Juan
Diego y las apariciones del Tepeyac
Un estudio
científico por el máximo
erudito en historia colonial mexicana
Juaquín García
Icazbalceta
Prefacio
Joaquín García Icazbalceta (1825-1894)
nació en la ciudad de México y es considerado el erudito por excelencia de la
historiografía colonial mexicana. Su "Colección de Documentos para la Historia
de México", obra que exhibe gran rigor metodológico, sigue siendo de consulta
obligada lo mismo para catedráticos que para estudiantes. Su dominio del método
de investigación histórico-crítico, aunado a sus cualidades intelectuales le
llevaron a escribir obras tan importantes como "Don Francisco Juan de Zumárraga,
primer Obispo y Arzobispo de México", publicada en 1881.
Analítico por naturaleza, Joaquín García
Icazbal-ceta se especializó precisamente en los dos pilares del estudio de
documentos antiguos, el análisis científico de la evidencia externa e interna
para determinar la credibilidad y relevancia de fuentes históricas primarias y
secundarias y la valoración bibliográfica. Ambas, el rigor académico de su obra
y la calidad de su producción literaria han quedado consignadas en la historia
de manera que enciclopedias e intelectuales contemporáneos no dudan en
calificarlo como el experto por excelencia en historia del siglo XVI.
Por tener tan peculiares credenciales y
siendo él mismo un católico devoto, no fue extraño que en 1883 el Arzobispo de
México, Don Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, le solicitara formalmente su
opinión como historiador sobre las apariciones del Tepeyac a Juan Diego. Don
Joaquín García Icazbal-ceta había para entonces publicado ya sus obras más
renombradas y era la autoridad más reconocida en el mundo sobre historia
eclesiástica mexicana.
La petición del Arzobispo surgió a
propósito de una solicitud que recibió para otorgar el imprimatur a un libro
recién escrito por el Lic. José Antonino Gon-zález. Se trataba de una apología
titulada "Santa María de Guadalupe de México, Patrona de los Mexicanos: La
verdad sobre la Aparición de la Virgen del Tepeyac y sobre su pintura en la capa
de Juan Diego; para extender, si posible fuera, por el mundo entero el amor y el
culto a Nuestra Señora".
La prolífica pluma de García Icazbalceta
había logrado hasta el momento eludir tocar el delicado tema y casi lo había
conseguido, sin embargo estaba bien fami-liarizado con los documentos relevantes
sobre el tema.
Tanto en aquel entonces como ahora, y aun
en siglos anteriores al XIX, las polémicas entre aparicionistas y
antiaparicionistas en el seno de la iglesia Católica habían hecho correr un río
de tinta y puesto al rojo vivo las pasiones. La primera gran polémica pública de
que se tiene registro ocurrió el 8 de septiembre de 1556 en presencia del
virrey. Fue un fuerte choque de posiciones entre el entonces provincial de los
franciscanos fr. Francisco de Bustamante y el Arzo-bispo Mortufar, sucesor de
fray Juan de Zumárraga.
El eminente historiador había preferido
mante-nerse al margen del debate y no fue sino con renuencia y sólo cuando
Monseñor Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos insistió por escrito diciendo
que "se lo rogaba como amigo y se lo mandaba como prelado" que García
Icazbalceta accedió a pronun-ciarse al respecto de las apariciones del Tepeyac,
no sin antes aclarar que lo haría en calidad de experto en historia eclesiástica
y de la colonia, pero sin entrar en la dimensión teológica y canónica del tema.
El Arzobispo accedió y le entregó una copia del manus-crito de José Antonino
González. En vez de refutarlo o hacer una crítica específica, el historiador
optó por sujetar al análisis histórico los documentos y fuentes primarias y
secundarias relevantes conocidas hasta sus días. De esa manera, en vez de
escribir una anti-apología inmiscuyéndose en la controversia entre
aparicionistas y antiaparicionistas, emitió un análisis sobre dichos relatos y
el uso que se había hecho de ellos. Su meta, más que hacer una larga
disertación, para lo cual no le faltaba capacidad, era, en sus propias palabras:
"poner sencillamente a la vista de Vuestra Señoria Ilustrísima lo que dice la
historia acerca de la Aparición de Nuestra Señora de Gua-dalupe a Juan Diego".
La aportación de García Icazbalceta a la
discusión académica sobre la identidad de Juan Diego y las apariciones del
Tepeyac es particularmente relevante no sólo por las singulares credenciales
profesionales del autor sino por la calidad y concisión el documento.
Difícilmente se reúnen estas tres cualidades en muchos trabajos contemporáneos
al respecto. Algunos son volúmenes interminables, altamente técnicos y por lo
mismo de difícil acceso y elucidación para el público en general. Otros no se
adhieren a los principios que rigen la investigación histórica y frecuentemente
se apoyan en ámbitos ajenos a las disciplinas científicas para tratar de probar
o descalificar hipótesis. Más aún, no es descabellado pensar que, como a menudo
ocurre en cualquier polémica, la publicación de obras por aparicionistas o
antiaparicionistas guadalupanos tiene como fin muchas veces llevar agua a sus
respectivos molinos, más que sopesar cuidadosamente las evidencias históricas.
En este torbellino actual de polémicas e intereses diversos, la sobria pluma de
García Icazbalceta ofrece una opinión calificada sobre el tema pues su persona y
credenciales profesionales están libres de muchas sospechas que recaen sobre
otros que hoy escriben en pro y en contra de la existencia de Juan Diego.
El gran historiador, por principio, era
católico devoto y creyente en la virgen María. El Arzobispo mismo Pelagio
Antonio de Labastida y Dávalos corro-bora su filiación en buenos términos con la
iglesia católica cuando usa de su autoridad eclesiástica, y le pide como a hijo
de la Iglesia que emita un análisis sobre las Apariciones. García Icazbalceta
pues, no era alguien que desde posiciones militantes ateas, agnósticas o de
religiones rivales, tuviera interés en denos-tar o debilitar a su Iglesia.
Tampoco era un raciona-lista que negara la posibilidad de los milagros; al
contrario, escribía en octubre de 1883: "por supuesto, que no niego la
posibilidad y realidad de los milagros".
Más aún, es un hecho que el historiador
vivió ajeno a las pugnas entre aparicionistas y antiaparicionistas. El silencio
de su pluma durante casi toda su vida así lo atestigua, y el hecho de que se
negara a escribir sobre el tema cuando primero se lo solicitó el arzobispo, y
cediera sólo bajo petición reiterada, insistente y reforzada por escrito con una
orden eclesiástica, indica que no tenía interés alguno en entrar en tal
polémica. Tanto es así que al terminar su análisis solicita al Arzobispo que
mantenga su reporte en privado. El que no quisiera publicar el original de su
carta pasados los años aunque varias personalidades lo animaron a hacerlo, exime
a García Icazbalceta de la sospecha -lo cual no se puede decir de algunos
autores contemporáneos- de querer lucrar con una controversia. La realidad es
que para 1883 el afamado historiógrafo oriundo de la Ciudad de México era una
eminencia establecida en el ámbito académico, tenía fama internacional y había
ya publicado sus obras más reconocidas. Estaba, por decirlo así, en el pináculo
de su carrera intelectual. En otras pa-labras, al escribir sobre un tema que él
consideraba de lo más delicado, perdía más de lo que ganaba. La Inquisición por
un lado, aunque con poderes más limitados que antaño, estaba aún activa y alerta
a cualquier guiso de heterodoxia aun en temas que no fueran artículos de fe,
como lo experimentó en su momento el Obispo de Tamaulipas Eduardo Sánchez
Camacho quien en la década de 1890 fue sometido a un proceso eclesiástico con
fines de excomunión por haber negado la veracidad histórica de las apariciones
de la Virgen de Guadalupe.
Por otro lado y dado que se pedía su
opinión en calidad de experto en historia eclesiástica colonial, García
Icazbalceta se debía a los estrictos principios científicos sobre los cuales se
cimentaba su obra y erudición. La academia estaba observando y cual-quiera de
sus colegas, y aun de sus discípulos podría señalarlo fácilmente si incurría en
errores metodoló-gicos o utilizaba su prestigio para respaldar posicio-nes que
pudieran ser históricamente insostenibles.
