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Los salesianos: pederastia solapada
rodrigo vera

Casos documentados de abuso sexual contra menores de edad implican a los salesianos, la congregación religiosa fundada a mediados del siglo XIX por San Juan Bosco. En su libro La explotación de la fe, que acaba de ser puesto en circulación por Ediciones B, el investigador Jorge Erdely afirma que el sacerdote Juan Manzo Cárdenas abusó de 50 menores en una escuela-orfanato que los salesianos tienen en León, Guanajuato, con la protección, nada menos, que del rector mayor de la orden.

Desde hace años el rector mundial de la orden de los salesianos, el mexicano Pascual Chávez Villanueva, ha “encubierto” a su sacerdote Juan Manzo Cárdenas, acusado de pederastia desde que, a mediados de los años noventa, abusó de 50 menores de edad en la Ciudad del Niño Don Bosco, una escuela-orfanato que los salesianos tienen en la ciudad de León, Guanajuato.

En ese tiempo, el hoy influyente rector era el “provincial” de la orden en la zona centro de México, por lo que –incluso “por escrito” y de manera formal– se le pidió que detuviera la “infame cadena de abusos” que el padre Manzo estaba cometiendo en ese orfanato del Bajío.

Sin embargo, lejos de sancionarlo, Pascual Chávez “proveyó a su sacerdote de más espacios y condiciones idóneas para dar rienda suelta a su pederastia”.

Esta historia es contada por el investigador Jorge Erdely en su libro La explotación de la fe, que acaba de ser puesto en circulación bajo el sello de Ediciones B.

Erdely es director académico del Instituto Cristiano de México (ICM) y autor de otros libros, entre éstos Pastores que abusan, Terrorismo religioso, Votos de castidad y El debate sobre la sexualidad del clero católico. Su investigación se apoya sobre todo en actas ministeriales y material hemerográfico, así como en testimonios de familiares de las víctimas y de otros actores involucrados en el caso, los cuales fueron recopilados por el Departamento de Investigaciones sobre Abusos Religiosos (DIAR).

Junto con el entonces obispo de León, Rafael García González, Pascual Chávez logró que las autoridades judiciales de Guanajuato y la misma Secretaría de Gobernación dejaran impune a Manzo, pese a que en agosto de 1994 este sacerdote ya se había declarado culpable ante el Ministerio Público de los actos de abuso sexual contra menores que se le imputan.

Al padre Manzo simplemente se le envió a África por un tiempo. Luego regresó a México a seguir ejerciendo su ministerio sacerdotal en la ciudad de Tijuana, y después en la Mixteca oaxaqueña, a cuyos fieles jamás se les alertó sobre sus antecedentes.

Su protector, Pascual Chávez –oriundo de San Luis Potosí–, escaló posiciones dentro de la Iglesia hasta que, en 2002, fue nombrado en Roma máximo dirigente de los salesianos, la poderosa congregación religiosa fundada por San Juan Bosco y que hoy controla escuelas, internados, parroquias y centros de formación en 128 países.

Denuncias desoídas

De acuerdo con la historia que narra Jorge Erdely en La explotación de la fe, fue el propio psicólogo del orfanato, Alejandro García Castro, quien primero acudió al DIAR a denunciar los abusos sexuales del sacerdote Juan Manzo Cárdenas, después de que los reclamos del especialista fueron ignorados por sus superiores salesianos, principalmente por el entonces provincial Pascual Chávez.

En 1994, el psicólogo descubrió que Manzo estaba abusando sexualmente de algunos internos de Ciudad del Niño Don Bosco, institución que, además de primaria y secundaria con internado, contaba con un albergue para huérfanos. En ese tiempo, proveía de comida y educación a 120 niños de escasos recursos.

Según el libro de Erdely, Manzo tenía todas las facilidades para cometer sus abusos, pues era el encargado de los dormitorios de la institución… Cama por cama, la “supervisión nocturna” corría por su cuenta...

El psicólogo intentó “proteger la integridad física y emocional de los niños”. Pensaba que “las autoridades de la escuela solucionarían el problema de inmediato”, por lo que primero le informó al director de la institución, el padre Juan Manuel Gutiérrez.

