La novela del P. Maciel Jean Meyer Mons. Abelardo Alvarado, obispo emérito, escribió el valiente La pederastia entre el clero. Una mirada retrospectiva, que merece una amplia difusión. Pero, el caso de Maciel rebasa el marco de la pederastia, como se puede leer en los libros de Fernando González, Jason Berry y Gerald Renner. Conozco los autores y recomiendo su lectura por su seriedad y la información que manejan; pero, Marcial Maciel espera su Dostoievski, mexicano o no —el fundador de la Legión de Cristo tuvo un campo de acción mundial— que nos permitiría contemplar al personaje en toda su complejidad. Aquí tenemos a un hombre que desde su juventud emprendió la construcción de un imperio en el seno de la Iglesia católica, apostólica, romana, que a los dos años de ser sacerdote tenía su propia institución eclesiástica, que había captado la buena voluntad del presidente Alemán, aprovechando su condición de sobrino del obispo Guízar, venerado en vida como santo en Veracruz. Había empezado su exitosa carrera de colector de fondos entre buenas mujeres pertenecientes a las más ricas familias de México. Fuerte de estos apoyos y del buen dinero se introdujo en la Curia vaticana y en la España del generalísimo demasiado cristiano Francisco Franco, en el año de gracia de 1946. Desde un principio confundió en una sola pulsión, dos cosas que los sabios griegos separaban, Filia (Philia) y Eros, de manera que sus muy jóvenes seminaristas y sacerdotes fueron sus víctimas, muchas veces amorosas, tan fuerte era el "carisma" (perdón, pero no encuentro otra palabra) de quien fue un extraordinario gurú, según testimonio de sus víctimas, de nuestro colega José Barba, entre otros. No mandó torturar a nadie, mucho menos matar, pero tiene muchos rasgos en común con jefes históricos de sectas milenaristas, mesiánicas o milenaristas que desvirtúan la exhortación de san Pablo "Peccate fortiter", "Peca mucho porque donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia". Algo que practicaron y que siguen practicando alegremente varios grupos a lo largo de la historia del cristianismo y de todas las religiones. Mientras llegue el Dostoievski de Maciel, encuentro unas claves en las novelas de John Connolly o de Brian Evenson. En Padre de Mentiras, de 1998, cuando Jason Berry había publicado ya No nos dejes caer en tentación, Evenson cuenta la historia del padre de una secta, quien afirma que tiene a su favor a Dios y el diablo. Eldon Fochs, piadoso y pedófilo, buen padre de familia, como el P. Maciel quien parece haber dejado 10 millones de euros a su hija Norma Hilda Rivas, es el dirigente de una secta religiosa muy conservadora. El relato describe, sin aspavientos, un caso de confusión intelectual y mística, una perversión y una manipulación del discurso religioso. Algo como un desdoblamiento de personalidad que el sicólogo Fernando M. González encuentra en Maciel. Resulta imposible saber si Fochs es sincero o de mala fe, comparto las inquietudes de su Iglesia, dudo de las interpretaciones de su terapeuta o no me satisfacen del todo. Como en el caso de Maciel. Lo que resulta innegable es la realidad de la pedofilia, de las violaciones ejecutadas por el reverendo Eldon. Lo extraordinario es que ni la justicia de Dios, ni la de los hombres lo preocupan, cuando maneja varios discursos que se contradicen y lo protejan; como en el caso de Maciel, el hombre de muchas personalidades. Protegido por un delirio místico de justificación, es el "Padre de las mentiras"; desenmascarado en el capítulo final, si bien resulta culpable en un happy end de última hora, es también victorioso. Pienso en Dostoievski, pero el criminal Raskolnikov en Crimen y castigo, no puede escapar ni a Dios, ni a la justicia humana, tampoco a su crimen, mientras que el reverendo Eldon lo logra. Como Maciel. Afirma: "Puedo gozar libremente de los jóvenes. Mi hija y yo nos volvemos más cercanos. Dios me ama". No estamos lejos del Maciel, sacerdote que celebraba de una manera extraordinaria —nos dicen sus acusadores—, inmediatamente después de haber sacrificado al Eros pedófilo o efebófilo. Uno de sus favoritos cuenta cómo, después de la sesión erótica, le daba la absolución, le decía "puedes comulgar", revestía los ornamentos sacerdotales y pasaba a celebrar la misa… Eldon le dice a la chica que va a tomar: "Yo también soy pecador, todos somos pecadores. Lo que podría ser pecado para seres de menos importancia, no lo es para ti. Si lo que haces fuese pecado, Dios te hubiera arrancado hace mucho de mí. No puede ser pecado".
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