En el texto que se reproduce a
continuación, se observa cómo Joaquín García Icazbalceta jugó sus cartas
maniobrando entre las fronteras del dogma y la ciencia deseando ser leal a su
iglesia, a su conciencia y a su profesión. En él se ven reflejadas también
costumbres del siglo XIX en el análisis de argumentos, la publicación de
documentos, la valoración de pruebas y afirmar posiciones.
El material, como el lector notará, está
presentado en su formato literario original que es de género epistolar. La
naturaleza misma del documento impide que el tratamiento del tema sea exhaustivo
y de eso estuvo consciente y lo expresa así el autor. Sin embargo su análisis es
ágil y lúcido, aunque no perfecto, y hace honor a la legendaria rigurosidad y
franqueza de Joaquín García Icazbalceta.
Esta edición, copia fiel del original*
sacada con permiso de Icazbalceta por Jose María de Agreda y Sánchez y publicada
por primera vez en 1896, rescata un escrito que es históricamente relevante y de
parti-cular actualidad para el público interesado en el tema de la canonización
de Juan Diego y las apariciones guadalupanas. Un texto que extrañamente ha
tenido relativamente poca difusión en las controversias actuales, pero que fue
objeto de intensas y públicas discusiones por su importancia cuando se dio a
conocer en los últimos años del siglo XIX.
Ciudad de México, Mayo de
2002
Los Editores
Ilmo. Señor.
1.- Me Manda Vuestra Señoría Ilustrísima (V.S.I.)
que le dé mi opinión acerca de un manuscrito que se ha servido enviarme,
intitulado: "Santa María de Guadalupe de México, Patrona de los Mexicanos. La
verdad sobre la Aparición de la Virgen del Tepeyac, y sobre su pintura en la
capa de Juan Diego. Para extender, si posible fuera, por el mundo entero el amor
y el culto de Nuestra Señora".
2.- Quiere también V.S.I. que juzgue yo
esta obra únicamente bajo el aspecto histórico y así tendría que ser de todos
modos, pues no estando yo instruído en ciencias eclesiásticas sería temeridad
que calificara el escrito en lo que tiene de teológico canónico.
3.- No juzgo necesario hacer un análisis
de él, por cuanto que no me propongo impugnarle: prefiero po-ner sencillamente a
la vista de V. S. I. lo que dice la historia acerca de la Aparición de Ntra.
Sra. de Guadalupe a Juan Diego.
4.- Quiero hacer constar que en virtud del
superior y repetido precepto de V.S.I. falto a mi firme resolución de no
escribir jamás una línea tocante a este asunto del cual he huído cuidadosamente
en todos mis escritos. 5.- Presupongo desde luego que al hacerme V.S.I. su
pregunta, me deja entera libertad para responder según mi conciencia, por no
tratarse de un punto de fe: que si se tratara, ni V.S.I. me pediría parecer, ni
yo podría darle.
6.- Las dudas acerca de la verdad del
suceso de la Aparición, tal como se refiere, no nacieron de la disertación de D.
Juan B. Muñoz: son bien antiguas y bastante generalizadas, a lo que parece.
Prueban esto último las muchas apologías que ha sido necesario escribir, lo cual
fuera excusado si el punto hubiera quedado esclarecido de tal modo desde el
principio, que no dejara lugar a duda. En cuanto a la antigüedad de la
desconfianza, puede V.S.I. ver entre los libros y papeles que le dió el Sr.
Andrade una carta autógrafa del P. Francisco Javier Lazcano, de la Compañía de
Jesús, fechada en México a 3 de Abril de 1758 y dirigida a D. Francisco Antonio
de Aldama y Guevara, residente entonces en Madrid. Contesta a una de éste,
escrita el 10 de Mayo de 1757, en que se habla ya de la impugnación de un
"desatinado fraile jerónimo", sobre lo cual pide más datos el P. Lazcano. La
Bula de la concesión del patronato es de 1754; de suerte que antes de los 3 años
de conocida, ya hubo un religioso que de palabra o por escrito no temiera
impugnar lo que se dice aprobado en aquella bula. El Dr. Uribe, en los últimos
años del siglo anterior, estimulado sin duda por el sermón del P. Mier, aunque
no lo nombra, tuvo que salir a la defensa del milagro. La Memoria de Muñoz,
escrita en 1794, permaneció sepultada en los archivos de la Real Academia de la
Historia, hasta el año de 1817.
7.- Para añadir hoy una nueva apología a
las va-rias que ya se han escrito, convendría tener a la vista los muchos
documentos descubiertos después de pu-blicada la última, que es la del Sr.
Tornel (pues no quiero dar tal nombre al virulento folleto anónimo no hace mucho
publicado en Puebla). Parece que el autor del manuscrito no ha conocido estos
documentos, pues no los cita.
8.- Muñoz tampoco los conoció, ni pudo
conocerlos; pero todos ellos no han hecho más que confirmar de una manera
irrevocable su proposición de que "antes de la publicación del libro del P.
Miguel Sán-chez, no se encuentra mención alguna de la Aparición de la Virgen de
Guadalupe a Juan Diego".
9.- Caímos ya en el argumento negativo,
tan impugnado por los apologistas de la Aparición, sin duda porque conocen que
no puede haber otro contra un hecho que no pasó. Porque sería absurdo exigir que
los contemporáneos tuvieran don de profecía, y adivi-nando que más adelante se
inventaría un suceso de su tiempo, dejaran escrito con anticipación que no era
cierto ni se diera crédito a quienes lo contaran. 10.- La fuerza del argumento
negativo consiste principalmente en que el silencio sea universal, y que los
autores alegados hayan escrito de asuntos que pedían una mención del suceso que
callaron. Ambas circunstancias concurren en los documentos ante-riores al P.
Sánchez; y, aun hay en ellos algo más que argumentos negativos, como pronto
vamos a ver.
11.- Que no hay informaciones o autos
originales de la Aparición, es cosa que declaran todos sus historiadores y
apologistas, incluso el P. Sánchez, y explican la falta con razones más o menos
plausibles. Algunos se han empeñado en que realmente exis-tieron, y quieren
probarlo refiriendo que el Sr. Arzo-bispo D. Fr. García de Mendoza (1602-1604)
leía con gran ternura los autos y procesos originales de la Aparición, lo cual
no consta más que por una serie de dichos. Cuentan también que Fr. Pedro Mezquia,
franciscano, vió y leyó en el Convento de Vitoria "donde tomó el hábito el Sr.
Arzobispo Zumárraga", escrita por este prelado a los religiosos de aquel
convento, la historia de la Aparición de Ntra. Señora de Guadalupe, "según y
como aconteció"... El P. Mezquia partió para España y ofreció traer a su vuelta
el importantísimo documento; pero no lo trajo, y reconvenido por ello, respondió
que no lo había hallado, y que se creía haber perecido en un incendio que
padeció el archivo; con lo cual quedaron todos satisfechos, sin meterse a
averiguar más. V.S.I. sabe que el Sr. Zumárraga no tomó el hábito en el convento
de Vitoria, ni aun consta que alguna vez residiera en él; tampoco hay otra
noticia del oportuno incendio del archivo. Por lo demás, la falta de los autos
originales no sería por sí sola, un argumento decisivo contra la Aparición, pues
bien pudo ser que no se hicieran, o que después de hechos se extraviaran: aunque
a decir verdad, tratándose de un hecho tan extraordinario y glorioso para
México, una u otra negligencia es harto inverosímil.
12.- El primer testigo de la Aparición
debiera ser el Ilmo. Sr. Zumárraga, a quien se atribuye papel tan principal en
el suceso y en las subsecuentes colocaciones y traslaciones de la imagen. Pero
en los muchos escritos suyos que conocemos no hay la más ligera alusión al hecho
o a las ermitas: ni siquiera se encuentra una sola vez el nombre de Guadalupe.