También encaró personalmente al padre Manzo. Le recomendó que se “atendiera psicológicamente”. Y éste –sostiene Erdely– reconoció sus abusos ante el médico.

Sin embargo, pasó el tiempo y el cura seguía a cargo de los dormitorios. En su testimonio, relata el psicólogo: “Volví a decirle al padre Manzo que se retirara para que no hiciera más daño, que necesitaba tratamiento”. El sacerdote se limitó a hacer “ayunos” y a encerrarse “en su cuarto a rezar” para expiar sus culpas. La penitencia le provocó crisis nerviosas y lo hizo perder 10 kilos de peso, pero no logró aplacar sus desviaciones sexuales, pues sus víctimas aumentaban.

Alarmado ante la cerrazón del director del orfanato, el psicólogo decidió por fin pedirle ayuda al provincial Pascual Chávez. Él era “el principal responsable de los salesianos en todos los estados a la redonda. Si alguien podía detener la infame cadena de abusos, era él”.

El provincial “despachaba discretamente desde la ciudad de Guadalajara, en donde también daba clases de Biblia y Vocación en el seminario católico local”. El psicólogo le entregó formalmente una “denuncia por escrito”. Se llegó a reunir con él en sus oficinas. Pero –prosigue el libro— “en vano fueron los viajes del psicólogo a Guadalajara a interceder por los niños ante el provincial salesiano. El cura pederasta seguía a cargo de los dormitorios”.

Agotadas las instancias eclesiásticas, el terapeuta recurrió a las civiles. Telefoneó a las oficinas del DIAR, en la Ciudad de México, para informar de estos hechos:

“Quiero denunciar un caso muy delicado… el encargado de los dormitorios ha estado abusando sexualmente de varios internos… ya avisé a sus superiores, pero sigue en su puesto… Incluso denuncié lo que pasa ante el provincial de los salesianos en Guadalajara y no hacen nada”.

Fue así como intervino el equipo jurídico del DIAR, el único centro de derechos humanos que entonces investigaba los atropellos de los ministros de culto.

Testimonios de víctimas

Doña Delfina, madre de una de las víctimas, Carlos –un menor que estudiaba la secundaria–, se atrevió a denunciar penalmente los abusos, pues ya había notado en su hijo “los efectos de los repetidos abusos del sacerdote: depresiones, cambios de conducta inexplicables, sentimientos de ira, vergüenza, culpa y mucha confusión”.

En la Agencia 15 del Ministerio Público de la ciudad de León se abrió la averiguación previa 203/94.

El menor reveló al DIAR que Manzo siempre intentaba desnudarlo en las noches para tocarle sus genitales, pero el niño se resistía. Debido a sus negativas, el cura empezó a maltratarlo.

“Desde entonces me comenzó a insultar y a lanzar maldiciones enfrente de todos. Un día hasta me quiso patear”, reveló Carlos, quien terminaría por ser expulsado de la secundaria.

El diario El Sol de León difundió la noticia respecto de los abusos del padre Manzo. Le siguieron algunos medios nacionales, como El Universal y el programa radiofónico Monitor de José Gutiérrez Vivó. Este semanario entrevistó después al director jurídico del DIAR, Raymundo Meza, quien comentó pormenores del caso (Proceso 1329).

Preocupado porque el asunto era ya del dominio público, el director de Ciudad del Niño, el padre Gutiérrez, convocó a una conferencia de prensa en la que fustigó a “ciertos medios por amarillistas y exagerados”. Dijo que metía “las manos al fuego por el padre Juan Manzo”, a quien dejaría “como encargado de los dormitorios”.

En La explotación de la fe, Jorge Erdely continúa:

“El caso era inaudito, pues el mismo padre Gutiérrez, como director del colegio, había sido llamado a declarar por el Ministerio Público, ante el cual reconoció que estaba enterado de los ataques sexuales contra los menores y que aun así dejó a Juan Manzo como encargado. Tenía indicaciones de Pascual Chávez, en Guadalajara. Fiel hasta la abyección, cumplió las órdenes. En el expediente penal se registra su testimonio. Califica los abusos sexuales contra los menores simplemente como una ‘debilidad humana’”.

