Un restaurador de la guadalupana expone detalles técnicos
que desmitifican a la imagen

 

Rodrigo Vera

Cuando el restaurador José Antonio Flores Gómez tuvo a la mano la imagen de la Guadalupana, en 1947, no le quedó duda: se trataba de la obra de un artista, no el producto de un milagro. Desde entonces ha guardado silencio. Ahora, en entrevista con Proceso, relata los pormenores de los trabajos de restauración que realizó a la imagen, en la que encontró descarapeladuras propias de cualquier pintura humana, lo mismo que las huellas de otros muchos retoques hechos en el curso de los siglos.

Cuando tuve enfrente a la imagen de la Guadalupana y la pude observar de cerca, hasta ese momento me di cuenta que no es una obra divina, afirma José Antonio Flores Gómez, quien en dos ocasiones ha restaurado la imagen más venerada del país.

Agrega: Inmediatamente me dije cuando vi los estragos: ‘Éste es causado por la humedad, éste otro por los hongos que hay en el ambiente, éste de acá es un repinte’... En fin, la Guadalupana tiene las descarapeladuras de cualquier obra humana.

—¿Es, en definitiva, una obra pintada por un ser humano?

—Sí, por supuesto. Es la obra de un artista, no es producto de ningún milagro.

—¿Dónde queda entonces Juan Diego, en cuya tilma, supuestamente, se estampó milagrosamente esa imagen?

—Eso sí quién sabe. Ni los historiadores han podido darle un apoyo histórico. Pudo haber existido ese indígena. Pudo ser una persona de carne y hueso, como nosotros. Pero de que la Virgen de Guadalupe imprimió su imagen en la tilma, a mí me consta que eso no es cierto.

A sus 78 años de edad, el restaurador de la Guadalupana rompe un silencio de décadas, en las que se negó a dar a conocer su trabajo. Finalmente, hoy habla de las dos ocasiones —en 1947 y 1973— en que restauró la imagen; sus esfuerzos por corregir los estragos que el tiempo provocó en la pintura; los recursos técnicos que utilizó para remozarla y su relación con las autoridades del santuario que, de manera discreta, contrataron sus servicios y le indicaron las modificaciones que querían en la imagen.

Aclara de entrada: Antes de mí, otros restauradores ya le habían dado retoques a la imagen. Eso lo noté desde la primera vez que intervine. Y estoy seguro que otros más intervinieron después de mí.

—¿Cuántos restauradores habrán trabajado en esa imagen?

—Es muy difícil saberlo. Dificilísimo. Pero calculo que alrededor de 20.

Cuenta Flores Gómez que en 1947 era un joven restaurador que tenía su estudio en la calle Belisario Domínguez, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Entre sus amistades había pintores, escultores, periodistas, escritores... pero también sacerdotes que trabajaban en la Catedral Metropolitana.

Fue entonces cuando fue a buscarlo a su estudio, de parte del entonces abad de la Basílica de Guadalupe, Feliciano Cortés, un sacerdote para que restaurara la imagen.

Yo llevaba buena amistad con algunos sacerdotes de Catedral y con artistas de toda clase. Alguno de ellos me recomendó. Lo cierto es que un día llegó a mi estudio un sacerdote que se apellidaba Vargas, es lo único que recuerdo. Me dijo que el abad de la Basílica quería verme. Y me llevó hasta el despacho del abad, a quien noté muy preocupado. Ahí me mostró una foto de la imagen, en la que se veían unas cuarteaduras muy notables. ‘¿Qué puede hacer usted para remediar esto?’, me preguntó el abad.

Yo pensé: ‘¡Ah, caray! Si es una imagen divina, no tiene por qué pasarle esto’. Vi sobre todo una gran cuarteadura vertical que iba desde la cabeza hasta los pies de la Virgen. Aparte, tenía otras cuarteaduras horizontales menos visibles. Estoy seguro de que eran producto de dobleces. El lienzo en algún tiempo estuvo doblado y por eso se resquebrajó la pintura.

También vi que la imagen ya tenía retoques hechos por otros restauradores. Se lo hice notar a los encargados del santuario. El padre Vargas quería que repintara una parte de la túnica de la Virgen. Yo le decía: ‘Padre, no conviene meterse en eso’. Pero él me ordenó: ‘Usted hágalo’.

—¿Qué le hizo usted finalmente a la imagen Guadalupana?

—Un levantamiento de pintura en ciertas partes. Y también restaurar las quebraduras.

—¿Volvió a pintar las partes a las que le quitó la pintura?

