|
SUICIDIOS COLECTIVOS: RITUALES DEL
NUEVO MILENIO
Dr. Jorge Erdely
Prefacio del
Autor a la Segunda Edición
Al escribir este prefacio a la segunda
edición de Suicidios Colectivos, están todavía frescas en la
memoria de la opinión pública las escenas de la toma del Teatro de Moscú
por un comando suicida de separatistas chechenos apoyados en un discurso
religioso dionisiaco. Impreso ha quedado también el trágico desenlace,
con un alto costo de vidas, tanto de rehenes como de insurgentes. En el
plano global, el drama de Moscú fue antecedido, como es sabido, por los
sucesos del 11 de septiembre de 2001 en Washington y Nueva York, y más
recientemente, por los atentados contra dos centros nocturnos en Bali,
Indonesia, por parte de presuntos extremistas islámicos, en los que el
saldo oficial fue de más de 180 muertos, en su mayoría turistas
australianos.
Previo a dicho suceso, este mismo año,
comandos suicidas de facciones religiosas atacaron el Parlamento de la
India, a la par que hechos de similar naturaleza intensifican las
tensiones de dicho país con Pakistán, por el conflicto sobre Cachemira.
La globalización
del terrorismo suicida con componentes religiosos se torna cada día en
una realidad ominosa y creciente desde Medio Oriente a Nueva York y de
Moscú a la India. La institucionalización de la autoinmolación como rito
divino alcanza nuevas dimensiones y trascendencia y plantea retos y
preguntas para las ciencias de la conducta. En el amanecer del nuevo
milenio, las ideologías religiosas se transforman simultáneamente en
tecnologías de guerra y en rituales salvíficos.
Es en este contexto de radicalizaciones
religiosas que presento a los lectores la segunda edición aumentada de
la obra que nos ocupa. Como se anticipó en el prefacio a la primera
edición, la parte medular de este estudio fue publicada en CIENCIA ergo
sum, revista multidisciplinaria de la Universidad Autónoma del Estado de
México*. Posteriormente, una
versión ampliada fue presentada y discutida con antropólogos y
sociólogos de varios países en el simposio sobre nuevos movimientos
religiosos del VIII Congreso Latinoamericano sobre Religión y Etnicidad,
realizado en Padua, Italia, el 2 de julio de 2000.
La Revista Académica para el Estudio de
las Religiones publicó dicha versión, incorporando, además de las notas
de pie de página y reflexiones del congreso de Italia, dos apéndices
pertinentes para actualizar y documentar el polémico caso de Waco y
David Koresh, en particular su dimensión militar y la controversia sobre
el desempeño del FBI.
La mayor parte de la ampliación, sin
embargo, la ocupó el trágico evento de Kanungú, Uganda, y la
autoinmolación-homicidio de alrededor de mil seguidores del Movimiento
para la Restauración de los Diez Mandamientos. Este suceso recibió
relativamente poca atención en el mundo Occidental a pesar de ser, hasta
la fecha, el suicidio ritual contemporáneo más grande.
Es este trabajo, revisado y
actualizado, el que se presenta en esta edición.
Dada la complejidad del fenómeno de los
suicidios colectivos por motivos religiosos, y dada también la creciente
difuminación entre las fronteras de los ámbitos políticos y religiosos,
es razonable descartar para este estudio los modelos analíticos
anquilosados y unidisciplinarios. Mi formación profesional inicial es en
el campo de las ciencias biológicas, la psicología y las ciencias
biomédicas, disciplinas todas que tratan desde diferentes ángulos el
comportamiento humano. Del área de la humanidades, tomo como
herramientas de investigación los métodos cualitativos clásicos y el
análisis filológico y de discurso.
El enfoque analítico del libro es
obviamente interdisciplinario, y examina los suicidios colectivos desde
la sociobiología y la psicofisiología con atención especial al estudio
filosófico de contenidos teológicos, símbolos y ritos. La investigación
etnográfica, de estudios de caso, e histórica, se utiliza en gran parte
para recabar y examinar información.
La tesis central de este libro parte de
la observación de elementos comunes en agrupaciones religiosas muy
diversas y distintas entre sí, que han cometido suicidios masivos
religiosos y/o actos de violencia sectaria organizada contra la
sociedad. Algunos casos de terrorismo serían ejemplos pertinentes, pero
de ninguna manera la observación se limita a un solo fenómeno. La
discusión es de naturaleza primordialmente teórica y su objetivo es
inteligir los mecanismos que hacen realidad sucesos como éstos para,
como exige el quehacer científico, poder anticiparlos*.
No ha sido por falta de espacio que me
abstenido de incorporar y responder en este prefacio a algunas críticas
bienintencionadas de colegas a este trabajo. Soy de la opinión que una
crítica impresa, para ser tomada en serio, además de articularse de
manera comprensible debe, o impugnar la tesis central, o la metodología,
o señalar errores factuales.
La esencia del trabajo, como es sabido,
ha sido publicada en dos revistas científicas habiendo pasado las
respectivas revisiones de los comités editoriales. Aunque eso no hace
infalible a ninguna investigación, dichos procedimientos existen para
establecer estándares de calidad en la producción y divulgación de
trabajos académicos. Es de esperarse que una refutación o crítica seria,
sin que sea necesariamente conclusiva, no tendrá problemas para ser
publicada en cualquiera de las varias revistas especializadas que tratan
estos temas en distintos idiomas.
Creo que de esta manera, no sólo se
enriquece el diálogo académico, sino que los autores nos comprometemos,
en público y por escrito, con los resultados de nuestras
investigaciones, lo mismo que con nuestras refutaciones. Pienso que esto
es particularmente apropiado cuando se trata de temas que involucran la
vida y los derechos humanos de muchas personas.
Jorge Erdely
Ciudad de México, octubre de 2002.
De Guyana a
Uganda
El suicidio colectivo como rito es un
fenómeno religioso reciente que hizo su aparición en la recta final del
siglo XX. Dicho fenómeno, aunado a sucesos muy peculiares de terrorismo
sectario apocalíptico, ha ido aumentando en frecuencia y notoriedad
desde 1978. Aparte de un alud de trabajos descriptivos, se han
realizado pocas investigaciones de enfoque teórico que intenten explicar
las causas de dicho fenómeno.
Algunos investigadores sociales se han visto paralizados por la
complejidad del fenómeno. Otros han sido intimidados por los riesgos
inherentes que trae consigo el estudiar a fondo agrupaciones
totalitarias y agresivas que no toleran la crítica. Dichos sistemas
totales, para usar el concepto
de Goffman,
suelen tener mecanismos bien
establecidos para disuadir investigaciones independientes —no
importa qué tan serias y objetivas—, cuyos resultados pudiesen dañar su
imagen institucional y estorbar sus proyectos. Como las sociólogas Renée
de la Torre (México) y Lourdes Argüelles (Estados Unidos) lo han
experimentado en carne propia, acceder a la información necesaria cuando
se estudia a determinadas minorías religiosas puede ser un asunto no
solamente extremadamente difícil, sino además riesgoso. Así lo
documenta también Masferrer en su disertación doctoral sobre política y
religión en México.