Para entonces, “de acuerdo con reportes de organismos no gubernamentales, en pocas semanas la cifra de menores abusados sexualmente subió a 50”, dice Erdely en su libro.

El 22 de agosto del 1994, el padre Manzo fue citado a declarar ante el Ministerio Público. Negó haber abusado de Carlos, aunque confesó que sí había abusado sexualmente de otro menor, Alberto: “Al quedar desnudo no sé qué me pasó, pero empecé a tocarle sus partes íntimas”, dice su declaración en el expediente.

De esta manera, “todos los elementos constitutivos del delito estaban allí. Pero el Ministerio Público se negaba a pedir la orden para que arrestaran al cura y éste compareciese ante el juez”, señala Erdely.

Y agrega que –de acuerdo con testimonios de gente cercana al gobierno estatal– el entonces obispo de León, monseñor Rafael García González, estaba usando “sus influencias” para que el caso se cerrara:

“El obispo, influyente y temido personaje en la política del estado, presionaba al Ministerio Público y a otros funcionarios del gobierno para que el caso no avanzara, por lo que éste se encontraba ‘congelado?”.

A su vez, la madre del menor sufría todo tipo de “presiones y chantajes” para que retirara la demanda: desde que no le entregarían la documentación escolar de su hijo, hasta la amenaza de excomunión.

Por su parte, el DIAR se vio obligado a denunciar el caso ante la Dirección de Asuntos Religiosos de la Secretaría de Gobernación, puesto que la legislación en la materia, la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, establece que una orden religiosa puede ser objeto de una sanción federal en casos de encubrimiento organizado.

Inútiles fueron los esfuerzos de esta organización de derechos humanos.

A tales alturas del escándalo, el director del orfanato, el padre Gutiérrez, anunció en conferencia de prensa que dejaría de apoyar al cura.

“¿No que metías las manos al fuego por Juan Manzo? Ya se te quemaron”, le comentaron los periodistas.

“Con un poco de pomada se quita”, respondió juguetón el director, quien ni siquiera pidió disculpas a los menores agraviados.

El provincial Pascual Chávez no relevó de sus funciones al sacerdote; tan solo lo trasladó a “una iglesia en África” mientras se olvidaba el caso. Luego Manzo regresó a México. “Jamás pisó la cárcel y en abril de 2002 seguía como sacerdote, ahora en la ciudad fronteriza de Tijuana. ¿Su labor? ‘Atender’ a niños pobres, como parte de un proyecto de apostolado de ‘ayuda’ a la juventud de la orden de los salesianos”.

En 2004 el reportero Brendan M. Case, corresponsal en México del Dallas Morning News, localizó a Juan Manzo en el pueblo oaxaqueño de San Antonio de las Palmas, cercano a Tuxtepec. Fungía como sacerdote de varias comunidades aledañas, a las que no se les advirtió sobre sus “debilidades humanas”.

El entonces obispo de la Prelatura Territorial de Mixes en Oaxaca, Luis Felipe Gallardo –también salesiano– señaló que “no sabía nada acerca del pasado” de Manzo.

De acuerdo con el libro de Erdely, el protector del cura, Pascual Chávez –doctor en teología bíblica por la Universidad Pontificia de Salamanca, España– fue nombrado rector mayor de los salesianos el 3 de abril de 2002, con lo que se convirtió en el primer mexicano en ocupar un cargo de tal magnitud en Roma.

Un halo de santidad cobija actualmente a Chávez, pues sucedió a San Juan Bosco, el venerado santo italiano que a mediados del siglo XIX fundó la orden de los salesianos. Por ello hoy se le considera “Don Bosco vivo”.

Oriundo de Real de Catorce, San Luis Potosí, donde nació en 1947, controla miles de parroquias, escuelas, internados y centros de formación en 128 países de Europa, América, Asia, África y Oceanía.

Y no sólo eso; en 2006 escaló otro peldaño del poder eclesial, al ser nombrado presidente de la Unión de Superiores Generales, que aglutina a 200 órdenes religiosas.

Desde Roma –asegura el libro La explotación de la fe–, Chávez “sigue protegiendo al pederasta Juan Manzo y al menos a media docena de delincuentes religiosos similares de la misma orden religiosa”. l

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