—Claro. Una restauración implica pintar las partes dañadas, no toda la imagen, porque eso es ya una repintada, que es otra cosa. De manera que le metí mano a una parte de la túnica. Pero no a las estrellas estampadas en ella porque ya estaban repintadas. No quise meterme en más problemas.

 

El misterio de las estrellas

Flores Gómez está en la sala de su casa. Paredes decoradas con paisajes marinos, bodegones y retratos al óleo pintados por él mismo. Su estudio está en un cuarto contiguo. Ahí tiene más óleos montados sobre caballetes de madera, que sostienen lentes circulares de aumento que agrandan los detalles de las pinturas.

Hay también varias reproducciones guadalupanas al óleo. Y fotografías... muchas fotografías de la imagen original tomadas en distintas fechas. El restaurador va a su estudio y saca una carpeta con fotos. Las muestra al reportero.

Comenta: Con las estrellas pasa una cosa curiosa. Mire, si uno observa estas fotos tomadas en distinta época, el número de picos en algunas estrellas no coincide. De pronto, por ejemplo, esta estrella aquí tiene cinco picos, pero acá ya aparece con seis. ¿Qué significa esto? Pues que les han quitado o agregado picos durante las distintas restauraciones.

—¿Cuánto tiempo tardó usted en restaurar la imagen en el 47?

—Unos 10 días. Por cierto, la primera vez que analicé la imagen, estaba colocada en el piso y sin marco. Yo ni la saqué ni la cambié de lugar. Estaba lista para que la restaurara. Observé que unas personas remozaban el altar y limpiaban el marco de la imagen. Otros restauradores colocaban oro de hoja en el altar. Todos trabajaban a marchas forzadas porque en pocos días se celebraría un gran homenaje a la virgen, creo que ese era un año mariano.

También trabajé apresuradamente en esos 10 días. Incluso, por el poco tiempo, no hice todo lo que debía para que la imagen quedara totalmente restaurada. Recuerdo que, mientras hacía mi trabajo, hubo dos fotógrafos extranjeros, un noruego y un sueco, que directamente tomaban fotos a la pintura.

También tomé fotografías a la imagen. Acostumbro llevar la historia de cada trabajo importante que hago, para registrar el antes y el después. Pero las personas de la Basílica me pidieron los rollos... y tuve que entregarlos.

—¿Qué tipo de pintura usó al repintar la imagen?

—De agua. Era obligado. Tenía que ser de las disueltas en agua y no en aceite, porque son de las que se usaron originalmente. De ahí que se hayan desprendido tan fácilmente.

 

El deterioro

Apasionado de la pintura desde que era niño, José Antonio Flores Gómez estudió la carrera de derecho en los años cuarenta, mas no la concluyó. Prefirió dedicarse de lleno a la pintura, la fotografía y la restauración. Egresado de la Academia de San Carlos, donde estudió pintura cuando el muralista Diego Rivera era el director, Flores Gómez se especializó, con éxito, en el retrato, al grado de que, por encargo de la Presidencia de la República, realizó retratos al óleo de algunos mandatarios mexicanos, como Gustavo Díaz Ordaz, Miguel de la Madrid y Carlos Salinas de Gortari.

Pese a su edad, actualmente el restaurador se mantiene activo: posee una modesta galería de arte en la calzada de Tlalpan y continúa pintando y realizando trabajos de restauración.

Con tenis y con una camiseta deportiva, el viejo restaurador relata cómo, en 1973, remozó por segunda vez la pintura del Tepeyac.

Me contrataron de la misma forma que la vez anterior. Llegó una persona a buscarme a mi taller para decirme: ‘Tenemos antecedentes suyos, el abad Guillermo Schulenburg quiere hablar con usted’. Y fui a ver al abad. Pensé que sería muy solemne. Pero no. Fue muy simpático y amable conmigo.

De entrada, Schulenburg me sorprendió cuando me dijo con naturalidad que la pintura era ‘una obra humana’ y que quería que ya no sufriera más ‘alteraciones’, así llamaba él a los retoques. No creía en el milagro. Eso sí, era muy respetuoso de la devoción popular. Y me contrató solamente para que reentelara y le diera una limpieza al lienzo. Habían pasado 26 años desde que yo había restaurado la imagen.

—¿Y cómo la encontró después de tantos años?

—Noté que estaba deteriorándose más, porque entonces la imagen se exponía casi al natural en la vieja Basílica de Guadalupe. Tenía adherido el humor del ambiente. Es ese humor invisible de la gente que muy lentamente se va acumulando en todas las obras y que nosotros llamamos la pátina.