Por su parte, Mullins
registra las dificultades que puede haber para entrevistar a fuentes
primarias con información relevante
que permitan contrastar las versiones institucionales. Cuando el
grupo Verdad Suprema en Japón intentó desencadenar el apocalipsis
profetizado por su líder, detonando bombas en el metro de Tokio, ya
llevaba asesinadas 78 personas entre miembros, disidentes, familiares y
críticos de la secta.
Beit-Hallahmi toca otro punto importante cuando aborda el tema de la
integridad académica en la investigación de los Nuevos Movimientos
Religiosos: algunos investigadores han asumido como cruzada personal la
defensa a ultranza de minorías religiosas específicas, ignorando o aun
justificando la existencia de actividades delictivas o violaciones a los
derechos humanos en su interior.
Algunos de ellos especialistas han sido severamente criticados por la
comunidad académica internacional incluso por recibir,
en forma encubierta, subsidios de
los grupos que estudian.
Kent y Krebs, investigadores del Departamento de Sociología de la
Universidad de Alberta, confirman esta tendencia.
Se trata básicamente de estudios hechos a pedido para favorecer la
imagen de esas agrupaciones. En otras palabras, es propaganda, no
investigación científica.
El resultado de todo esto ha sido una
increíble escasez de hipótesis de trabajo para un tema de tanta
trascendencia como el de los suicidios colectivos religiosos. En México,
las opiniones a título personal y las especulaciones han abundado, por
lo general, sin ser sustentadas con un mínimo de trabajo de campo o una
revisión, aunque sea sumaria, de literatura relacionada. Es de notarse
también que un reducido grupo de investigadores de la religión parece
vivir en un estado de negación con respecto a este tema. Sencillamente,
los suicidios masivos, al parecer, no existen para ellos o “no pueden
ocurrir en México”. El estudio científico, sin embargo, no tiene nada
que ver con cuestiones como las
anteriores. Al contrario, la meta de la investigación científica
de cualquier fenómeno es comprenderlo y explicarlo. El objetivo de este
análisis es presentar, en estricto quehacer científico, una tesis para
explicar las causas de los suicidios colectivos rituales que se han
venido sucediendo en las últimas décadas.
Uno de ellos, en particular, tiende a confirmar la tesis central de
esta investigación.
Un caso
reciente
Se trata de la tragedia de Uganda, poco examinada en Occidente, en donde
más de mil integrantes de un grupo aparicionista escindido de la Iglesia
Católica, protagonizaron el suicidio-homicidio colectivo ritual más
grande de la historia contemporánea.
El suceso sobrepasó el conocido caso de Jim Jones, en Guyana, y parece
haber cumplido simbólicamente un ciclo histórico de terrorismo
apocalíptico. Casi simultáneamente, mientras aun corria el año 2000, se
culmino una nueva y controversial
investigación ordenada por el gobierno estadounidense sobre el
caso de los
davidianos
de David Koresh, en Waco, Texas. Se han incluido dos secciones al final
para actualizar a los lectores.
Al momento de escribir este análisis no
existen aún estudios terminados sobre el caso de Uganda y el Movimiento
para la Restauración de los Diez Mandamientos. Los investigadores que no
radicamos en África estamos temporalmente limitados a obtener nuestra
información de fuentes secundarias y eso hace que cualquier análisis sea
necesariamente preliminar. Hay, asimismo, pocas fuentes primarias
relevantes disponibles. Esto no es inusual si se consideran tres
factores: uno, que el Movimiento para la Restauración de los Diez
Mandamientos realizaba sus actividades con un alto grado de secrecía,
pues la cúpula estaba involucrada en
actos criminales; dos, que mucho material fue destruido a
propósito; tres, que muy pocos de los ex integrantes sobrevivieron. Muy
pocos vecinos, conocidos, familiares de las víctimas o testigos de las
actividades de la secta, han estado dispuestos a aportar información
amplia y detallada. La razón es más que evidente. Una organización que
cuenta con el poderío para llevar a cabo la desaparición sistemática de
cientos de disidentes sin que una nación entera lo note y sin tener
fugas de información debe haber tenido características bastante
peculiares. Uganda, una nación que ha sufrido dictaduras como la de
Idi-Amín con sus horrores, aún no sale de su shock y la gente que tuvo
relación con la secta sigue presa del temor. A pesar de esto, la
información de las fuentes secundarias y unas cuantas primarias, aunada
a la evidencia circunstancial del caso, aportan suficientes datos para
saber qué pasó el 17 de marzo del 2000.
El
Movimiento para la Restauración de los Diez Mandamientos
El Movimiento para la Restauración de
los Diez Mandamientos (MPRDDM) surgió en 1978 como una versión
más de los grupos carismáticos que reclaman tener visiones de la Virgen
María y eventualmente se convirtió en una escisión de la Iglesia
Católica Romana de Uganda. Sus líderes más visibles eran Credonia
Mwerinde, el sacerdote Dominic Kataribaabo y Joseph
Kibwetere. Teológicamente, el grupo,
que llegó a reclamar una
membresía de cinco mil miembros, tenía una fuerte identificación
con las tradiciones místicas y ascéticas del catolicismo histórico.
Asimismo, incorporaba elementos sincréticos propios de la cultura y
mitos populares de Uganda.
Entre los signos más evidentes del ascetismo están las prácticas
cotidianas a que se sujetaban los miembros
del movimiento: una sola comida al
día, largas jornadas de trabajo, abstinencia sexual absoluta,
privación del sueño y prohibiciones para hablar, comunicándose por
períodos sólo a través de gestos y señales. Obtener la membresía en el
Movimiento para La Restauración de los Diez Mandamientos implicaba
renunciar a las comodidades terrenales y donar el dinero a los líderes.
El elemento místico es más prominente
aún: el grupo era esencialmente aparicionista y se guiaba por
supuestas visiones donde la Virgen
María daba mensajes directos a sus principales líderes, algunos
de los cuales también funcionaban como oráculos vivos en otras
categorías.
Liderazgo
del grupo aparicionista
Los dirigentes más prominentes eran el
sacerdote D. Kataribaabo, quien tenía una maestría en Estudios
Religiosos por la Universidad Jesuita de Loyola-Marymount
en Los Angeles, Estados Unidos. Kataribaabo no estaba
excomulgado de la Iglesia Católica, como publicaron muchos medios de
comunicación, sino que tenía una suspensión a divinis, término
técnico para referirse a que su obispo lo había disciplinado para que no
oficiara como sacerdote hasta que se resolvieran sus diferencias
doctrinales. Joseph Kibwetere, quien era conocido como el profeta de la
organización, era un laico activo con historial médico de crisis
maniaco-depresivas. Había sido también un político reconocido. Su
expediente clínico en el Hospital Psiquiátrico Butabika, en Kampala,
capital de Uganda, menciona que en 1998 estuvo internado, por última
vez, por esta causa. Kibwetere era uno de los principales videntes de la
secta.
