Visita papal: contradicciones y ambigüedades

Enrique Maza

Suntuosidad y pompa. La ceremonia solemne, las vestimentas espléndidas, los oros y los grandes personajes. Los símbolos del poder y de la importancia, del privilegio y del lujo. La fiesta sagrada y fastuosa. Todo para canonizar a un indio pobre frente a otros indios pobres a los que llevaron a presenciar el espectáculo de la grandeza con que se honra a los pobres que llegan al cielo. Llaman la atención las contradicciones y las ambigüedades que plagaron la visita del Papa.

Desde el principio. Vino en una visita pastoral —una canonización es asunto pastoral—, pero se le da y él acepta recepción de jefe de Estado. Es recibido en el hangar presidencial; se tocan el Himno Nacional y el himno del Estado Vaticano; están presentes en la tarima de honor y flanqueando al Papa el presidente y su esposa, a la que no reconoce como tal el jefe de la Iglesia sino sólo el jefe del Vaticano; se da lugar preeminente a los políticos, como en visita de Estado, que deberían estar como simples fieles, si es visita pastoral.

Es la constante ambigüedad del pontificado mismo, jefatura de Estado y jefatura de Iglesia. El fundador de la Iglesia dijo: "Mi reino no es de este mundo". Paulo VI dijo, el 2 de febrero de 1967, como si hubiera presenciado esta visita de Juan Pablo II, que honrar al Papa es honrar a Cristo. Eso es papolatría. El Papa no es Jesucristo.

Fox se hinca y le besa, ¿la mano? ¿El anillo? ¿Al padre? ¿Al Papa? ¿Al jefe de Estado? ¿A su pastor? Le acaba de dar recibimiento de jefe de Estado. ¿A qué horas pasó del jefe al pastor, del estadista al Papa? Es muy posible que todos hayan tenido una idea muy clara de lo que estaban haciendo en cada momento. Pero los hechos, las actitudes, los signos y los símbolos fueron contradictorios y ambiguos. ¿Qué mensaje querían dar el presidente, los obispos, los políticos, el Papa mismo, si es que se dieron cuenta de que estaban frente a la televisión dando un mensaje con sus actuaciones, con sus hechos, con sus actitudes y con sus palabras? Porque no estaban en una situación ordinaria y trivial.

Canonizan a un indio y lo disfrazan de Hernán Cortés, con melena de quinceañera y ojitos aborregados de místico. Se canoniza a un personaje del que no se sabe nada, ni siquiera su existencia, y se le inventan toda clase de historias, como esa de la castidad matrimonial. No es la primera vez en la Iglesia. También se les inventó el voto de castidad matrimonial a San Enrique emperador y a su esposa, la emperatriz Santa Cunegunda, sólo porque no pudieron tener hijos, para desdicha del trono. El problema fue que a Juan Diego tuvieron que dispensarle el voto de castidad matrimonial, porque se necesitaba que tuviera descendientes para poder probar su existencia. Y se pasaron del otro lado, le inventaron hasta más de una esposa. Y, por supuesto, le quitaron lo místico, aunque se lo hayan dejado en la cara.

Canonizan a un indio, pero le quitan lo pobre, en consonancia con el santoral de la Iglesia: alrededor de 80% de los santos canonizados fueron miembros de las clases altas, sólo 5% de las clases bajas y el resto de las clases medias, según el estudio La santidad católico-romana y el status social de Katherine y Charles George, que concluyen: "La práctica de la virtud cristiana, en cualquier forma pública e institucionalmente reconocida, debe haber sido, como la mayoría de las otras recompensas y distinciones de la vida, ampliamente reservada a las elites sociales".

Y hasta la cumbre de la elite social, política y económica de los indios de entonces auparon a Juan Diego, para que no desdijera de su santidad. Aunque no haya existido, lo hicieron hombre rico, noble y emparentado con reyes, para que pueda ser modelo de vida santa. Porque a los santos se les canoniza para que sirvan como modelos de vida, inspiración y mediación para los terrenos. Pero no se sabe bien a bien quién está en el cielo, porque no se sabe quién vivió en la tierra ni cómo vivió. ¿Ejemplo de qué? Tendremos que esperar a que alguien haga la hagiografía detallada para saber de qué fue modelo. Porque en eso de ver a la Virgen está difícil que se le pueda imitar. Como está difícil que puedan imitarlo, en eso de rico y de noble, los indios de México, pobres entre los pobres.

Dicen que se canonizó el guadalupanismo, la fe de México en la Virgen de Guadalupe. Pero no se canonizan abstracciones, sino personas que sirvan de modelo. ¿Cuál es aquí el modelo para los indígenas, por ejemplo, para los zapatistas? ¿O sólo se les dio su caramelo?

Asisten a la canonización del indio los políticos que aprobaron la ley contra los indios y les negaron sus legítimos derechos. ¿Qué y a quién se canonizó ahí? ¿Para el gusto de los políticos o para el gusto de los indios? ¿Cuál fue el mensaje real para las etnias indígenas?

