Unión adúltera con el poder

Vicente Leñero  

Autor del guión de El crimen del Padre Amaro, Vicente Leñero se decide, en este texto exclusivo para Proceso, a reflexionar ante el escándalo que la película ha suscitado y que, como escritor, como católico, dice, lo lastima y lo irrita. El problema del Padre Amaro, expresa el novelista y dramaturgo, no es –y así lo entendió el director Carlos Carrera– un problema sexual. Es un problema político, un problema de poder.

Como guionista de El crimen del padre Amaro, la película dirigida por Carlos Carrera y producida mayoritariamente por Alameda Films, me siento obligado a hacer públicas algunas reflexiones, de católico y de escritor, ante el escándalo desatado por miembros de la jerarquía eclesiástica y de organizaciones de laicos que parecen comportarse como sus acólitos.

Me confunde el escándalo. Me lastima. Me irrita. Me duele este regreso de mi Iglesia a la penumbra preconciliar.

Hablo con verdad. Nunca pensé que El crimen del padre Amaro fuera a armar este revuelo y a provocar los exabruptos que han recogido puntualmente los medios. No imaginaba a qué nivel tan precario había descendido nuestra supuesta discusión ideológica. Acólitos que hablan de un ataque frontal contra la Iglesia desde no sé qué tenebrosos sótanos demoniacos. Sacerdotes que dictaminan pecado mortal a quien vea la película. Obispos que se rasgan las vestiduras y piden la prohibición gubernamental de un film definitivamente anticatólico, gritan.

Decidí no participar en el alboroto y me negué a cualquier entrevista para los medios: ni de banqueta ni de mesa redonda ni de reflexión formal. Nada había que defender porque la cinta se expresaba por sí misma, pensé, y porque cada quien tenía derecho a interesarse en ella o a rechazarla por razones ideológicas o cinematográficas. No era obligatorio ir a verla, por supuesto, pero empecé a temer, sigo temiendo que un gran número de espectadores acuda a las salas movido más por el escándalo que por la reflexión religiosa y social que la historia motiva, según pienso.

Durante días estuve dando vueltas al asunto, lo comenté con Estela, y con su impulso terminé escribiendo estas líneas, un poco a vuelapluma, aturdido por el sinnúmero de tonterías y de acusaciones exacerbadas que no dejo de escuchar y de leer por dondequiera. No diré más de lo que aquí digo porque la historia de esta historia exige reposo, serenidad, oración. No es asunto de vital importancia y se antojan de pena ajena los razonamientos disparatados de mis hermanos en la fe que parecen ignorar la accidentada historia de nuestra Iglesia.

Algo me duele al pergeñar esta respuesta. El peligro de lastimar con mis palabras a sacerdotes y católicos que me honran con su amistad. Quiero advertirlo de antemano: cuando hablo de la clase clerical, lo expreso genéricamente. La mayor parte de los sacerdotes que frecuento nada tienen que ver con mis acusaciones. Están al margen, a salvo. Muchos de ellos, incluso, sufren desde dentro la problemática que apunto, quizás exagerada. Otros no comparten conmigo cierto radicalismo adolescente que no consigo superar. De unos y otros recibo de continuo fortaleza y sabiduría que me edifica y me contagia. Su consagración al sacerdocio, su asombrosa entrega a la aventura de la fe mantiene viva en muchos laicos, y desde luego en mí, la esperanza en una Iglesia Pueblo de Dios que camina confiada por ese valle tenebroso al que alude el salmo de Isaías. A esos sacerdotes que me conocen dedico este breve escrito, para diferenciarlos.

Quiero empezar anticipando una obviedad. Unido a todos los participantes de la película soy corresponsable, con Carlos Carrera, de la puesta en pantalla de esta historia de ficción. Además de su espléndida factura y de sus valores intrínsecamente cinematográficos, la película corresponde con fidelidad a la propuesta del guión. Cuenta lo que pretendí contar, con hallazgos por limadura o añadidura del propio Carrera. Sólo discrepo de él en algunos momentos de la película, pero mis objeciones son secundarias: no atemperan de modo alguno mi entusiasmo por un trabajo cuya autoría es a fin de cuenta de él: del director Carlos Carrera.

Como se sabe, la historia de la que deriva esta libérrima versión es una novela de José Eça de Queiroz escrita a fines del siglo 19. Se emparienta con la célebre La regenta del zamorano Leopoldo Alas Clarín y con muchas otras anécdotas narrativas —desde el Decamerón hasta El abate Mouret de Zolá— de curas incontinentes. Causaron escándalo en su tiempo, pero ahora ya no asustan a nadie. Frente a la gran novelística católica del siglo 20 se antojan historias inocentes porque su extremado costumbrismo les impide ahondar en problemas dogmáticos o en conflictos teológicos. Se limitan a señalar los comportamientos pecaminosos del clero, las torcidas politiquerías de la jerarquía eclesiástica, el aburguesamiento de los servidores de Dios. Son, si se quiere, novelas anticlericales; casi nunca anticatólicas, ¡por Dios!