Tenemos sus libros de doctrina, cartas, pareceres, una exhor-tación pastoral,
dos testamentos y una información acerca de sus buenas obras. Ciertamente que no
conocemos todo cuanto salió de su pluma, ni es racional exigir tanto, pero si
absolutamente nada dijo en lo mucho que tenemos, es suposición gratuita afirmar
que en otro papel cualquiera, de los que aun no se hallan, refirió el suceso. Si
el Sr. Zumárraga hubiera sido testigo favorecido de tan gran prodigio, no se
había contentado con escribirlo en un solo papel, sino que le habría proclamado
por todas partes, y seña-ladamente en España, a donde pasó el año siguiente:
habría promovido el culto con todas sus fuerzas, aplicándole una parte de las
rentas que expedía con tanta liberalidad; alguna manda o recuerdo dejaría al
santuario en su testamento; algo dirían los testigos de la información que se
hizo acerca de sus buenas obras: en la elocuente exhortación que dirigió a los
religiosos para que acudieran a ayudarle en la conversión de los naturales venía
muy al caso, para alentarlos, la relación de un prodigio que patentizaba la pre-dilección
con que la Madre de Dios veía a aquellos neófitos. Pero nada, absolutamente nada
en parte alguna. En las varias Doctrinas que imprimió tampoco hay mención del
prodigio. Lejos de eso, en la Regla Cristiana de 1547 (que si no es suya, como
parece seguro, a lo menos fué compilada y mandada imprimir por él) se encuentran
estas significativas palabras: "Ya no quiere el Redentor del mundo que se hagan
milagros, porque no son menester, pues está nuestra santa fe tan fundada por
tantos millares de milagros como tenemos en el Testamento Viejo y Nuevo". ¿Cómo
decía eso el que había presenciado tan gran milagro?... Parece que el autor de
la nueva apología no conoce los escritos del Sr. Zumárraga, pues nunca los cita
y solamente asegura que si nada dijo en ellos, dijo bastante con sus hechos
levantando la ermita, trasladando la imagen. Es necesario decir, para de una
vez, que todas esas construcciones de ermitas y traslaciones de la imagen no
tienen fundamento alguno histórico. Todavía el autor discute la posibilidad de
que el Sr. Zumárraga hiciera una de esas procesiones a fines de 1533, siendo ya
cosa probada con documentos fehacientes que estaba entonces en España, y que
volvió a México por Octubre de 1534.
13.- Si del Sr. Zumárraga pasamos a su
inmediato sucesor, el Sr. Montúfar, a quien se atribuye parte principal en las
erecciones de ermitas y traslaciones de la imagen, hallaremos que en 1569 y 70
remitió, por orden del visitador del Consejo de Indias D. Juan de Ovando, una
copiosa descripción de su Arzobis-pado (que tengo original), en la cual se da
cuenta de las iglesias de la ciudad sujetas a la mitra, y para nada se menciona
la ermita de Guadalupe. Por pequeña que fuese, lo ilustre de su origen y la
imagen celestial que encerraba merecían muy bien una mención especial, con la
correspondiente noticia del milagro. Interrogando a los primeros religiosos, los
hallaremos igualmente mudos. Fr. Toribio de Motolinia escribió en 1541 su
Historia de los Indios de la Nueva Espa-ña, donde refiere varios favores
celestiales otorgados a indios; mas no aparece nunca en ella el nombre de
Guadalupe. Lo mismo sucede en otro manuscrito de la obra, que poseo, muy
diferente del impreso. Es muy notable el silencio de la célebre carta del Ilmo.
Sr. Garcés al Sr. Paulo III en favor de los indios, en la cual refiere también
algunos favores que habían recibido del cielo. Tampoco se habla cosa alguna en
las cartas del V. Gante, del Sr. Fuenleal, de D. Anto-nio de Mendoza, y de otros
muchos obispos, virreyes, oídores y personajes, que últimamente se han publicado
en las Cartas de Indias, y en la voluminosa Colección de Documentos inéditos del
Archivo de Indias.
14.- Fr. Bartolomé de las Casas estuvo
aquí en los años de 1538 y 1546. Indudablemente conoció y trató al Sr. Zumárraga,
pues ambos asistieron a la junta de 1546: de su boca pudo oír la relación del
milagro. Con todo, en ninguno de sus muchos escritos habla de él, y eso que le
habría sido tan útil para esforzar su enérgica defensa de los indios. ¡Qué
efecto no habría producido en los católicos monarcas españoles la prueba de que
la Virgen Santísima tomaba bajo su especial protección la raza conquistada! ¡Qué
argumento contra los que llegaron a dudar de la racionalidad de los indios y los
pintaban llenos de vicios e incapaces de sacramentos!
15.- Fr. Jerónimo de Mendieta vino en
1552: compuso su Historia Eclesiástica Indiana a fines del siglo, valiéndose de
los papeles de sus predecesores: era ardiente defensor de los indios: cuenta, lo
mismo que Motolinia, los favores que recibían del cielo; y particularmente en el
capítulo 24 del libro IV trae la aparición de la Virgen en el año de 1576 al
indio de Xuchimilco Miguel de S. Jerónimo, quien la refirió al mismo P. Mendieta;
pero nada dice de Ntra. Señora de Guadalupe, ni tampoco en sus cartas, de que
tengo algunas inéditas. Aun hay más, porque escribió de propósito en tres
capítulos la vida del Sr. Zumárraga, y calló todo el suceso. ¿Para cuándo
guardaba su relación? Podrá haber acaso almas caritativas que, por haber yo
publicado esa obra, hagan el mal juicio de que suprimí algún pasaje. Debo
advertirles para su tranquilidad, que el manuscrito existe en poder del Sr. D.
José Ma. Andrade, y que esa misma biografía silenciosa de Mendieta fué enviada
al General de la Orden, Fr. Francisco de Gonzaga, quien la imprimió traducida al
latín en su obra DE Origine Seraphicae Religionis. El general de la orden
franciscana no echó de ver aquella omisión ni dijo en 1587 cosa alguna de tan
notable acontecimiento. 16.- En las demás crónicas de aquel tiempo, es-critas
por españoles o indios, buscaremos también en vano la historia. Muñoz Camargo
(1576), el P. Valadés (1579), el P. Durán (1580), el P. Acosta (1590), Dávila
Padilla (1596), Tezozómoc (1598), Ixtlixóchitl (1600), Grijalva (1611), guardan
igual silencio. Tampoco dijo nada el P. Fr. Gabriel de Talavera que en 1597
publicó en Toledo una historia de Ntra. Sra. de Guadalupe de Extremadura, aunque
hace mención del santuario de México. El cronista franciscano Daza, en su
Crónica de 1611, Fernández en su Historia Eclesiástica de nues-tros tiempos
(1611) y el cronista Gil Gonzalez Dávila en su Teatro Eclesiástico de las
Iglesias de Indias (1649) escribieron la vida del Sr. Zumárraga y callaron la
historia de la Aparición. Ya la contó el P. Luzuriaga en la vida del mismo
prelado, como que publicó su Historia de Ntra. Sra. de Aranzazu en 1686.
17.- Vengamos ahora al P. Sahagún. El
autor del ma-nuscrito copió honradamente el famoso texto: no así el anónimo de
la disertación poblana, que con mala fe le truncó, suprimiendo lo que
contrariaba su intento. Haga V.S.I. la comparación entre ambos textos: va
subrayado para mayor claridad; lo que omitió el escritor de Puebla.
Texto del P. Sahagun
Cerca de los montes hay tres o cuatro
lugares donde solían hacer muy solemnes sacrificios, y que venían a ellos de muy
lejanas tierras. El uno de éstos es aqui en México, don-de está un montecillo
que se llama Ipeacac, y los espa-ñoles llaman Tepeaquilla, y ahora se llama
Nuestra Se-ñora de Guadalupe. En este lugar tenían un templo dedicado a la madre
de los Dio-ses, que ellos la llamaban Tonantzin, que quiere decir nuestra madre.
Allí hacían muchos sacrificios a honra de esta diosa, y venían a ellos de muy
lejanas tierras, de más de veinte leguas de todas estas comarcas de México, y
traían muchas ofrendas: venían hombres y mujeres y mozos y mozas a estas
fiestas. Era grande el concurso de gente en estos días; y todos decían "vamos a
la fiesta de To-nantzin"; y ahora que está allí edificada la iglesia de nuestra
Señora de Guadalupe, también la llaman Tonantzin, to-mando ocasión de los
predicadores, que Nuestra Señora la Madre de Dios la llaman Tonantzin. De dónde
haya nacido esta fundación de esta Tonantzin no se sabe de cierto; pero esto
sabemos de cierto que el vocablo significa de su primera imposición a aquella
Tonantzin antigua; y es cosa que se debería remediar, porque el propio nombre de
la Madre de Dios, Señora nuestra, no es Tonantzin, sino Dios y Nantzin, esta
invención satánica para paliar la idolatría debajo la equivocación de este
nombre Tonantzin; y vienen ahora a visitar a esta Tonantzin; de muy lejos tan
lejos como de antes: la cual devoción también es sospechosa porque en todas
partes hay muchas iglesias de nuestra Señora y no van a ellas, y vienen de lejas
tierras á esta Tonantzin como antiguamente.