Credonia Mwerinde había sido una mujer
conocida por su vida promiscua. Hasta su ingreso al MPRDDM había sido
dueña de una cantina en Kanungu, la cual administraba con gran éxito.
Algunas monjas y otros sacerdotes también formaban parte del liderazgo,
pero el consenso es que las tres personas antes descritas tenían la
preeminencia, con un rol especial que se le adscribe a Mwerinde, como la
más influyente de los tres. Es importante tener en mente la estructura
de este liderazgo, pues es lo que se puede llamar un liderazgo
mesiánico colectivo que en la práctica opera ante los seguidores
como una misma entidad representativa de la divinidad.
Infierno en
Kanungu
Con motivo del advenimiento del año
2000, los líderes del MPRDDM hicieron una predicción. El mundo acabaría
el 31 de diciembre de 1999. Al no cumplirse esto, se fijó como nueva
fecha el 17 de marzo del año 2000, pero en esta ocasión se le dio un
nuevo giro a la predicción: no se trataría del fin del
mundo solamente, sino que la Virgen
misma descendería al encuentro de los fieles del MPRDDM para
llevarlos de su templo al cielo, como recompensa por haber seguido sus
instrucciones dictadas a los videntes. La tarde del 17 de marzo,
alrededor de 530 miembros provenientes de distintas regiones de Uganda,
incluidos al menos 78 niños, se dieron cita en el templo principal de la
organización y cerraron con tablas las ventanas y las puertas desde
adentro. Después de algunas horas de cantar himnos religiosos, los
vecinos escucharon un fuerte ruido y se percataron de que salían llamas
del templo. Todos murieron en el interior en pocos minutos.
¿Suicidio u
homicidio?
La confusión entre las versiones
iniciales de que el hecho se trató de un suicidio colectivo por motivos
religiosos, y la posición posterior,
motivada políticamente, del gobierno de Uganda en relación con
que realmente había sido un homicidio,
se puede dilucidar simplemente
atendiendo a los hechos objetivos. Existe consenso entre los
investigadores de que en sí misma la reunión de ese día no sólo era
religiosa, sino tenían un carácter excepcional para los integrantes de
la secta. Muchos habían viajado largas distancias desde el interior del
país para estar allí a tiempo. En los días previos fue notorio que
habían ido a despedirse de amigos y familiares por distintas villas y
poblados, anunciando su partida de este mundo y
dando un último mensaje
proselitista. También vendieron sus posesiones, o las remataron a
mitad de precio. Lo que no se pudo vender, se quemó en una fogata un día
antes del suicidio. También se realizó un banquete de tres días, en el
cual se consumieron tres bueyes y una gran cantidad de refrescos. El
banquete tiene un valor simbólico muy especial si se considera el
carácter ascético del MPRDDM. Los feligreses se vistieron de togas
especiales blancas y de otros colores antes de entrar en el templo, el
cual era considerado a la sazón, la sede del movimiento.
Elementos
rituales presentes
Los elementos
rituales que están presentes sustentan
esta tesis: cuando entraron a ese templo a celebrar un culto de varias
horas, los miembros de la secta estaban convencidos de que la Virgen se
les aparecería para llevarlos al paraíso. Sólo así escaparían del fin
del mundo que estaba por sobrevenir
casi simultáneamente. En tipología teológica, el templo se
habría convertido en una suerte de “arca de la salvación”; sólo los que
entraran allí se salvarían y el resto de la humanidad perecería. En
similitud con Génesis 7:16, incluso hay un momento en que la “puerta del
arca” se cierra en forma definitiva. Esto viene a ser representado por
el sellamiento de accesos al templo desde adentro.
Dado lo anterior, la pregunta se centra
entonces en si los miembros sabían o no el medio —muerte por
incineración— por el cual tendrían acceso al paraíso, o en este caso, si
creían que la Virgen utilizaría ese medio para cumplir dicho propósito.
La evidencia es contundente en el
sentido de que la gran mayoría de
adultos sí lo sabía. He aquí las razones:
El día de la predicción
Es un hecho comprobado en la escena de los hechos que lo que se quemó
fue esencialmente la gente. El local, incluso objetos relativamente
cercanos sufrieron daños de una naturaleza distinta a la de los cuerpos
o ninguno en lo absoluto. En otras palabras, se quemaron las personas.
No hubo un incendio del templo, sino de la gente. Reportes de los
vecinos y los posteriores peritajes
de la policía de Uganda, confirmaron
que sólo se utilizó gasolina como
combustible. La hipótesis inicial de que al combustible había
sido añadido ácido sulfúrico para producir una mezcla explosiva, fue
eventualmente descartada por los peritajes químicos. En otras palabras,
los integrantes del MPRDDM no murieron víctimas de una explosión
planeada secretamente por los líderes. Independientemente de la
confirmación de los peritajes sería extraño pensar en bombas de
capacidad tan selectiva que destruyen sólo seres humanos y no objetos
flamables que estaban allí cerca.
La única explicación coherente para un
escenario como el que se describe es una. La gente se roció de
combustible o permitió que otros los
rociaran. Es difícil imaginar que adultos empapados de gasolina
junto con sus niños no supieran de qué se trataba el asunto. El simple
olor de tal cantidad de combustible en un local encerrado y un elemental
instinto de supervivencia hubiesen
sido suficiente advertencia para que la multitud simplemente
saliera despavorida del templo desde el inicio de los rociamientos. Unas
cuantas tablas de madera en las ventanas y las mismas puertas cerradas
con llave hubieran cedido fácilmente ante la presión de un tumulto de
cientos de personas presas del pánico. Es obvio también que si los
dirigentes hubiesen pensado que la gran mayoría de la gente iba a querer
escapar, hubieran recurrido a medidas de seguridad más eficaces. Jim
Jones, por ejemplo, sabía que una parte de sus seguidores se negaría a
autoinmolarse bebiendo cianuro. Para ello recurrió a dos cosas: una
guardia armada con metralletas y el aislamiento en la selva de Guyana,
que presumiblemente prevendría tanto huidas como ayuda oportuna del
exterior. El suicidio colectivo de Jonestown duró varias horas al
interior de la selva, pero el de Kanungu sólo unos cuantos minutos en
plena ciudad.
Las ventanas cerradas con tablas por
dentro del templo del MPRDDM pudieron haber tenido quizás la intención
de detener a algún feligrés que cambiara de parecer a última hora y,
seguramente, la de prevenir alguna
intervención del exterior, en especial las miradas de curiosos,
sobre todo en los momentos previos a la conflagración.
El fuego de la purificación
No sabemos si los
dirigentes del MPRDDM prometieron
o no a sus seguidores una autoinmolación sin dolor, pero hay
antecedentes interesantes del pensamiento mágico que prevalece en
ciertos grupos mesiánicos de
Uganda. Por ejemplo el llamado “Holy Spirit Movement”, una
guerrilla religiosa sectaria que peleó contra el gobierno federal de
Uganda durante años, prometía a sus seguidores que no sufrirían daño
alguno de las balas de los fusiles enemigos si se untaban un aceite
mágico. Cientos murieron por esa creencia en ataques
suicidas. Por la misma razón, no es
ilógica la explicación de que los pocos cuerpos apiñados
alrededor de las salidas del templo del MPRDDM intentaron huir como
simple reacción del sistema adrenérgico, al sentir el dolor del fuego y
no porque fueran sorprendidos por el incendio. El dictamen
forense final indica como causa de la muerte de todos los participantes
en el culto del 17 de marzo, shock neurogénico por quemaduras.
