbaban la moralidad, descubriendo al cura los amancebamientos, adulterios, divorcios indebidos, perjurios o infidelidades.

Así, narró, cuando los fiscales se dieron cuenta de que unos vecinos realizaban "un culto de religiosidad ancestral", avisaron a los padres dominicos, que fueron al lugar de los hechos y requisaron las ofrendas.

Al día siguiente el pueblo se amotinó y sacó del convento a la fuerza a los dos fiscales. Los azotaron en la picota de la plaza pública, los amarraron, casi los degollaron, los mataron a machetazos, les arrancaron los corazones para echárselos a los perros, y se repartieron su sangre como bebida.

Serían perdonados si renunciaban a su fe católica, ellos se rehusaron. Omitió decir que en represalia por el asesinato 15 habitantes de cajonos fueron decapitadas.

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¿Alguien por aquí sabe qué hicieron Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles para merecer el cielo?

Beatriz Cruz --anciana apretujada en unas gradas improvisadas en la Basílica-- se apresuró a contestar: "Ellos estuvieron trabajando para la Iglesia, convocaban a misa, ayudaban a sacerdotes, pero llegó un día que los desconoció el mismo pueblo y los mataron. Se los llevaron al monte y los enterraron".

Aderezó el relato Virgen León, su compañera de grada, quien después de dar un panorama general de los beatos --"eran hombres casados y con familia"--, pasó a detallar el martirio.

"Los asesinaron por defender la fe, los despellejaron, les quitaron el corazón y se lo dieron a los perros".

De 71 años, Leonardo Bejarano, sucesor de los fiscales asesinados y quien como ellos viste sombrero de fieltro, ropa de manta y lleva una lanza en la mano, dijo que los mataron por ser católicos. No por otra razón.

Nadie supo a ciencia cierta qué milagro los catapultó a los altares. "Dicen que sanó un enfermo de allá de su pueblo, tanto que lo veneraban, tanto que lo querían, y les hizo el milagro. Pero no sé cuál", aportó una anciana de Ixtlán de Juárez. "Una persona del pueblo de allá les pidió mucho a ellos porque estaban cerca de Dios, y se le cumplió lo que pidió", agregó una catequista de la Parroquia de Nuestra Señora de los Pobres.

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Concluido el rito que congregó a los presentes, la banda tocó varias dianas. Un Papa inyectado de vida confesó que no se quería ir, pero que tenía que hacerlo. Al presentir la despedida, la gente le pidió: "¡que se quede, que se quede!". La súplica convertida en llanto lo persiguió aún después de que el papamóvil desapareció.

Las vallas se abrieron. La gente corrió y, repentinamente, se arrodilló en el piso, pero no precisamente para rezar o dar gracias: se inclinó a recoger la arena en la que el papamóvil dejó huella, sobre lo que fue un camino de aserrín pintado de flores y símbolos autóctonos.

Una indígena tzotzil llenó su morral de la "arena bendita" para llevarla a su comunidad y repartirla entre su gente. El guanajuatense Juan José Cardiel llenó más de cuatro botellas, para la mamá, la suegra, la tía y su hermana.

Petra Torres, de Tehuacán, Puebla, incluso pidió un milagro a tan preciado recuerdo: "que me regrese a mis hijos que están en Estados Unidos".

Lo cogieron por puños, lo guardaron en el morral, en el bolsillo del pantalón, en el envase del refresco, en la bolsa del mandado para llevarlo a casa como una reliquia. Como recuerdo del adiós.

 

Fuente: Periódico Reforma
Fecha: 2 de agosto de 2002
Sección: Religión
Por: Marcela Turati y Claudia Salazar