Texto de puebla
Cerca de los montes hay tres o cuatro
lugares donde solían (los indios) hacer muy so-lemnes sacrificios y venían a
ellos de muy lejanas tie-rras. El uno de éstas se llama Tepeacac, y los españo-les
llaman Tepeaquilla, y ahora se llaman Ntra. Sra. de Guadalupe. En este lu-gar
tenían un templo dedicado á la madre de los dio-ses que la llamaban Tonan-tzin,
quiere decir nuestra Madre... y agora que está allí edificada la iglesia de
Ntra. Sra. de Guadalupe también la llaman Tonan-tzin, tomada ocasión de los
predicadores que a Ntra. Sra. Madre de Dios llaman Tonantzin... y vienen agora á
visitar esta Tonantzin de muy lejanas tierras.
Este pasaje del P. Sahagún se encuentra
igual en la edición de D. Carlos María de Bustamente y en la de Lord
Kingsborough.
18.- No sólo aquí habló de Ntra. Sra. de
Gua-dalupe el P. Sahagún. En un códice manuscristo en 4o. que existe en la
Biblioteca Nacional, rotulado por fuera "Cantares de los Mexicanos y otros
opúsculos", al tratar del Calendario dice: "La tercera disimulación (idolátrica)
es tomada de los nombres de los ídolos que allí se celebraban, que los nombres
con que se nombran en latín o en español significan lo que significaba el nombre
del ídolo que allí adoraban antiguamente. Como en esta ciudad de México, en el
lugar donde está Santa María de Guadalupe se adoraba un ídolo que antiguamente
se llamaba Tonantzin: y entiéndenlo por lo antiguo y no por lo nuevo. Otra
disimulación semejante a ésta hay en Tlaxcala, en la iglesia que llaman Santa
Ana".
19.- El P. Sahagún vino en 1529 y debía
estar bien enterado de la historia de la Aparición, si ésta hubiera acontecido
dos años después. Nadie como él trató con los indios: pudo conocer perfectamente
a Juan Diego y demás personas que figuraron en el negocio. A pesar de todo, dice
terminantemente que "no se sabía de cierto el origen de aquella fundación"; y
por los dos pasajes citados se advierte con toda claridad que le desagradaba la
devoción de los indios, teniéndola por idolátrica, y que deseaba verla
prohibida. Uno de sus fundamentos es que allí acudían en tropel los indios como
de antes, mientras que no iban a otras iglesias de Nuestra Señora. Supuesta la
realidad de la Aparición, ninguna extrañeza podía causar al P. Sahagún que los
indios prefiriesen el lugar en que uno de los suyos había sido tan singularmente
favorecido por la Santísima Virgen. Bien mirado el testimonio del P. Sahagún es
ya algo más que negativo.
20.- Por aquellos mismos tiempos
preguntaba el Rey a D. Martín Enríquez cual era el origen de aquel santuario; y
el virrey contestaba con fecha 25 de septiembre de 1575, que por los años de
1555 ó 56 existía allí una ermita con una imagen de Nuestra Señora, a la que
llamaron de Guadalupe por decir que se pare-cía a la del mismo nombre en España,
y que la devoción comenzó a crecer porque un ganadero publicó que había cobrado
la salud yendo a aquella ermita. Vemos, pues, que el virrey mismo, con tener
tantos medios de informarse y haber de dar cuenta al Rey, no alcanzó a saber el
origen de la ermita: explica de dónde vino a la imagen el nombre de Guadalupe y
nos informa que la devoción había crecido porque se contó un milagro obrado
allí. Pronto veremos confirmado por otro documento auténtico, que precisamente
hacia esos años se declaró la devoción a Ntra. Sra. de Guadalupe, y se
publicaban muchos milagros. Como Muñoz sólo insertó en su Memoria el párrafo de
la carta de Enríquez que servía a su intento, no ha faltado quien se atreva a
suponer que en el resto de la carta se hablaría algo más: suposición enteramente
gratuita, como ya está demostrado con el documento íntegro publicado en las
Cartas de Indias. Tenemos, además, una minuciosa relación del viaje del
Comisario franciscano Fr. Alonso Ponce, y en ella se refiere que habiendo salido
de México el 23 de Julio de 1585, pasó una gran acequia "por una puente de
piedra junto a la cual está un pueblecito de indios mexicanos, y en él, arrimada
á un cerro una ermita o iglesia de Ntra. Sra. de Guadalupe á donde van a velar y
tener novenas los españoles de México, y reside un clérigo que les dice misa. En
aquel pueblo tenían los indios antiguamente en su gentilidad un ídolo llamado
Ixpuchtli, que quiere decir virgen o doncella, y acudían allí como á santuario
de toda aquella tierra con sus dones y ofrendas. Pasó por allí de largo el P.
Comisario". Que el redactor de la relación, como nuevo en la tierra, equivocara
el nombre del ídolo, nada tiene de extraño; pero lo es, y mucho, que si la
tradición existía, como se afirma, ninguno de los de la comitiva hubiera dado
aviso al Comisario de que en aquella ermita se guardaba una imagen
milagrosamente pintada, para que entrara a verla y vene-rarla en vez de pasarse
de largo.
21.- Los pasajes de Torquemada y de Bernal
Díaz en que se habla de la iglesia, han dado materia de larga discusión a los
apologistas. El hecho indudable es, que ninguno de estos autores menciona la
Apari-ción. Aquí debo hacer una observación importante. Todos los apologistas,
sin exceptuar uno solo, han caído en una equivocación inexplicable en tantos
hombres de talento, y ha sido la de confundir constantemente la antigüedad del
culto con la verdad de la Aparición y milagrosa pintura en la capa de Juan
Diego. Se han fatigado en probar lo primero (que nadie niega, pues consta de
documentos irrefragables), insistiendo que con eso quedaba probado lo segundo,
como si entre ambas cosas existiera la menor relación. Innumerables imágenes hay
en nuestro país y fuera de él a que se atributa culto desde tiempo inmemorial,
sin que de eso deduzca nadie que son de fábrica milagrosa: lo más que se ha
hecho ha sido atribuírlas al evangelista S. Lucas. Solamente de la de Guadalupe
(que yo recuerde) se dice que haya sido bajada del cielo.
22.- E.P. Fr. Martín de León, dominico,
imprimió en 1611 su Camino del Cielo, en lengua mexicana, y en el folio 96 casi
reprodujo e hizo suyo, después de tanto tiempo, el segundo texto de Sahagún.
Dice así: "La tercera (disimulación) es tomada de los mismos nombres de los
ídolos que en los tales pueblos se ve-neraban, que los nombres con que se
significan en latín o romance son los propios en significación que significaban
los nombres de éstos ídolos, como en la ciudad de México, en el cerro donde está
Ntra. Sra. de Guadalupe, adoraban un ídolo de una diosa que llamaban Tonantzin,
que es nuestra Madre, y ese mismo nombre dan a Ntra. Sra., y ellos siempre dicen
que van a Tonantzin, y muchos dellos lo entienden por lo antiguo y no por lo
moderno de agora". Se refiere en seguida como Sahagún, a la imagen de Santa Ana
puesta en Tlaxcala y a la de S. Juan Bau-tista en Tianguismanalco, la más
superticiosa que ha habido en toda la Nueva España. Es digno de notar que cuando
estos antiguos misioneros tratan de las idolatrías encubiertas de los indios,
saquen a cuento la devoción a Ntra. Sra. de Guadalupe. Mal se aviene esto con la
creencia en el milagro1. 23.- Fr. Luis de Cisneros, de la orden de la Merced,
imprimió en 1621 su Historia de Ntra. Sra. de los Remedios. El cap. 4 del lib. I
se intitula: "De cómo las más imágenes de devoción de Ntra. Sra. tiene sus
principios ocultos y milagrosos". Habla en él de varias imágenes de Europa y de
Guatemala: más no menciona la de Guadalupe, siendo así que trata de imágenes de
principios milagrosos. En el siguiente capítulo habla ya de ella en estos
términos: "El más antiguo (santuario) es el de Guadalupe, que está una legua de
esta ciudad a la parte del norte, que es una imagen de gran devoción y concurso,
casi desde que se ganó la tierra que ha hecho y hace muchos milagros, a quien
van haciendo una insigne iglesia que por orden y cuidado del Arzobispo está en
muy buen punto". Nada de Aparición.