La naturaleza ritual del suicidio de
Kanungu se confirma con sugestivas frases suicidas encontradas en los
salones de clase en el mismo complejo donde ocurrió la tragedia. El
fuerte énfasis de la escatología sectaria en el fuego y sus inherentes
significados simbólicos como
elemento de purificación en la teología católica del purgatorio,
añaden sustento a esta posición.
El caso de Uganda fue por lo tanto un
evento típico de suicidio colectivo como ceremonia religiosa de paso a
otra dimensión de la existencia. El elemento del homicidio en los
sucesos del 17 de marzo se restringe esencialmente al caso de los
menores de edad que perecieron en el templo. No se trató de unos cuantos
líderes que engañaron a medio millar de incautos, sino de un TPS
(trastorno psicótico compartido), transmitido por los dirigentes a la
feligresía a través de mecanismos específicos.
Los disidentes: fuera del Arca de
la Salvación
El epílogo del
caso de Uganda está lejos de escribirse
y las investigaciones aún continúan.
Como es del dominio público, la segunda parte de la tragedia se
desarrolló en los meses previos al suicidio ritual, pero
se descubrió hasta después. A la
fecha, se han encontrado alrededor de 500 personas más asesinadas
por la secta del MPRDDM, todas en fosas comunes dentro de propiedades
del grupo y en algunas de las casas de los líderes. Este hallazgo
duplicó la cifra de personas muertas, y añadió cientos de niños y
mujeres a los conteos oficiales.
Cálculos conservadores ubican el total alrededor de mil. Es
evidente que, por su naturaleza y magnitud numérica, los sucesos de
Uganda rebasan en muchos sentidos a la tragedia de Jim Jones, en Guyana.
¿un nuevo paradigma de terror
apocalíptico?
Varias características seguramente harán del caso del MPRDDM el nuevo
paradigma para estudiar sectas destructivas y sus dinámicas internas.
Mucho menos sofisticada que Verdad Suprema y menos dependiente de
tecnología e imperios financieros para lograr sus propósitos, MPRDDM
logró llevar a cabo un plan brutal y sistemático de eliminación masiva
de disidentes y familiares de las víctimas que se aventuraban a pedir
información sobre su paradero. En el proceso, cultivaron, a la vista de
todos, plantas para extraer poderosos venenos, cavaron fosas comunes y
las llenaron de cientos de cadáveres, sin tener un solo caso efectivo de
deserción ni motivar denuncias de las comunidades donde vivían. Las
implicaciones que esto tiene en términos de secrecía, uso del miedo como
arma para controlar, coptación de
autoridades gubernamentales, apología del delito e inhibición del
juicio crítico mediante técnicas de manipulación, son difíciles de
describir y seguramente serán objeto de muchos estudios en el futuro.
Hipótesis sobre la génesis del
conflicto
No todos los disidentes de MPRDDM murieron
por envenenamiento. Cierto número
fue asesinado a golpes, otro más fue estrangulado, mientras el
resto falleció por heridas de arma blanca. La mayoría eran mujeres y
niños. Sobre la génesis de esta segunda parte de la tragedia de Uganda,
hay varias hipótesis. Las que han
obtenido más consenso son dos:
1) Al no cumplirse la predicción del fin del mundo, el 31 de diciembre
del 2000, muchos integrantes solicitaron, desilusionados, la devolución
de sus bienes y propiedades que habían donado a los líderes. Algunos
habrían amenazado con iniciar acciones legales.
2) Después de la fallida predicción, se gestó una
disidencia al interior que intentó
descalificar al liderazgo con base en la falta de precisión
profética. Estas hipótesis no son mutuamente excluyentes. Cualquiera que
haya sido la razón, la respuesta del liderazgo del MPRDDM y sus
cómplices fue rápida, eficaz y bien planeada. Es probable que muchos de
los adultos que después participaron en el suicidio religioso del 17 de
marzo, hayan sido cómplices de la eliminación de los disidentes y demás
víctimas. Matar a 500 personas a lo largo de varios meses y sepultarlas
en fosas comunes en forma discreta, no pudo haber sido llevado a cabo
por unos cuantos líderes, menos aún pasar inadvertido para el grueso de
la comunidad religiosa.
Un escenario familiar
Una mirada retrospectiva al culto de Kibwetere y Mwerinde evidencia
elementos siempre presentes en las sectas destructivas más notorias de
los últimos treinta años. Son prominentes el liderazgo mesiánico y las
demandas de obediencia incondicional. Como argumento más adelante en mi
tesis, estos factores son indispensables para que pueda existir
potencialidad suicida. Están allí también la ritualización del suicidio
como ceremonia escapista, la secrecía y los nexos políticos que detienen
las investigaciones, así como el factor económico como punto importante
en la dinámica sectaria, la aplicación sistemática de técnicas para
inhibir el juicio crítico de los seguidores, y diversas actividades
ilícitas paralelas en donde destaca,
aunque no en todos los casos, la eliminación de disidentes.
A continuación se presenta una breve descripción de casos relevantes que
abarcan el periodo histórico de
Jonestown a Uganda, y el subsecuente análisis interdisciplinario
de las causas de los suicidios colectivos rituales.
Casos prominentes: mesías
modernos
El pasado 18 de noviembre se cumplió el vigésimo cuarto aniversario del
suicidio colectivo de casi mil personas en Jonestown, Guyana. Esa
fatídica tarde, cientos de personas incluidos niños, obedecieron la
orden del reverendo Jim Jones de beber cianuro de potasio disuelto en
refresco. Aquellos que se negaron fueron asesinados por la guardia
paramilitar de Jones. El resultado fue de 914 muertos de la secta Templo
del Pueblo, incluyendo al propio líder.
Jim Jones inauguró la era moderna de
los suicidios rituales colectivos, mismos que se suscitaron con
mayor incidencia conforme se acercaba el fin de milenio.
Quince años más tarde de los hechos de Guyana, el 19 de abril de 1993,
David Koresh, dirigente de los davidianos, se autoinmoló junto
con más de 80 seguidores.
Semanas antes, Koresh y 528 de los suyos habían protagonizado un
enfrentamiento a tiros con la policía, el cual dejó seis agentes
federales y cuatro miembros de la secta muertos además de 20 heridos. El
lugar de los hechos fue el Rancho Monte Carmelo, en Waco, Texas.
Octubre de 1994. La sociedad esotérica secreta, conocida como Orden del
Templo Solar, sorprende a los analistas sociorreligiosos. Luc
Jouret, de profesión homeópata, efectúa junto con sus seguidores,
suicidios diferidos en Suiza y
Canadá. Cuarenta y ocho
personas murieron en el primer país y desde entonces hasta la
fecha se han añadido más de
dieciocho a la lista.