Hoy, en el nuevo santuario, la imagen está más protegida. Se guarda por las noches en una bóveda bien acondicionada que la cuida de los daños del ambiente. Intervinieron expertos y técnicos en preservación de obras de arte. Pero a mí me tocó sin bóveda... Eran otros tiempos.

—¿En qué consistió la limpieza que realizó?

—La limpié meticulosamente con cepillo, durante tres días y en sesiones completas. Había que hacerlo con muchísimo cuidado. Nada de usar aspiradora y cosas de esas, porque se hubieran desprendido las cáscaras de pintura floja. Tan sólo mire usted aquí. ¡Fíjese!

Y el restaurador apunta a los rayos dorados que salen de la espalda de la virgen, en una fotografía a detalle. Son rayos descarapelados, escamas a punto de desprenderse.

—¿Y el reentelamiento cómo lo hizo?

—Utilicé tela de manta que antes se conocía como ‘manta del cien’. Era muy popular. Y para analizar la trama del tejido usé un simple cuentahilos, que es el que utilizan las tejedoras y los fabricantes de textiles. No hay necesidad de microscopios electrónicos ni de aparatos sofisticados. Basta con el cuentahilos.

Descubrí que la tela no es de ixtle, como se dice, pues el ixtle tiene una trama muy tosca, muy rústica, con un cordel muy grueso. En cambio, la imagen Guadalupana está pintada sobre una trama muy fina, como la que se saca del algodón.

—¿Cuánto le pagaron por su trabajo?

—Como 350 pesos.

—¿No es muy poco?

—No, no. Yo creo que estuvo bien para ese tiempo. Tomando en cuenta que no fue mucho trabajo ni utilicé muchos materiales.

 

Los empastes

Nueve años después de haber contratado los servicios del restaurador, en 1982, Schulenburg quiso saber mayores detalles sobre la pintura. Para esto, le pidió un estudio al perito José Sol Rosales, exdirector del Centro Nacional de Registro y Conservación para Obra Mueble, del INBA.

Sol Rosales confirmó en su peritaje que la imagen era una obra pictórica humana, realizada con colores elaborados a base de cochinilla, de sulfato de calcio —conocido entonces como tizatl— y de un negro extraído del hollín del humo del ocote.

El análisis detalló otras características de la pintura: su estilo, los repintes que se le aplicaron a lo largo del tiempo, las mutilaciones sufridas, la capa de preparación que le sirvió de base y hasta las salpicaduras de agua y parafina derivadas del culto (Proceso 1333)

En secreto, Schulenburg envió el estudio al Vaticano para advertir sobre los riesgos que se corrían al canonizar a Juan Diego, a quien, según la tradición, milagrosamente se le estampó la imagen en su tilma.

Igual que Sol Rosales, el restaurador Flores Gómez asegura que los pigmentos son de cochinilla, tizatl y humo de ocote, entre otros.

En la pintura se combinan pigmentos vegetales y minerales, disueltos en agua. Es una pintura al temple. Es muy lógico. En aquel tiempo sólo podían utilizarse pinturas naturales.

El restaurador destapa un pequeño frasco. En su interior hay un polvo amarillento y petrificado, listo para recibir el pincel.

Explica: Mire, esta tierrita da una tonalidad dorada. Durante siglos se le ha llamado ‘tierra de ocre’. Con ella se pintaron los rayos de la Virgen. Aún se fabrica.

Lamenta los empastes con que algunos restauradores cubrieron partes de la imagen, provocando un fuerte contraste con la pátina original.

Principalmente en el rostro de la Virgen se nota mucho un empastamiento. Y a un doblez de la túnica hasta le cambiaron su color original. De cualquier forma, es muy difícil que la pintura de los retoques, nueva y vivaz, armonice con la pátina de la pintura primitiva.

—¿Usted ha conocido a otros restauradores de la imagen?

—No. A ninguno. Los restauradores que han intervenido lo han hecho con exagerada discreción. Nunca lo han querido confesar.

—¿Las autoridades del santuario lo obligaron a guardar silencio?

—No. Más bien yo mismo me obligué a callar, por seguridad.

—¿Qué se siente haber restaurado a la imagen más venerada de México?

—Una sensación muy rara, pero al mismo tiempo como de temor. Sí, se siente temor. Pues nacimos en un medio en el que todas las familias son guadalupanas y la mayoría cree en el milagro, entre ellas la mía.

 

Fuente: Revista Proceso  No. 1343
Fecha: 28 de julio de 2002
Página: 17-18