24.- Entre los libros que le dió el Sr.
Andrade tiene V.S.I. el sermón de la Natividad de la Virgen María predicado por
Fr. Juan de Zepeda, agustino, en la ermita de Guadalupe, extramuros de la ciudad
de México, en la fiesta de la misma iglesia: impreso por Juan Blanco de Alcázar
el año de 1622, en 4o. Dos cosas hay notables en ese sermón: la una, que el pre-dicador
dice en la dedicatoria, que la Natividad (8 de septiembre) es la vocación de la
ermita, y la otra que no habla palabra de la Aparición. Confírmase lo primero
con el acta del Cabildo Ecco. de 29 de Agosto de 1600. Este día se dispuso que
el domingo 10 de Septiembre se celebrara la fiesta de la Natividad de Ntra. Sra.
en la Ermita de Guadalupe por ser advocación, y en seguida se pusiera la primera
piedra para dar principio a la nueva iglesia. De donde claramente se deduce que
para entonces todavía no le había ocu-rrido a nadie que la imagen fuera pintada
en la tilma de Juan Diego; y que la fiesta titular era la del 8 de Septiembre en
que se celebran las de todas las imágenes que no tienen día señalado para su
título parti-cular: de suerte que noventa años después del supuesto
aparecimiento no se pensaba todavía en celebrar el 12 de Diciembre.
25.- Note igualmente V.S.I. que nada se
habla de la Aparición de la Virgen de Guadalupe en los tres concilios Mexicanos,
ni en las actas de los Cabildos Eclesiástico y Secular, anteriores al libro del
P. Sánchez. El secular no hizo una alusión siquiera a aquel gran suceso, o a las
solemnes traslaciones de la imagen, siendo así que en sus actas se encuentran
referidos hasta los más insignificantes regocijos públicos.
26.- Por último, el P. Jesuíta Cavo, que
escribió en Roma hacia 1800 sus Tres Siglos de México, en rigurosa forma de
anales, al llegar al año de 1531 calló el suceso de la Aparición y pasó
adelante.
27.- Si de los escritos nos vamos a los
mapas y pinturas de los indios, hallaremos que en ninguno de los auténticos que
existen hay nada de lo que se busca. Citaré como ejemplos los códices Telleriano-Remense
y Vaticano, publicados por Kingsborough, y los anales o pinturas históricas de
Mr. Aubin, que alcanzan a 1607. De las pinturas alegadas por los apologistas
diré algo después.
28.- Como V.S.I. ve, es completo el
silencio de los documentos antes de la publicación del libro del P. Sánchez. No
cabe en buena razón suponer que durante más de un siglo tantas personas graves y
piadosas, separadas por tiempo y lugar, estuviesen de acuerdo en ocultar un
hecho tan glorioso para la religión y la patria. Los apologistas de la Aparición
quieren que se presenten todos los documentos de tan larga época, para
convencerse de que el silencio es universal; pretensión inadmisible, porque de
esa ma-nera jamás se escribiría historia, en espera de documentos que pudieron
existir y que pudieran hallarse. Los que tenemos dan testimonio suficiente de lo
que contendrían los que tal vez pudieran hallarse todavía. Alguna prueba de ello
hay ya. Muñoz, en 1794, fun-daba principalmente su impugnación en el silencio de
los escritores: en los noventa años corridos desde entonces se han descubierto
innumerables e importantísimos documentos, y ni uno solo ha hablado, sino que
han aumentado mucho con su silencio el grave peso de la argumentación de Muñoz.
29.- Sostienen igualmente los apologistas,
que están corrompidos los escritos de algunos de los autores que más los
desfavorecen. Citaré tan sólo a Sahagún y a Torquemada. Aquél escribió dos veces
el libro último de su Historia, diciendo que en la primera escritura se pusieron
algunas cosas que fueron mal puestas, y se omitieron otras que fueron mal
calladas. De aquí sacaron Bustamante y otros el peregrino argumento de que así
como en el libro XII hubo esas cosas mal puestas y mal calladas, lo mismo debió
suceder en los demás libros, y que en las cosas mal calladas, estaba la historia
de la Aparición. Como si no fuera cosa ordinaria que un autor retoque lo que
escribe, cuando adquiere mejores datos; y como si Sahagún hubiera callado
simplemente la historia y no hubiera dejado textos en que claramente la niega,
en cuanto podía negarla quien no adivinaba que con el tiempo había de
inventarse. A Torquemada se le ha tachado de embustero, y se ha pretendido
también que su obra está mutilada, precisamente en lo que al caso hacía.
Embustero, a la verdad, no fué, sino algo plagiario; y por no haber zurcido con
más esmero los retazos ajenos de que se aprovechó, le han venido esas
contradicciones de que se le acusa. A juzgar por lo que dicen los apologistas,
no parece sino que Dios se propuso destruír las pruebas escritas del prodigio
después de haberlo obrado, permitiendo que desapa-reciesen hasta el último, los
documentos en que se refe-ría, y quedasen los otros: o que hubo desde el momento
mismo de la Aparición, un acuerdo universal para callarla y borrar su memoria,
pues no sólo desaparecieron los documentos originales, sino que todas las
mutilaciones hechas a los autores fueron a dar precisamente sobre los pasajes
relativos al mismo suceso.
30.- Dije al principio que en los documentos de la época había algo más que
argumentos negativos, y es tiempo de dar prueba de ello. Tiene V.S.I. en su
poder una información original, en catorce fojas útiles y tres blancas, hecha en
1556 por el Sr. Montúfar, sucesor inmediato del Sr. Zumárraga. El caso que dió
motivo a la información fué el siguiente: El día de la Natividad de Ntra. Sra.,
8 de Septiembre de 1556, se celebró una solemne función religiosa en la capilla
de S. José, con asistencia del clero, virrey, audiencia y vecinos principales de
la ciudad. Encomendándose el sermón a Fr. Francisco de Bustamante, provincial de
los franciscanos, que gozaba créditos de grande orador. Después de haber hablado
excelentemente del asunto propio del día, hizo de pronto una pausa, y con
muestras exteriores de encendido celo, comenzó a declamar contra la nueva
devoción que se ha levantado sin ningún fundamento “en una ermita o casa de
Ntra. Sra. que han intitulado de Guadalupe”, calificándola de idolátrica, y
aseverando que sería mucho mejor quitarla, porque venía a destruír lo trabajado
por los misioneros, quienes habían enseñado a los indios que el culto de las
imágenes no paraba en ellas, sino que se dirigía a lo que representaban, y que
ahora decirles que una imagen pintada por el indio Marcos hacía milagros, que
sería gran confusión y deshacer lo bue-no que estaba plantado, porque otras
devociones que había tenían grandes principios, y que haberse levantado ésta tan
sin fundamento le admiraba: que no sabía a qué efecto era aquella devoción, y
que al principio debió averiguarse el autor de ella y de los milagros que se
contaban, para darle cien azotes, y doscientos al que en adelante lo dijese: que
allí se hacían grandes ofensas a Dios: que no sabía a dónde iban a parar las
limosnas recogidas en la ermita, y que fuera mejor darlas a pobres vergonzantes
o aplicarlas al hospital de las bubas, y que si aquello no se atajaba, él no
volvería a predicar a indios, porque era trabajo perdido. Acusó luego al
Arzobispo de haber divulgado milagros falsos de la imagen: le exhortó a que
pusiera remedio en aquel desorden, pues le tocaba como juez eclesiástico; y por
último dijo, que si el Arzobispo era negligente en cumplir con ese deber, así
estaba el virrey, que como vicepatrono por S.M. podía y debía entender en ello.