Las investigaciones más recientes indican que no todos los
casos fueron realmente suicidios.
Varios fueron homicidios y además se han documentado casos de
ejecuciones de disidentes ocurridas previamente.
La Orden del Templo Solar
Un año antes de que iniciaran los sucesos de La Orden del Templo Solar,
precisamente en el mes de noviembre,
las autoridades locales de Ucrania impidieron el suicidio,
públicamente anunciado, de los seguidores de Marina Tsvigun, quien
afirmaba ser la encarnación de Jesucristo. Para prevenir la tragedia,
las autoridades arrestaron en Kiev a 779 de sus seguidores, incluida la
lideresa, quien fue puesta en prisión.
El culto a Marina Tsvigun, quien se hace llamar también
María Devi Christ,
tenia alrededor de 150 mil seguidores distribuidos en distintos
países de la desaparecida Unión
Soviética. El grupo es conocido como La Fraternidad
Blanca.
Los efectos de la influencia social de distintos líderes religiosos con
personalidad mesiánica no se restringen a inducir suicidios colectivos o
a ordenar la desaparición de disidentes. En muchas ocasiones, la misma
violencia que se genera al interior de dichas comunidades religiosas, es
canalizada para incitar actos de violencia irracional contra los de
afuera.
Un ejemplo de esto es lo que sucedió la mañana
del 20 de marzo de 1995, en Tokio,
Japón. Shoko Asahara, gurú de la comuna neo-budista Aum
Shinrikyo (Verdad Suprema), ordenó a sus seguidores colocar bombas
con gas Sarín neurotóxico para atacar a los usuarios de transporte del
metro. El atentado, cuidadosamente planeado para llevarse a cabo en las
horas de más afluencia, dejó como saldo doce muertos y más de seis mil
personas intoxicadas.
Seis semanas después, un error en el mecanismo de acción de otra
bomba colocada por miembros de La Verdad Suprema en los andenes
del tren subterráneo, evitó una tragedia de proporciones
inimaginables. El artefacto explosivo, ubicado para ser
succionado por el sistema de ventilación, contenía una mezcla volátil de
cianuro e hidrógeno que, según los especialistas, hubiera terminado con
la vida de 20 mil personas casi
instantáneamente. Fueron escasos minutos los que faltaron para
que el apocalipsis japonés que había predicho Shoko Asahara comenzara a
tener cumplimiento.
Como Kaplan y Marshall señalan en su investigación,
vale la pena hacer notar que el terrorismo con armas químicas en la era
moderna no lo inauguró un grupo
guerrillero con fines políticos, sino una secta destructiva.
El mes de mayo de 1981, el gurú Bhagwan Shree Rajneesh dejó su país
natal, la India, para establecer una enorme comuna en el estado de
Oregon, en Estados Unidos. Rajneesh, conocido también como el gurú del
sexo, había realizado previamente en su país experimentos con seres
humanos sin supervisión médica y muchas veces sin el consentimiento de
los mismos. Todos los participantes eran fervorosos adeptos de los
sanyassines.
Las novedosas pseudoterapias religiosas New Age que aplicó el
gurú dejaron una larga lista de personas con trastornos que iban desde
psicosis inducidas hasta conductas suicidas. Existen documentadas
prácticas durante los inicios del
grupo, de violaciones tumultuarias como parte de sus ritos. Los
problemas legales que tuvieron en la India y que dieron lugar a que el
grupo tuviera que salir huyendo, no impidieron que los
sanyassines
de Bhagwan Rajneesh recibieran reconocimiento oficial como
religión por parte de las autoridades de Estados Unidos. Los
sanyassines establecieron una comuna con varios miles de seguidores
cerca del poblado de Antelope, Oregon. A pesar de tener nexos
comprobados con el narcotráfico y la información de que se violaban los
derechos de los niños al negarles la educación, y de que muchos de los
mismos eran víctimas de abuso sexual al interior de la comuna, el
poderío económico de los sanyassines, aunado a una intrincada red
de complicidades políticas, impidió durante largo tiempo que sus
actividades fueran expuestas públicamente. A esto contribuyeron también
especialistas en manejo de imagen pública, renombrados bufetes jurídicos
y sobre todo, el estatus legal de religión que les otorgó el
gobierno.
Las autoridades federales de Estados Unidos
nunca imaginaron el costo que
tendría el haber otorgado dicho reconocimiento. Al igual que en
el caso de La Verdad Suprema, a los
sanyassines les resultó particularmente redituable la
estrategia de gritar “intolerancia religiosa” cada vez que los medios de
comunicación o grupos defensores de los derechos humanos denunciaban las
actividades ilícitas de la organización.
Finalmente, el procurador del estado de Oregon se vio forzado a
intervenir debido a que los sanyassines crearon un conflicto
político al tratar de adueñarse de
puestos claves de la administración pública del condado,
influyendo en las elecciones a través de la importación masiva de
desempleados, de fuera del estado a su comuna, a cambio de votos para
las elecciones. La maniobra fue denunciada por distintas organizaciones
ciudadanas y el FBI investigó las actividades de la secta. Eso lo llevó
a descubrir un complot de Rajneesh y sus seguidores para envenenar la
presa que abastecía de agua a la población de The Dalles, Oregon. El
plan se logró impedir, pero las investigaciones revelaron que
anteriormente el grupo había sembrado cultivos bacteriológicos de
salmonella en distintos restaurantes de su condado sede para
castigar a los pobladores de
Antelope por no comulgar con sus creencias y oponerse a su
proyecto político teocrático. El resultado fue de 700 intoxicados,
incluyendo niños.
Bhagwan Shree Rajneesh sólo se declaró culpable de dos de los once
cargos que se le imputaban. Después de todo, él no había depositado
directamente los cultivos de salmonella, y se esperaba una larga
y costosa batalla jurídica para lo cual contaba con un ejército de
abogados y millonarias cuentas bancarias. Finalmente se le sentenció a
diez años de cárcel y posteriormente fue deportado de Estados Unidos,
tras pagar una multa de 450 mil dólares. Los más de 90 Rolls Royce de
Rajneesh y el campo de entrenamiento paramilitar con decenas de rifles
AK-47 quedaron abandonados cuando, una vez más, sus seguidores tuvieron
que emigrar a otro país, esta vez bajo el liderazgo sustituto de Sheela,
la secretaria personal de Bhagwan.
Bhagwan Shree Rajneesh, el nombre del gurú, significa traducido al
español Señor Dios del Universo. Él afirmaba ser una
reencarnación divina.
Actualmente, distintos especialistas están monitoreando
el surgimiento de otro culto religioso apocalíptico relativamente
desconocido: Jombola. Gestado en la empobrecida República
Africana de Sierra Leona, en un contexto de intensa crisis
sociopolítica, Jombola es dirigido por el místico Pa Kujah, quien junto
con sus seguidores ha asesinado a 30 personas en sólo doce meses en el
nombre del pensamiento mágico.
