Vergüenza

El Universal. Carmen Aristegui. 

Ésa fue la palabra. Durante la homilía que pronunció Juan Pablo II en la misa de clausura de la Jornada Mundial de la Juventud fue inevitable una dosis de autocrítica. El pontífice reconoció, frente a los cientos de miles de jóvenes que lo acompañaban en Toronto el pasado domingo, que la Iglesia católica cruza por "un momento de dificultad". Karol Wojtyla claramente en suelo norteamericano aludía, en inglés, en esta parte del discurso, a los escándalos de pederastia que han golpeado a la Iglesia católica estadounidense. "El daño hecho a los jóvenes por algunos sacerdotes y religiosos nos llena de vergüenza y de tristeza". No más que eso. No habló de víctimas ni tampoco de justicia. Trató, si acaso, de evitar generalizaciones y de que los jóvenes no caigan en el desánimo "por los pecados y debilidades de algunos de sus miembros"; invitó a pensar "en la inmensa mayoría de sacerdotes y religiosos dedicados y generosos, cuyo único deseo es servir y hacer el bien".

La alusión era inevitable no sólo por el peso de los escándalos conocidos, sino porque, justo el día anterior a la misa masiva con los jóvenes, Le Journal de Montreal dio a conocer que dos sacerdotes católicos de Nueva Jersey habían sido aprehendidos en Montreal, acusados de colaborar en una organización de prostitución homosexual que incluía la participación de menores.

Uno de ellos fue director de una secundaria católica para varones.

El tema fue retomado por las televisoras tanto canadienses como estadounidenses, y se suma a la serie de escándalos de abusos sexuales en contra de niños y adolescentes que ha situado a la Iglesia católica en una de las crisis más graves de su historia. Los cargos contra William Giblin, de 70 años, y contra Eugene Heyndricks, de 60, dan el contexto de una operación encubierta diseñada para desmantelar este grupo de aproximadamente 30 personas. Se trata de un asunto estrictamente de delincuencia organizada y abiertamente criminal. La presencia activa de estos dos religiosos aviva la discusión de cómo debe la Iglesia católica conducirse ante este fenómeno. La separación de las encomiendas religiosas para enfrentar a la justicia es un paso, sin duda, elemental como de hecho sucedió en Montreal con los religiosos estadounidenses.

El tema de la pederastia cruza, de lado a lado, la estructura de valores de la institución católica. La cimbran de tal modo que directa o indirectamente la colocan en la necesidad de discutir y redefinir asuntos centrales como el celibato, la anticoncepción, el aborto y la presencia secundaria de las mujeres en sus estructuras.

La relevancia adquirida por los escándalos de abuso psicológico y sexual en contra de menores en la Iglesia estadounidense llevó al papa Juan Pablo II a formularse política de cero tolerancia contra estas prácticas, según dijo a los cardenales que se reunieron con él, tras las revelaciones de Boston. La pederastia es un delito que no tiene cabida en el seno de la Iglesia católica, fue su definición. Estaba en ese momento frente a una avalancha. Los casos que involucraban a sacerdotes de las distintas diócesis de Estados Unidos habían causado ya la expulsión de 176 curas. En los cuatro meses iniciales, desde que estalló el escándalo, se habían registrado 260 denuncias.

En esta recta final de un pontificado de enorme incidencia y partícipe directo de transformaciones cruciales para el mundo, durante la segunda mitad del siglo XX, el tema de la Iglesia católica frente a sí misma no puede ser esquivado. ¿Acaso pudo Juan Pablo incidir en el cambio del mundo y se va sin transformar a su Iglesia? Roberto Blancarte, el brillante especialista sobre cuestiones religiosas, alerta sobre la atención casi exclusiva que se ha dado a los casos ocurridos dentro de Estados Unidos. Lanza el señalamiento sobre la forma de "hacer iglesia" en ese país. Mayor cultura sobre la rendición de cuentas y una apertura en los canales de comunicación masiva han hecho de estos casos el foco de la mirada internacional. Aunque se tenga conocimiento de situaciones de enorme gravedad en otras naciones. En Estados Unidos hay procesos judiciales abiertos y una exposición pública sobre ellos.

Karol Wojtyla está en México. El tema de la pederastia no debe ser eludido. La prensa mexicana ha documentado en los últimos meses, inmersa en esta ola de denuncias, casos concretos con nombre y apellido que no han pasado de la aportación periodística para el conocimiento de una realidad. Aquella desafortunada frase "la ropa sucia se lava en casa", pronunciada por un obispo mexicano, parece, en la práctica, la vía elegida.

¿Puede y debe el Papa ignorar el tema? ¿Puede quedarse en el reconocimiento de su vergüenza y su tristeza sin exigir y facilitar la justicia para los agraviados?

El Papa tiene en nuestro país un caso emblemático. Marcial Maciel Degollado, el fundador de la orden mexicana de los Legionarios de Cristo, ha sido acusado, con testimonios demoledores, de sometimiento psicológico y abusos carnales en contra de menores y vulnerables de la misma legión. Es un caso por demás espinoso. Se trata de una figura de enorme influencia, gran poder y cercanía conocida con Juan Pablo II. Es un caso que conjunta acusaciones de abuso desde hace décadas y señalamientos de un manto protector desde el mismo Vaticano que ha impedido una investigación seria que atienda las múltiples denuncias en su contra. ¿Se puede seguir ignorando las imputaciones que han hecho con firmeza un grupo de ex sacerdotes y ex seminaristas en contra de su fundador? ¿Puede eludirse el testimonio de estas biografías desgarradas en torno a esta dominante figura?

¿Puede desecharse el ofrecimiento de Juan José Vaca, el asistente personal de Maciel durante 13 años, de poner a disposición de quien lo requiera su expediente de lustros de terapia para superar los daños causados en el abuso? ¿Puede pasar de largo la penosa condición que vive un hombre íntegro como el padre Alberto Athié, casi en el exilio, por insistir en una investigación sobre el caso que lo llevó hasta las puertas del cardenal Joseph Ratzinger, que literalmente le cerró la puerta en las narices? Este sacerdote diocesano, que llevaba el mensaje de Juan Manuel Fernández Amenábar, aquel que fuera rector de la Universidad Anáhuac y que antes de morir le pidió a Athié: "Cuando usted diga la misa de mi muerte, dígale a la gente que perdoné a Marcial Maciel, pero que pido justicia". Y justicia ha pedido a la puerta de Justo Mullor, de Norberto Rivera, de Ratzinger. Nada ha podido lograr más que el despojo de sus anteriores responsabilidades y la dramática declaración, hace algunos meses, en Círculo Rojo sobre su íntimo cuestionamiento respecto al sentido mismo de su ministerio. ¿Puede ignorar Juan Pablo II agravios y encubrimientos en una de las más importantes Iglesias católicas del mundo? Vergüenza y tristeza no son suficientes. Justicia es la palabra.

 

Por: Carmen Aristegui F.
Periódico El Universal.
Fecha: Miércoles 31 de julio de 2002.
Primera Sección