31.- Lastimado el Sr. Montúfar, que no era muy sufrido ni muy amigo de los
franciscanos, con aquella reconvención pública en tal ocasión y ante tal
concurso, y acaso más por habérsele echado encima el brazo seglar, comenzó desde
el día siguiente a levantar la información que original tiene V.S.I. Su objeto
era, según en ella aparece, saber si el P. Bustamante había dicho alguna cosa de
que debiese ser reprendido.
El interrogatorio de trece preguntas tenía por único objeto dejar bien fijado lo
que el predicador había dicho. Fueron llamados nueve testigos, y de sus
declaraciones resulta haber predicado el P. Bustamante lo que dejamos referido.
Algunos añadieron, que él no era el único que pensaba de aquella manera sino que
le seguían los demás franciscanos: que todos se oponían a la devoción, y aun
alegaban contra ella textos de la Sagrada Escritura en que se manda adorar sólo
a Dios: que aquella ermita, decían, no debía llamarse de Guadalupe, sino de
Tepeaca o Tepeaquilla: que ir a tal peregrinación no era servir a Dios, sino más
bien ofenderle, por el mal ejemplo que se daba a los naturales, etc. El Señor
Arzobispo trataba también de probar que en un sermón que él predicó pocos días
antes había dicho que en el Concilio Lateranense estaba mandado, so pena de
excomunión, que nadie predicase milagros falsos o inciertos, y él “no había
predicado milagro ninguno de los que decía que había hecho la dicha imagen de
Ntra. Sra. ni hacía caso de ellos: que andaba haciendo la información, y según
lo que se hallase por cierto y verdadero, aquello se predicaría o disimularía:
que los milagros que Su Señoría predicaba de Ntra. Sra. de Guadalupe, es la gran
devoción que toda esta ciudad ha tomado a esta bendita imagen, y los indios
también”. La información se suspendió y quedó sin concluir. Nada se hizo contra
el P. Bustamante, quien, a pesar de aquel sermón, fué otra vez electo provincial
en 1560 y después Comisario general.
32.- V.S.I. tiene a la vista el expediente original, y puede cerciorarse por sí
mismo de su autenticidad y de que en él se encuentra lo que dejo extractado.
Después de leído el documento, a nadie puede quedar duda de que la Aparición de
la Sma. Virgen el año de 1531 y su milagrosa pintura en la tilma de Juan Diego
es una invención nacida mucho después. Desde luego coincide extrañamente este
instrumento jurídico con lo que diez y nueve años después escribía el Virrey
Enríquez. El provincial decía en 1556 que la devoción era nueva y no tenía
fundamento, sino que se había levantado por los milagros dudosos que de la
imagen se contaban: el virrey tampoco le asigna origen cierto y da a entender
que comenzó en 1555 ó 56, por haber publicado un ganadero que había cobrado la
salud yendo a la ermita. Uno de los testigos de la información, el Sr. Salazar,
acabó de confirmar que la fundación de la ermita no venía de aparición ni
milagro alguno, pues dijo “que lo que sabe es que el fundamento que esta ermita
tiene desde su principio, fue el título de la Madre de Dios, el cual ha
provocado a toda la ciudad a que tenga devoción en ir a rezar y a encomendarse a
ella”. De suerte que ese solo título de la Tonantzin de que habla Sahagún, fué
el que dio origen al culto.
33.- Dijo el P. Bustamante, que la imagen fué pintada por el indio Marcos, y con
otro testimonio se confirma la existencia y habilidad de ese pintor, pues Bernal
Díaz, en el capítulo 91, menciona con elogio al artista indio Marcos de Aquino.
34.- Tenemos, pues, comprobado de una manera irrecusable que a los veinticinco
años de la fecha que se asigna al suceso, y a la faz de muchos contemporáneos,
condenaba el P. Bustamante en ocasión solemnísima, la nueva devoción a Ntra.
Sra. de Guada-lupe; pedía severo castigo para el que la había
levantado con la publicación de milagros falsos, y publicaba que aquella imagen
era obra de un indio,
sin que se alzase una sola voz para contradecirle. Becerra Tanco dejó escrito
que apenas se verificó la última aparición al Sr. Zumárraga, se difundió “por
todo el lugar la fama del milagro” y un gran concurso de pueblo acudía a venerar
la imagen. ¿Pues cómo el Sr. Arzobispo, tantos testigos de vista, el pueblo
entero, no aniquilaron los cargos del predicador con sólo echarle a la cara el
origen divino de la imagen, bastante para justificar aquella devoción? ¿Cómo
pudiera oír sin escándalo que se atribuyese a un indio la obra maravillosa de
los ángeles? ¿Cómo quien tales cosas decía en un púlpito, no fué inquietado?
¿Cómo el Sr. Arzobispo que se veía acusado coram populo de fomentar una devoción
idolátrica y de predicar milagros falsos, trata de justificarse tímidamente de
tales acusaciones en vez de confundir al predicador con la comprobación del gran
prodigio? Si los documentos originales existían, bastaba con publicarlos, pues
imprentas no faltaban; si ya habían perecido, aquélla era la ocasión de
reponerlos con una información facilísima, en vez de dejarla para ciento diez
años después. Nada se hizo. Considere V.S.I. el efecto que acusaría hoy, no ya
el sermón entero del P. Bustamante, sino la simple proposición de que la imagen
era obra de un indio: qué clamor se levantaría entre los muchos que creen la
Aparición, las defensas que saldrían (pues sin tanto motivo se escriben) y los
malos ratos que pasaría el predicador. Recuérdese lo que le avino al P. Mier
sólo por haber dicho que la imagen no se pintó en la tilma de Juan Diego, sino
en la capa de Sto. Tomás. Pero a los veinticinco años del suceso, aquel sermón
no escandalizó sino porque en él se atacaba irrespetuosamente al Sr. Arzobispo,
y porque en cierta manera se procuraba menoscaber el culto a la Reina de los
Cielos.
35.- La devoción de 1556, fervorosa como todas las nuevas, fué cediendo hasta
desaparecer. Testimonio de ellos nos ha dejado el Lic. D. Antonio de Robles en
su Diario de sucesos notables: documento pri-vado en que indudablemente se
encuentra la verdad. Registrado a 22 de Marzo de 1674 el fallecimiento del Br.
Miguel Sánchez, dice “que de la Aparición compuso un docto libro, que al parecer
ha sido medio para que en toda la cristiandad se haya extendido la devoción de
esta sacratísima imagen de Guadalupe, estando olvidada aún de los vecinos de
México, hasta que este venerable sacerdote la dió a conocer, pues no había en
todo México más que una imagen de esta soberana Señora en el convento de Sto.
Domingo, y hoy no hay convento ni iglesia donde no se venere, y rarísima la casa
y celda de religioso donde no esté su copia”. De manera que en 1648, nadie sabía
de la Aparición, nadie conocía ya la imagen; la devoción había acabado por
completo.
36.- Mas he aquí que el Br. Sánchez publica su libro (el primero en que se vió
la historia de la Apa-rición a Juan Diego), y todo cambia como por encanto. ¿Era
que en aquel libro se relataba, apoyada con documentos auténticos e
irrefragables, una historia gloriosa, hasta entonces desconocida? No. La verdad
siempre se abre camino, y el autor principia por esta confesión: “Determinado,
gustoso y diligente busqué papeles y escritos tocantes a la santa imagen y su
milagro: no los hallé, aunque recorrí los archivos donde podían guardarse: supe
que por accidentes del tiempo y ocasiones se habían perdido los que hubo. Apelé
a la providencia de la curiosidad de los antiguos en que hallé unos, bastantes a
la verdad”. Sigue diciendo muy a la ligera, que confrontó esos papales con las
crónicas de la conquista, que se informó de personas antiguas, y por último, que
aun cuando todo eso le hubiera faltado, habría escrito, porque tenía de su parte
la tradición.