La Puerta del Cielo: el caso de
Heaven’s Gate
Antes del comienzo del nuevo milenio, el caso más reciente (1997) de
suicidio colectivo por motivos religiosos que había atraído
poderosamente la atención de la opinión pública y de los medios de
comunicación, fue el que involucró a 39 seguidores de Heaven’s Gate, un
reducido grupo religioso clasificado
como un movimiento sincrético.
Marshall Applewhite, maestro de música con una particular atracción por
los ovnis y fundador de Puerta del
Cielo, afirmaba ser un
extraterrestre encarnado: específicamente E.T., el mítico
personaje de la película de Steven Spielberg. Para otros de sus
seguidores era Jesucristo mismo.
Applewhite y el resto de sus discípulos dejaron de existir entre el 24 y
el 27 de marzo de 1997, después de ingerir una mezcla de Fenobarbital
con Vodka. Cuando esto no bastó para terminar con sus vidas, se
recurrió al suicidio asistido por medio de la asfixia, colocando bolsas
de plástico sobre el rostro de algunos de los participantes.
Al final se les encontró en sus respectivas camas. Los cadáveres de
hombres y mujeres de apariencia
andrógina, todos vestidos de negro, con cortes similares de pelo
y cubiertos con un paño en forma de diamante de color púrpura.
El rito final de los integrantes del grupo Puerta del Cielo tenía como
objetivo, según su marco doctrinal, libertarlos de sus cuerpos, para
poder unirse a una nave espacial que, de acuerdo con su líder, venía
detrás de la caída del cometa Hale-Bopp, visible en esos días desde la
Tierra.
Los anteriores son algunos de los eventos de suicidio colectivo ritual
que por sus características han llamado más la atención de
investigadores sociales, medios de comunicación y opinión pública en las
últimas dos décadas. No han sido los únicos. México y Corea del Sur, por
ejemplo, han sido escenarios de este tipo de eventos aunque a menor
escala.
Por su parte, los casos de La Verdad Suprema y los sanyassines de
Bhagwan Rajneesh, son ejemplos de
organizaciones religiosas que realizan actos de violencia a gran
escala contra la sociedad en general o contra aquellos sectores de la
misma que perciben como obstáculos
para la propagación de determinadas creencias, o simplemente para
cumplir predicciones apocalípticas. Otro caso relativamente reciente que
está en la mesa de discusión es el de Timothy McVeigh, autor del bombazo
al edificio de oficinas federales en Oklahoma, el 19 de abril de 1995.
El atentado se llevó a cabo como
represalia, precisamente durante el segundo aniversario de la
confrontación de la policía estadounidense con
los davidianos de Waco, y
dejó un saldo de 168 víctimas, incluyendo niños,
McVeigh era simpatizante de milicias fundamentalistas de extrema
derecha.
Una variante atípica del fenómeno
del suicidio
El análisis de los casos anteriores desde una perspectiva
interdisciplinaria, arroja como resultado datos que aportan claves
importantes para tener una mejor
comprensión del fenómeno del suicidio colectivo
por motivos religiosos;
particularmente, de su vinculación con los liderazgos mesiánicos.
Lo primero que salta a la vista al examinar dichos sucesos, es que
estamos ante una variante bastante compleja del fenómeno social del
suicidio.
Según la ciencia médica, la causa de suicidio que tiene primer lugar en
incidencia en todo el mundo es la depresión clínica,
la cual es a su vez de etiología multifactorial.
Hechos como los de Jim Jones en Guyana o los suicidios de Puerta del
Cielo difícilmente podrían encuadrar en dicha categoría. Es
difícil imaginarse, en cuanto a causas se refiere, que 900 seres
humanos, cada uno de ellos complejo en sí mismo, coincidieran en
presentar al mismo tiempo los síntomas clínicos de una depresión del
mismo grado y encausarlos, todos en el mismo día, en un acto suicida que
además coincidiera en la forma de llevarlo a cabo. Esto sería un
absurdo.
Masada: ¿un antecedente
histórico?
Los suicidios colectivos religiosos tampoco corresponden
con un patrón de comportamiento histórico fácil de identificar.
Un hecho como el de Masada podría aparentar tener como motivación
principal la religiosa, pero no podemos soslayar que se dio en un
contexto de guerra y prolongado asedio.
Quitarse la vida antes de caer en manos de un adversario particularmente
cruel como lo fue en su época el ejército romano, era una práctica común
que tenía como objetivo evitar las torturas y vejaciones que acompañaba
el ser capturado, hecho que finalmente culminaría, muy probablemente, en
ejecuciones particularmente cruentas o en la venta de los prisioneros
como esclavos. Suicidios como los de Masada ocurrieron también por
razones similares, en los tiempos de las Cruzadas en hogares
musulmanes. Los mismos no sólo pudieron haber sido motivados
exclusivamente por el miedo al sufrimiento. Algunas culturas de Medio
Oriente tienen un muy particular sentido de dignidad personal y honor.
En algunos casos, la muerte es preferible a la deshonra.
Cualesquiera que hayan sido las motivaciones, una cosa es cierta, no se
puede asegurar con base en los datos históricos que la motivación
religiosa predominara ni mucho menos que se tratara de un rito. No
existen bases para clasificar el caso de Masada como un suicidio
religioso.
Distinciones importantes
Suicidios individuales que involucran motivaciones
religiosas, se han presentado en distintos sistemas de creencias en
diferentes épocas. Ejemplos de esto son los monjes tibetanos y budistas
que se prenden fuego en actos políticos de protesta. También están los
kamikazes japoneses de la Segunda Guerra Mundial y los
terroristas palestinos contemporáneos de Hamas y grupos afines. Hechos
como éstos, sin embargo, no suelen ser grupales, menos aún masivos, y se
entremezclan las motivaciones políticas en contextos muy concretos
(guerras u ocupación por ejemplo). Esto los separa de aquellos que se
analizan en este estudio, aunque es notoria una tendencia reciente a
borrar dichas fronteras. Esto ultimo introduce una variable mas a un
tema de por si complejo.
Por otro lado, al definir el fenómeno del suicidio, se deben hacer las
debidas distinciones con aquellos actos
en los que personas arriesgan su
vida en el cumplimiento de lo que consideran un deber religioso.
Por ejemplo, misioneros de diversas organizaciones que se exponen, con
conocimiento de causa, a probables enfermedades o peligros en lugares
inhóspitos para propagar sus creencias o brindar ayuda humanitaria. En
estos casos la muerte no es buscada como un fin; tampoco es deseada,
sino que los involucrados actúan siguiendo sus convicciones a pesar
de los riesgos. De manera similar, los soldados cumplen con deberes
patrióticos a pesar de los peligros, sin que por ello se considere
suicida su conducta. Lo mismo ocurre con los activistas de derechos
humanos, luchadores políticos y sociales que, aun a sabiendas de que su
vida puede correr peligro, no abandonan las causas por las que luchan.
Aquí caben también los competidores en deportes de alto riesgo.