De esa inocencia doctrinal y de esa ortodoxia que jamás lastima los dogmas de nuestra fe, participa nuestra versión cinematográfica de El crimen del padre Amaro. En ningún momento se impugna la divinidad de Jesucristo, ni la virginidad de María, ni la autoridad del Santo Padre, ni la existencia del infierno, ni la presencia de Cristo en la hostia consagrada. Algunas secuencias pueden resultar irreverentes, agresivas, pero ninguna tiene un contenido herético.

Que el sacerdote incontinente envuelva con un manto destinado a una imagen de la Virgen el cuerpo de su amada, antes de hacerle el amor —así lo propone Eça de Queiroz en su libro—, puede lastimar nuestro pudor litúrgico, irritarnos por el desacato, ¡claro que sí!, pero define muy bien la psicología amorosa de un muchacho recién salido del seminario.

Que una beata loca alimente a sus gatos con hostias consagradas crispa desde luego a cualquier creyente, pero en ningún momento se hace de ello una apología; no se le presenta con burla ni con escarnio antirreligioso, sino como lo que es: un sacrilegio cometido por un ser demoniaco que a la vuelta del tiempo —lo que son las cosas— conducirá al padre Amaro a la perdición moral.

Presentar la irreverencia, el pecado o el sacrilegio en una novela o en una película no significa cometer irreverencia, pecado o sacrilegio; eso lo entiende el menos docto en cuestiones creativas. El irreverente de la escena del manto no es Carlos Carrera, ni Gael García Bernal, ni yo; es el padre Amaro: así de simple y así de exacto. Y el sacrilegio con las hostias no lo comete Carlos Carrera, ni Luisa Huertas, ni yo, sino la beata Dionisia: tal vez el demonio.

El dramaturgo, el novelista, el cineasta, se asoman a la vida para describirla y para descubrirla, para desentrañarla, para tratar de comprender el maravilloso fenómeno humano. Se empapan de vida, lo que significa —en términos cristianos— llenarse de gracia y ensuciarse de pecado: la principal materia prima con que se trabaja cualquier obra de ficción. Y sólo reconociéndonos en el pecado de los otros, que es el de nosotros —hablando siempre en términos cristianos—, podemos alcanzar la redención cumplida en Cristo. Eso pienso. No sé.

Lo que sí sé de cierto, lo que sospecho —para no exagerar— es que no son esas situaciones laterales de irreverencia o de sacrilegio las que han irritado hasta el paroxismo a los miembros de la jerarquía eclesiástica o a sus acólitos. Lo que les enoja es la visión anticlerical, que no antirreligiosa —lo cual es muy distinto— que deriva por fuerza de la historia cinematográfica del Padre Amaro.

Pero una cosa es que la historia provoque el enojo legítimo del clero diocesano, directamente aludido y acusado en este melodrama, a que el clero diocesano declare a voz en cuello que la película es un ataque a la Iglesia Católica. El clero diocesano con todo y nuestros señores obispos y cardenales son parte de la Iglesia Católica —parte importante y significativa, desde luego—, pero no son la Iglesia Católica. También los laicos, incluso los acólitos, somos Iglesia Católica, y como miembros de ese pueblo de Dios tenemos el derecho y la obligación de señalar y denunciar, hasta despotricar, llegado el caso, contra lo que ocurre en nuestra realidad religiosa.

En ese entendido, los que nos dedicamos a la ficción, ficcionamos, y no es necesario ir demasiado lejos para descubrir sacerdotes incontinentes, pobrecillos, o para detectar —lo que sí es grave— la sucia política eclesiástica que transita desde el Vaticano hasta nuestros palacios arzobispales. Con esos elementos conformamos nuestra narrativa o nuestra dramaturgia. Al menos yo lo he hecho así, desde que comencé a escribir. Y lo hago desde la fe, porque la fe ha sido siempre el más potente de mis motores literarios. El resultado no siempre es bueno, lo cual es una lástima, pero ésa ya es otra cuestión que no compete a los asuntos religiosos.

Cuando el productor Alfredo Ripstein (primero en 1994 y después en 1998) me propuso hacer un guión cinematográfico de la novela de Eça de Queiroz, acepté sin pensarlo dos veces precisamente por eso: porque el asunto pertenecía a mi temática obsesiva y porque esa temática obsesiva me iba a permitir decir muchas cosas que necesitaba decir sobre mi Iglesia: nuestra pobre Iglesia desacreditada ante el mundo de los incrédulos o de los indiferentes por un clero que ha enfermado de soberbia y de ceguera en este amanecer del nuevo siglo.