37.- Al publicar historia tan peregrina, debiera haber hecho constar con la
mayor puntualidad las fuentes de donde la había sacado, y no contentarse con
esas generalidades tan vagas, calificando por su propia autoridad de bastantes
unos papeles, sin decir cuáles eran ni de qué autor. Contaba mucho con la
credulidad de sus lectores, y en eso no se engañó. Para abusar todavía más de
ella y desacreditar por completo su grande arma de la tradición, tuvo la
ocurrencia de publicar al fin del libro una carta laudatoria del Lic. Laso de la
Vega, Vicario de la ermita misma de Guadalupe, en la cual el buen vecino
confiesa sencillamente que él y todos sus antecesores habían sido “unos Adanes
dormidos que había(n) poseído a esta Eva segunda sin saberlo”, y a él le había
cabido la suerte de ser el “Adán despertado”, lo cual en idioma común quiere
decir que ni él ni todos los vicarios o capellanes de la ermita habían sabido
palabra del origen milagroso de la imagen que guar-daban, hasta que el P.
Sánchez lo había revelado.
El Adán despierto o sea el Lic. Laso de la Vega, tomó la cosa tan a pechos, que
el año siguiente, 1649, imprimió una relación, suya o ajena, en mexicano, con lo
cual acabó de correr entre los indios la historia del P. Sánchez.
38.- El libro de éste salió en momento oportuno para ganar crédito. La admirable
credulidad de la época, junto con una piedad extraviada, hacía admitir desde
luego cuanto parecía redundar en gloria de Dios, sin advertir, como muchos no
advierten hoy, que a la Verdad Suma no se da honra con la falsedad y el error.
Los pergaminos de la torre Turpiana y los plomos del Sacromonte de Granada
alcanzaron tal crédito, que se pasó un siglo en disputa antes que la Santa Sede
los condenase. El P. jesuíta Román de la Higuera infestó por largo tiempo la
historia de España con sus falsos cronicones, a que siguieron los Lupián Zapata,
Pellicer de Ossau y otros.
Aquellas falsificaciones tenían por objeto completar los episcopologios truncos
de muchas sedes españolas; probar la venida de Santiago y de varios discípulos
de los Apóstoles a España; dar santos a diversas ciudades que no los tenían, y
en suma: acrecentar glorias a la Iglesia de España. Los que aquello vieron se
alamparon cada uno a su ignorado obispo o a su nuevo santo, sin que hubiese modo
de hacérselos soltar. Las ciudades formaron sobre tan malos fundamentos sus
historias particulares, que extendieron el contagio. No todos fueron engañados;
pero nadie se atrevía a impugnar aquellas torpes invenciones por temor a la
grita que se levantaría contra el que combatiera tan piadosas mentiras. El
empuje popular era irresistible, y costó mucho tiempo y trabajo limpiar de
aquella basura la historia civil y eclesiástica de España. Era una época de
misticismo, en que el espíritu público estaba dispuesto a acoger y apoyar cuanto
se refiriera a comunicaciones o manifestaciones sobrenaturales; cualquier forma,
en fin, de milagro. El que de continuo ofrece la naturaleza con el cumplimiento
invariable de sus leyes, no satisfacía: se necesitaba siempre la excepción de la
regla, y que la intervención directa de la Divinidad viniera a derogar hasta en
las cosas más fútiles, lo que desde la creación quedó sabiamente establecido.
Los milagros habían de obrarse casi siempre por medio de las imágenes, que eran
todas de origen milagroso también. De aquí tantas historias de ellas: ya la que
dos ángeles en figura de indios dejaban en la portería de un convento; ya la que
se renovaba por sí misma; ya la que se hacía tan pesada en el lugar donde quería
quedarse, que no era posible moverla de allí, ya la que salía de España a medio
hacer, y llegaba aquí concluída; o la que se volvía varias veces al lugar de
donde la habían quitado, o la que hablaba, pestañeaba, sudaba o por lo menos
bostezaba. Tan decidida era la afición a los milagros, que aun los hechos
notoriamente naturales eran tenidos y jurados por maravillosos.
39.- En terreno tan bien preparado cayó el libro del P. Sánchez, y así
fructificó. A nadie le ocurrió preguntarle de dónde había sacado historia tan
peregrina, que el capellán mismo de la ermita la ignoraba: su libro fué
sencillamente aprobado como cualquier otro: la autoridad no le llamó a cuentas,
sino que por un procedimiento enteramente opuesto al natural y debido, en vez de
exigirle las pruebas de aquella historia y de los milagros que contaba, se
dirigió todo el empeño a procurarle los fundamentos que no tenía.
A esta idea extraviada debemos las tristes informaciones de 1666.
40.- Confirmando el aserto de Muñoz he dicho, que antes de la publicación del
libro del P. Sánchez, en 1648, nadie había hablado de la Aparición. Los
apologistas, conociendo la urgente necesidad de des-truir tal aserto, han
alegado diversos documentos anteriores, cuyo valor conviene examinar. El Sr.
Tornel (tom. II, pp. 15 y 18) los ha enumerado, dividiéndolos en probables y
ciertos. Los probables P. Mendieta y parafraseada por D. Fernando son:
1- Los autos originales formados por el Sr. Zumárraga.
2- La carta que él mismo escribió a los religiosos de su orden residentes en Europa.
3- La Historia de la Aparición escrita por el Alva.
no sería extraño que algunos, o lo más se hubiesen perdido, esa desaparición
total es inexplicable. Singu-lares apologistas los que, escribiendo obras, a
veces bastante voluminosas, no reservaron un rincón para los documentos en que
se apoyaban, habiendo gastado tanta tinta y papel para remendar un edificio que
por todas partes se abre. Una colección de esos antiquísimos y rarísimos papeles
en un pequeño cuaderno, valdría más que todas las apologías. Pero unos se
perdieron, otros fueron robados; aquellos se vendieron por papel viejo, los de
más allá se quemaron; en fin, todos han desaparecido, y ninguno se puede hoy exa-minar
ni sujetar a crítica. Sólo se sabe que existieron, porque uno que los vió, lo
dijo a otro, y este último a otro más, quien contó al que lo va escribiendo; y
todos los intermediarios eran, por supuesto, personas ancianas, venerables y
veracísimas, para venir a parar después de tantos trámites y ponderaciones, en
el cuento de la carta aquella del Sr. Zumárraga que vió el P. Mesquia, y que se
quemó tan oportunamente.
42.- Acerca de los números 1 y 2, es decir, los autos originales, y esa carta
del Sr. Zumárraga, he dicho lo bastante y pues sólo se dan como probables,
afirmó que nunca existieron, y paso adelante. La misma calificación de probable
trae la historia escrita por el P. Mendieta (n° 3); más valiera decir con
franqueza que nunca la hubo. Trátase de una relación de autor incierto, que
Betancourt atribuía en duda al P. Mendieta o a Ixtlixóchitl. Florencia, propenso
siempre a añadiduras y ribetes, ya dice que Betancourt le afirmó que era de
Mendieta: vino Sigüenza y se enfadó contra el P. Florencia por haber añadido
aquello después que él dió la aprobación a Estrella del Norte: con tal motivo
declara y aun jura que se trataba de la traducción parafrástica de un original
mexicano de letras de D. Antonio Valeriano, hecha por Ixtlilxochitl. Cabrera la
atribuye a Fr. Francisco Gómez, que vino con el Sr. Zumárraga. Después de esto
no comprendo cómo pudo dar el Sr. Tornel, ni aun por probable esa historia del
P. Mendieta.
43.- El primero de los documentos ciertos es la historia de D. Antonio
Valeriano. Ya que Sigüenza jura que tuvo una relación de letra de D. Antonio
Valeriano, no pondré duda en ello. Pero aquí de la desgracia, porque esta pieza
capital no existe, ni la ha visto ningún moderno, ni se ha publicado jamás, para
que pudiéramos saber lo que decía y cómo lo decía. El P. Florencia, que tan
ampliamente usó de ella, se proponía imprimirla al fin de su historia, y al cabo
fué saliendo con la frialdad de que por haber resultado aquélla muy abultada, ya
no imprimía la relación; por lo cual le increpa fuertemente y con razón Conde y
Oquendo. Siempre la fatalidad. Sigüenza, para corro-borar que Mendieta no pudo
ser autor de la tal relación, dice que en ella se leían algunos sucesos y casos
milagrosos “que acontecieron años después de la muerte de dicho religioso”. El
P. Mendieta falleció en Mayo de 1604 y D. Antonio Valeriano en Agosto de 1605;
luego si se hablaba de sucesos ocurridos años des-pués de 1604, no pudo
escribirlos quien murió en el siguiente de 1605, y tampoco Valeriano es autor de ese papel, aunque pareciera escrito de su letra; o bien el documento está
interpolado. En resumen, la relación no existe, ni puede conocerse más que por
el extracto que de ella da Florencia, en él que no faltan, por cierto pormenores
inverosímiles. Los apologistas de la Aparición exigen que para comprobar el
argumento negativo se les presente hasta el último papel posible e imaginable;
al paso que dan como de recibo documentos dudosos, obscuros y enfermizos, que ni
siquiera pueden exhibir.