Un análisis psicológico cuidadoso de éstos y otros
ejemplos puede demostrar fácilmente
que dichas personas suelen además esperar escapar de la
muerte, y si se llegan a habituar a esa idea, sería más como
mecanismo de defensa, por librarse del miedo a la misma, que
porque estén realmente resignados a ella. En los casos de individuos con
creencias religiosas, entra además sin lugar a dudas, el elemento de la
fe. Allí es común que se esperen no sólo circunstancias
favorables dentro del margen de la probabilidad, sino aun circunstancias
providenciales, o sea intervenciones
de cualesquiera de las deidades en
que se crea. Este mecanismo suele motivar a individuos de una u
otra religión a enfrentar peligros reales de muerte, teniendo fuertes
expectativas de ser librados para seguir adelante con su labor.
En aquellos eventos en los cuales la muerte se percibe como un suceso
altamente probable o aun inminente, y no se abandona la conducta que
pudiese conducir a la misma, los actores pueden estar imbuidos por la
idea de que en caso de que ésta sobreviniera, la pérdida de sus vidas
traería un beneficio importante a posteriori (libertad a la
patria, una sociedad más justa, etcétera). A pesar de los riesgos en que
se puede incurrir con un esquema ideológico de esta naturaleza, dicha
conducta no se clasifica tampoco como suicida. Correr riesgos es
distinto a terminar con la existencia propia. El correr riesgos da
siempre cabida a la posibilidad de la esperanza de que para
lograr un objetivo determinado, no se tenga necesariamente que llegar al
momento actual de la muerte. El suicidio, por el contrario, implica una
acción dirigida a terminar con la vida propia.
Finalmente, se deben hacer las debidas distinciones,
con aquellos actos de heroísmo en que seres humanos arriesgan la vida
para salvar la de otros. El instinto de protección, la falta de tiempo
para reflexionar sobre un riesgo en situaciones de peligro, y toda la
gama de reacciones que provocan las descargas de cortisol y adrenalina
en el sistema nervioso central, eximen este tipo de acciones del
calificativo de suicidas, sobre todo cuando consideramos que la
intencionalidad del acto es la de ayudar a quien se encuentra en
peligro, no la de quitarse la vida.
Definiendo el concepto de
Suicidio Colectivo Ritual
Con base en las consideraciones anteriores se puede afirmar que casos
como los de Waco, Guyana, y la Orden del Templo Solar no
encuadran en las formas ni se explican por las causas clásicas que
acompañan a las conductas suicidas comunes. Estamos pues, ante un
comportamiento de etiología distinta, característico de la era
postmoderna.
El término de suicidio colectivo ritual es adecuado para
referirse a los suicidios masivos que tienen una
motivación preeminentemente
religiosa: aquellos casos en los cuales el suicidio se practica y
acepta por los participantes de una organización religiosa como un rito
esencial incorporado en su sistema de creencias. Así, los 39
integrantes de la secta Puerta del Cielo se quitan la vida como parte
de un ritual que, según su ideología, les permitiría alcanzar una
nave espacial que para ellos significaba el ser librados, entre otras
cosas, de su propio cuerpo y de las tentaciones de este mundo.
Los miembros de la Orden del Templo Solar se autoinmolaron como
parte de un rito de alto contenido simbólico que incluía el fuego porque
habían abrazado la idea de que sólo así podrían llegar al planeta
Sirius.
Jim Jones, por su parte, no desarrolló inicialmente un sistema de
creencias que incluyera un rito tal. Sin embargo, la obediencia ciega e
incuestionable a sus órdenes sí era parte esencial de su ideología. Como
elemento de su sistema de valores, la obediencia absoluta a cualquier
indicación suya era prácticamente una condición salvífica.
Lo mismo sucedía con los
davidianos.
Ambos terminaron generando eventualmente una ideología religiosa
suicida.
Muy similar en cuanto a incorporar la obediencia
incondicional como parte central de
su doctrina religiosa fue Shoko Asahara, fundador de La Verdad
Suprema en Japón.
Como se ha dicho antes, este último caso se ha incluido en este estudio
a pesar de no haber inducido a un suicidio colectivo, para mostrar que
los mecanismos que generan violencia autodestructiva en una comunidad
religiosa, son los mismos que pueden generar violencia a gran escala
contra la sociedad. El estudio del profesor Robert J. Lifton sobre
Aum Shinrikyo expone detalladamente los peligros que este y otros
grupos de estructura e ideología similar representan en términos de
actos terroristas a gran escala.
Particularmente perturbadores son los escenarios que anticipa Lifton al
observar las radicalizaciones, fanatismo y secrecia de gurus
totalitarios con pequeños pero eficientes ejércitos de incondicionales a
su servicio. El uso de armas bacteriológicas, radiológicas, y químicas
para llevar a cabo cruzadas apocalípticas por parte de agrupaciones
extremas, muestra Lifton, ha dejado de ser un escenario de ficción. La
Verdad Suprema, después de todo, inaugura la era del terrorismo
religioso con armas químicas, luego de fallidos intentos con agentes
bacteriológicos.
Análisis
El suicidio colectivo ritual es un evento atípico desde el punto
de vista histórico y sociológico. Hizo su aparición y aumento en
incidencia según se acercaba el fin del siglo XX.
Este fenómeno y los casos ya mencionados de terrorismo sectario
no son sucesos propios de una determinada cultura o grupo étnico.
Personas de muy diversas razas y trasfondos culturales han participado
en ellos.
Dichos casos tampoco son privativos de un determinado país, pues han
ocurrido en naciones tan distintas como Francia, Suiza, Canadá, Guyana,
México, Estados Unidos, Sierra Leona y Japón.
Mitos y falacias
Este mosaico de culturas echa por tierra una hipótesis que ha sido
divulgada en forma irresponsable por líderes políticos y algunos
investigadores en nuestro país. Dicha tesis, publicitada en medios de
comunicación y espacios académicos a raíz del suicidio de los
integrantes de Heaven´s Gate, sostiene lo siguiente: Que los
suicidios colectivos rituales ocurren solamente en sociedades
altamente modernizadas.
Estas declaraciones son palpablemente contrarias a los datos que revela
una revisión, aunque sea superficial, de la casuística sobre este tema.
Guyana, Sierra Leona y México difícilmente podrían ser clasificados así.
El caso de Heaven´s Gate, en California, y previamente
el de la Orden del Templo Solar, también echaron por tierra otro mito
popular.
El mismo afirma que las sectas destructivas tienen éxito en su
proselitismo principalmente por el enfoque de sus actividades, al
reclutar personas provenientes de sectores socioeconómicos marginados.
También aduce que estos estratos son los más proclives al fanatismo.
Dicha presuposición es falsa, pues los datos indican claramente que los
integrantes de un culto suicida pueden provenir de cualquier
estrato socioeconómico y nivel intelectual.
Los seguidores de Marshall Applewhite eran adultos,
exitosos financieramente, en una sociedad altamente competitiva como la
americana,
esto presupone una buena dosis de capacitación técnica, disciplina y
conocimientos prácticos. Nada de eso impidió que
atentaran contra su vida. Aum
Shinrikyo reclutó graduados de las mejores escuelas de Japón,
incluyendo a brillantes científicos. Algunos de ellos podrían ser
catalogados como verdaderos genios.