El asunto de la incontinencia sexual de un sacerdote, básico en la novela portuguesa, no presentaba problemas para la adaptación si se conservaba el lugar común, de cierto modo ortodoxo: Padre Amaro con muchacha quinceañera. La verdad es que el conflicto se convirtió en ingenuo cuando se destapó hace unos meses, internacionalmente, la epidemia de los sacerdotes pederastas. En lugar de Padre Amaro con muchacha adolescente, la realidad exigiría haber planteado Padre Amaro con infante o Padre Amaro con novicio púber. Frente al célebre caso del Padre Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, nuestro Padre Amaro seduciendo a Amelia se antoja poco menos que un santo.

Y sobre los crímenes del Padre Maciel, protegido de nuestro Papa y de nuestros jerarcas, no hay institución de laicos que arme alboroto, que exija cuentas, que organice escándalos. El padre Athié levantó la mano para exponer su verdad, y el poder aplastante de nuestra jerarquía eclesiástica le ha hecho pagar su atrevimiento.

Lo grave es que Maciel es un hombre de carne y hueso. Amaro es de ficción.

Pienso que al episcopado mexicano le enoja también la película por el tema de las narcolimosnas, bien documentado en América Latina por estudiosos como Leonardo Boff. No hay duda que los Escobar de Colombia y los Arellano de México o el Señor de los Cielos tendrían mucho que decir sobre un asunto que evidentemente preocupa a nuestros cardenales Salazar y Rivera. ¿O es acaso inverosímil el episodio que aborda las narcolimosnas en la película? ¿Es calumnioso? ¿Son ganas malsanas y enfermizas por denostar a como dé lugar a nuestro clero?

De la teología de la liberación podría decirse algo semejante. Introduje el tema inventando al Padre Natalio, que luego interpretaría Damián Alcázar, y debo decir que el tratamiento de este personaje, la conformación de su breve y dramática historia, fue lo que más me satisfizo en la escritura del guión.

No es un tema grato a la jerarquía, desde luego. La mayoría de nuestros obispos lo consideran resuelto: es decir, condenado, sepultado, definitivamente olvidado. La verdad es que la forma en que nuestra Iglesia eclesiástica, desde el Papa Juan Pablo II hasta nuestros preclaros obispos, desacreditaron y condenaron la teología de la liberación hasta borrarla del pensamiento religioso, representa uno de los más dolorosos momentos de nuestra historia eclesial.

Una iglesia conservadora —por simplificar el término— acabó degollando, casi destruyendo a una Iglesia minoritaria que buscaba hacer realidad aquello de la opción por los pobres. Quienes seguimos de cerca la obra de un pastor como don Sergio Méndez Arceo, no dejamos de lamentar y denunciar las tretas con que el episcopado mexicano ha tratado de borrar, en el estado de Morelos, toda huella de Don Sergio. Dos sucesores indignos empuñaron la picota: el dudoso cardenal Posadas y el inefable Luis Reynoso. Lo mismo harán en Chiapas, no cabe duda, con la obra de don Samuel Ruiz.

Sobre estos temas de nuestro mundo real traté de ir tejiendo la imagen contemporánea del Padre Amaro sobre las carcomidas páginas de Eça de Queiroz. Y aunque Carlos Carrera no se reconoce católico, ni siquiera creyente —me parece—, trató como un hermano de fe la elaboración de las secuencias. No fue solamente fiel a la letra de mi guión —del que mucho discutimos y corregimos cómplices—, sino que trató con sumo respeto las delicadas cuestiones de la atmósfera religiosa.

Carrera entendió muy bien que el problema del Padre Amaro no es, al fin de cuentas, un problema sexual. Es un problema político. Un problema de poder.

En el momento en que el joven sacerdote avizora un futuro político dentro de la organización eclesiástica, cuando la ambición lo tienta con más furor que el cuerpo de su chiquilla, el cándido pecado sexual del Padre Amaro —fácilmente superable y perdonable— se convierte en un dardo de fuego que lo lanza directamente al crimen. Crimen no entendido como asesinato sino como unión adúltera con el poder. El poder: la segunda tentación que soportó Jesús en el desierto cuando Satán le dijo: Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada y se la doy a quien quiero. Si me adoras, toda será tuya.

Ése intenta ser el meollo de esta película, el tema central del Padre Amaro.

Ése es el mentado poder que suele convertir a un sacerdote en párroco, a un párroco en obispo, a un obispo en cardenal...

La tan criticada frase que pronuncia el presidente municipal (Pedro Armendáriz) en algún momento de la película, proviene de una anécdota biográfica que don Sergio Méndez Arceo nos contó a Estela y a mí hace algunos años.

Cuando don Sergio niño comunicó a su padre su decisión de entrar al seminario, el padre de don Sergio niño refunfuñó: Acuérdate siempre de lo que te voy a decir, hijo. No hay peor política que la negra.

 

Fuente: Revista Proceso  No. 1346
Fecha: 18 de agosto de 2002
Por: Vicente Leñero