Luego beatifican a dos indios de Oaxaca que fueron delatores de sus hermanos de etnia y les provocaron la muerte por practicar los ritos de su religión, iguales o semejantes a los que le hicieron al Papa. El Papa se somete a ritos indios y a una limpia, pero beatifica a dos delatores de los ritos indios.

No fue claro ni posible, en todas estas ceremonias, identificar verdaderamente a los indios y a los pobres, a todos los que están desamparados y excluidos, reprimidos y explotados. Porque estas ceremonias tuvieron que ver con la trascendencia, no con la realidad de la pobreza, con el vientre vacío de los pobres y los pies agrietados y los pisos de lodo. Aquí y entre los indios y los pobres no es la trascendencia, sino la inmanencia. Porque sólo el pobre vive radical y dolorosamente su ser presente, la humanidad real, en la indigencia y en el sufrimiento. Por eso es profético. Los profetas no anunciaban el futuro, el más allá ni la trascendencia. Anunciaban la hora presente y el dolor de su realidad, contrapuesta a la fuga cobarde hacia una trascendencia que no toca la sangre de la tierra. Sólo los pobres, no los que se elevan sobre los pobres, tienen la capacidad de transformar lo que es. El pobre no apunta al más allá, sino a la tierra, a lo de aquí, a este mundo. El pobre es el lugar donde puede encontrarse a Dios, porque es el lugar donde Dios está. Ese es el problema con el Evangelio y con todo el mensaje bíblico, desde Moisés hasta Jesús de Nazaret. Dios sólo libera a los siervos de la casa de los explotadores egipcios. Es el signo que da Jesús de su autenticidad mesiánica: "Vayan y díganle a Juan que mi Evangelio se predica a los pobres".

Y el Papa arrastra multitudes y las multitudes aclaman ¿al Papa? ¿Al representante de Dios? ¿Al brujo sagrado? ¿Al rostro visible de Dios? ¿Al personaje que ama a México? ¿A qué México ama el Papa? ¿Al México de los de arriba o al México de los de abajo? ¿A la fe que lo aclama por las calles o a la fe que transforma los corazones? ¿Transformó realmente corazones a su paso o sólo fue vitoreado por multitudes? Porque éste fue el Papa que no quiso la teología de la liberación, de la liberación de los pobres, la teología a partir de los pobres de México y de América Latina, no a partir de los académicos europeos, que llamaron "teólogos salvajes" a los que querían escuchar y entender la voz profética de los pobres latinoamericanos, no de los intelectuales del primer mundo. El Dios cristiano entró en la historia por los esclavos, por los oprimidos, por los pobres. Ese fue el Dios de Moisés y el Dios de Jesús.

El pontificado de Juan Pablo II se propuso la restauración de la Iglesia, conmocionada por el Concilio Vaticano II y, consecuentemente, abierta a la novedad y al mundo, al cambio, a la libertad de pensamiento, de opinión y de expresión multiforme de la fe en las diversas culturas de la tierra, que el Concilio, Juan XXIII y Paulo VI habían promovido. El objetivo de Juan Pablo fue devolver todo a sus cauces antiguos, restaurar un centralismo autoritario y dominante, las doctrinas tradicionales y una disciplina férrea. La unidad de la Iglesia bajo el principio de autoridad, tanto doctrinal como disciplinar, debía poner fin al pluralismo y a la novedad.

La batalla se libró en un frente contra el comunismo y su ateísmo, y se llevó de paso a la teología de la liberación en América Latina, acusada de marxismo, porque se le consideró peligrosa tanto para el orden social y económico, como para el orden eclesiástico y a sus teólogos, de los que varios fueron juzgados en el Vaticano. El Papa condenó el marxismo en su esencia misma. En un segundo frente, la batalla se dio contra el secularismo. Condenó al "capitalismo salvaje", y ateo en la práctica, pero sólo en algunas de sus prácticas, no en su esencia, ni en su ideología ni en su injusticia, pero esa condena no le impidió al Vaticano mantener y reforzar sus alianzas con los poderes económicos y políticos de Occidente. (¿Fue esto lo que celebraron los políticos en esta venida del Papa?) Una de las armas del Papa en esta guerra fueron sus viajes por el mundo. Otra fue la canonización profusa de santos.

El teólogo Harvey Cox, profesor de Harvard, decía: "La cristiandad necesita un Papa como expresión simbólica de la unidad y no como poder. La luz espiritual y moral que deseaba aportar Juan Pablo II se transformó en instancia política. El gobierno central de la Iglesia, que debería ser un servicio al pueblo de Dios, se convirtió en un aparato reaccionario aliado de hecho a los poderes opresores".

En medio de estas contradicciones y ambigüedades, no se puede saber cuál fue el mensaje de la venida del Papa, cuál fue el significado de las canonizaciones o qué fue lo que se canonizó, qué o a quién aclamaron las multitudes, qué sentido tuvo lo que hizo o no hizo Fox, qué significó allí Marta Sahagún, ni qué cosa saludaron los políticos. Cada uno interpreta los signos ambiguos a su modo y conveniencia.

 

Fuente: Revista Proceso  No. 1345
Fecha: 11 de agosto de 2002
Sección: Análisis
Página: 56-58
Por: Enrique Maza