Ni su preparación, ni su inteligencia evitaron que participaran
en acciones criminales ordenadas por el líder de su agrupación. Sus
desarrollados intelectos fueron tan sólo herramientas para intentar
llevar a cabo el sueño del gurú de desencadenar un apocalipsis y poder
cumplir así sus propias predicciones. Recuérdese también que Christian
Bonet, un afamado psicoterapeuta suizo, se suicidó en 1995 con otros
integrantes de la Orden del Templo Solar, en Francia.
Los trabajos de Lifton, Hochman y Langone, han demostrado
científicamente que es posible utilizar técnicas coercitivas de
manipulación psicológica e influencia social que pueden inhibir el
juicio crítico y los procesos
normales de razonamiento en una colectividad religiosa y un
régimen totalitario.
Singer y Clark, por su parte, han demostrado clínicamente las técnicas
que inducen estados disociativos en miembros de sectas.
Esto termina de derrumbar la falacia anteriormente mencionada y al mismo
tiempo aporta una base científica para explicar por qué personas cultas
e inteligentes pueden llegar a participar en suicidios rituales o en
actos de terrorismo religioso inducido.
Rango de edades
La autoinmolación por razones religiosas no respeta edades. Marshall
Applewhite tenía 65 años y sus seguidores fluctuaban entre los 20 y los
72.
Entre los davidianos predominaban los adultos jóvenes y aunque en
Waco también murieron niños, poco se sabe acerca de qué tan
voluntariamente lo hicieron.
En el caso particular de Jonestown, en Guyana, existen declaraciones
grabadas previas al suicidio colectivo, en donde menores de edad
manifestaban su decisión de morir si Jim Jones así lo creía conveniente.
La hipersugestibilidad en menores de edad es un hecho clínicamente
demostrado.
Trasfondo religioso
El trasfondo religioso de los participantes en suicidios colectivos
rituales o actos de terrorismo religioso contra la sociedad, ha sido tan
variado como las distintas ideologías que se fundieron para dar lugar a
cada uno de dichos movimientos. Razones de espacio nos impiden ocuparnos
de esto en detalle, sin embargo, para los propósitos de este estudio es
conveniente tener al menos un panorama general del perfil de las
agrupaciones más relevantes que se han mencionado.
A continuación una síntesis al respecto.
|
|
Clasificación |
Fundamentalista Para-Cristiano |
Pseudo-Cristiano Sincrético. |
Esotérico-Sincrético |
|
|
Creencias
Distintivas |
Sincretismo entre doctrinas clásicas del Adventismo del Séptimo Día
y los oráculos personales del líder. Eclecticismo selectivo entre
doctrinas antinominianas y ascéticas. Se sacralizó la poligamia en
el liderazgo. |
Sincretismo entre Carismatismo–Pentecostal y doctrinas marxistas.
Después evolucionó hacia el politeísmo. |
Esoterismo, ocultismo y misticismo combinados con ciencia ficción. |
|
|
Líder Principal |
David Koresh (Nombre real: Vernon Howell) |
Rev. Jim Jones |
Luc Jouret / Dimambro |
|
|
Nombre del Grupo
Religioso |
Rama Davidiana de los Adventistas del 7° día. |
Templo del Pueblo |
Orden del Templo Solar |
|
|
Clasificación |
Sincretismo Hinduista-Nueva Era |
Budista-Hinduista |
Platillista-Gnóstica |
|
|
Creencias
Distintivas |
Hinduismo,
Reencarnacionismo
Misticismo oriental
Combinados con conceptos New Age. |
Budismo. Creencias hinduistas panteístas con culto de adoración a
Brahma-Shiva (deidad femenina hindú que representa la destrucción). |
Ciencia Ficción
Dualismo Gnóstico
Ascetismo
|
|
|
Líder Principal |
Bhagwan Shree Rajneesh |
Shoko Asahara |
Marshall Applewhite |
|
|
Nombre del Grupo
Religioso |
Sanyassines |
Aum Shinrikyo |
Puerta del Cielo |
Síntesis
Al sintetizar la información hasta aquí revisada, tenemos que el
suicidio colectivo ritual, como se ha definido en este trabajo, es
un suceso que aparece y crece en las últimas décadas del siglo XX. Como
patología social no tiene antecedentes históricos, y las similitudes que
pudiéramos encontrar con otros eventos son sólo
superficiales y de etiología
distinta. Los suicidios colectivos
rituales
se han suscitado independientemente del estrato socioeconómico y
cultural de los participantes, han ocurrido en distintos países e
involucrado a hombres, mujeres y niños de diferentes razas, trasfondos
religiosos, escolaridad y edades, de todos los niveles intelectuales.
Los líderes religiosos, aunados a los sistemas de creencias en que se
generaron las dinámicas que llevaron a estos hechos, encuadran en
diferentes clasificaciones. Se ha tratado en general de grupos
eclécticos: en unos predominaban las doctrinas New Age; en otros, las
budistas, las esotéricas e incluso las paracristianas. En ocasiones
fueron sistemas sincréticos altamente diversificados que no encuadran en
las clasificaciones más comunes que nos ofrecen las distintas
disciplinas que estudian el campo religioso. Esto no descarta la
posibilidad de que el fenómeno estudiado pudiera presentarse en grupos
religiosos menos heterodoxos, o en los llamados institucionalizados
(algunos de hecho lo eran). El profesor Carlos Garma, de la Universidad
Autónoma Metropolitana, ha
argumentado públicamente al menos en una ocasión que los
suicidios colectivos no pueden ocurrir sino en movimientos religiosos
que aún no están
institucionalizados. Dicha hipótesis es contraria a la
casuística. El Templo del Pueblo, de Jim Jones, era
para cualquier estándar un
movimiento institucionalizado, lo mismo que La Verdad Suprema en
Japón.
La ideología del suicidio
ritual: un acercamiento a las causas
La razón por la que no se puede limitar este fenómeno exclusivamente a
grupos religiosos como los antes mencionados es ésta: la causa
subyacente de los suicidios rituales no se encuentra en sí en los
sistemas de creencias que se sincretizan para formar sectas como el
Templo del Pueblo o La Verdad Suprema. Las
corrientes ortodoxas de hinduismo,
budismo, esoterismo y cristianismo no incluyen como parte de su
credo y liturgia un rito de tal naturaleza y de hecho algunos de
sus principios se oponen al
suicidio. La causa se encuentra más bien en tres factores
específicos relacionados entre sí que han estado presentes sin excepción
en todos los suicidios colectivos estudiados. Los mismos se han hallado
igualmente en los casos de terrorismo urbano que llevaron a cabo Verdad
Suprema y los sanyassines. Dichos factores trascienden
los distintos sistemas de creencia en que operan, de tal manera que se
pueden considerar la causa común. Son lo que podríamos llamar la
ideología del suicidio colectivo ritual. Esta tríada puede
estar barnizada exteriormente de budismo, gnosticismo, New Age o
cristianismo, pero en sí, no es ninguna de estas creencias ni ninguna
combinación de las mismas, sino el producto de una manipulación
selec |