44.- El cantar del D. Francisco Plácido (No. 5) se encuentra exactamente en
igual caso. También ofreció Florencia imprimirlo, y también se le dejó en el
tintero, por lo abultado del libro. ¿No pudo haber desechado algo de la mucha
paja que éste tiene, para dejar hueco a papeles de tan alta importancia? Y si no
quiso imprimirlos el que los tenía, ¿por qué formar queja de que ahora no se dé
crédito a los que sólo conocemos por noticias de segunda mano y extractos nada
seguros? El cantar fué dado al P. Florencia por D. Carlos de Sigüenza, quien le
halló entre escritos de Chimalpáin. No falta quien piense que no ha habido
escritor de tal nombre. Aunque yo no me atreva a tanto, creo que la sola
circunstancia de haberse cantado el día que “de las casas del Sr. Obispo
Zumárraga se llevó a la ermita de Guadalupe la sagrada imagen”, basta para negar
la autenticidad del himno, pues no hubo tal ocasión de que se cantase.
45.- Pasemos al mapa de las Informaciones de 1666, Doña Juana de la Concepción,
india de 85 años, declaró que por haber sido su padre hombre muy curioso, todo
cuanto pasaba en México y su comarca lo escribía y asentaba, en mapas; y que en
ellos tenía asentada si mal no se acuerda, la Aparición. Y aquí viene la
desgracia de siempre, porque al viejo le ro-baron aquellos mapas, y la hija no
pudo dar más que esa indicación vaga, que no sé de que sirva.
46.- El testamento de una parienta de Juan Diego (No. 7) aparenta mayor
importancia, porque en él se menciona (según Boturini, único que lo vió) una
aparición en estos términos: “En sábado se apareció la muy amada Señora Santa
María, y se avisó de ello al querido párroco de Guadalupe”. La traducción es de
Boturini, pues el original estaba en mexicano, y ciertamente que la palabra
teopixque no corresponde exclusivamente a la de párroco, como notó muy bien el
Sr. Alcocer, sino que significa padre o sacerdote en general; pero no puedo
admitir que la indicación se refiera al Señor Zumárraga, “que era verdaderamente
Padre y muy amado de los indios”, como quiere el mismo Señor Alcocer, porque el
sentido común, está di-ciendo que el alto cargo del Señor Zumárraga no era para
que se le añadiese el calificativo de una ermita.
Al Obispo llamaban Hueytopixqui (sacerdote mayor ó principal) según Florencia.
Lo que pura y simplemente dice el texto es que la Virgen se apareció en sábado,
y que se dió aviso del suceso al sacerdote (capellán o vicario) que estaba en la
ermita de Guadalupe. Con esto queda ya dicho que la aparición de que se trata no es la famosa
de la Virgen a Juan Diego, pues según todos los que de ella escriben, cuando se
verificó no había nombre de Guadalupe, ni ermita, ni sacerdote allí a quien
avisar, sino que todo vino de aquel prodigio. Se trata de uno de tantos milagros
que por los años de 1555 ó 56 se atribuían a la imagen; y esto se confirma con
la seca manera de enunciar el caso sin ninguna circunstancia particular que lo
distinga.
47.- Concuerda con esta noticia otra que los últimos apologistas no han
aprovechado, aunque habrían podido atribuirle gran valor. Juan Suárez de Peralta
en sus Noticias Históricas de la Nueva España, escri-tas hacia 1589, dice que el
Virrey Enríquez “llegó a Ntra. Sra. de Huadalupe, que es una imagen devotísima,
que está de México dos lehuechuelas, la cual ha hecho muchos milagros (aparecióse
entre unos riscos, y a esta devoción acude toda la tierra) y de allí entró en
México”. Vemos que Suárez anuncia esa aparición con igual sequedad que el
testamento, entre un paréntesis, y sin hacer caso de ella. No llama a la imagen
aparecida, sino devota. Es preciso distinguir entre una aparición cualquiera, de
las muchas que se cuentan, que no deja rastro de sí, ni pasa de la persona
favorecida, en cuyo dicho únicamente se funda, y la Aparición de la Virgen a
Juan Diego, delante de testigos, y que permanece atestiguada perpetuamente en la
imagen pintada por milagro. Preciso es repetirlo: lo que se cuestiona no es si
la Virgen se apareció a alguien bajo la figura de la imagen de Guadalupe ya
existente; sino si se apareció a Juan Diego en 1531 con las circunstancias que
se relatan, y al fin quedó pintada en su tilma: es decir, si la imagen que
tenemos es de origen celestial.
48.- En esto de testamentos de indios hay cierta confusión. El Sr. Lorenzana vió
los de Juana Martín y D. Esteban Tomelín (N° 8): no publicó el primer por estar
enmendado el año. en el otro otorgado en 1575, hay un legado a Ntra. Sra. de
Guadalupe. Este hay que ponerlo a un lado, pues dejar un legado a Ntra. Sra. de
Guadalupe no es atestiguar su aparición, y pues en 1575 había ya iglesia, nada
tiene de particular ni prueba nada que D. Esteban le dejase una manda o limosna.
Del de Juana Martín no conocemos cosa alguna: ni aun la fecha. Hay quien piensa
que es el mismo atribuído por Boturini a una parienta de Juan Diego. El Sr.
Alcocer dice que se envió original a España con los demás papeles de D. Fernando
de Alva (Ixtilxochitl). No sé qué fundamento tendría para asentar esto. Lo
cierto es que de los papeles de D. Fernando quedaron copias en México, y no
quedó del testamento. Continúa la fatalidad destruyendo los papeles de los
apologistas.
49.- Del testamento de Gregorio Morales, otorgado en 1559 (N° 9) dice el Señor
Alcocer que poseía copia que en él se asienta la Aparición, y que muchos reputan
por uno mismo éste y el de Juana Martín. ¿Por qué no publicó la copia que tenía,
para que viésemos como se asienta la Aparición, o si no hay más que el legado,
de una tierra, cómo en el de Tomelín? ¿Qué crédito merecen estos testamentos
desconocidos, cuando ni siquiera se sabe si son diversos o uno sólo?
50.- Menciónase también una relación de D. Fernando de Alva Ixtilxóchitl (N°
10), que según la declaración jurada de Sigüenza no era más que una traducción
parafrástica de la atribuída a Valeriano. Por lo mismo no puede considerarse
como documento diverso. Los papeles en que fundó su historia el P. Sánchez (N°
11) se alegan también. Nadie sabe cuáles fueron, si es que los hubo. El
malicioso Bartolache dice que “hubiera hecho muy bien el Br. Sánchez en haber
dicho qué papeles fueron los que halló y dónde”. Y pues no lo dijo, ¿qué
pruebas? ¿Quién puede calificarlos ahora? De más gravedad parecen los anales
indios que tenían el P. Baltazar González de la compañía de Jesús, los cuales
llegaban a 1642 y en el año que le toca está el milagro de Ntra. Sra. de Guada-lupe.
Son palabras de Florencia. ¿Por qué dijo el milagro y no Aparición? Estas vagas
indicaciones de mapas en que está asentada la Aparición, no infunden confianza,
porque como antes dije, no se trata de una aparición cualquiera de la Virgen de
Guadalupe, sino de la aparición a Juan Diego, y de la pintura milagrosa en la
tilma. Entre los muchos milagros que a mediados del siglo se atribuían a la
imagen, es casi seguro que incluían algunas apariciones, como las que refieren
la parienta de Juan y Suárez de Peralta. Aún cuando así no fuera, es costumbre
que todavía dura, pintar en los retablos de milagro la imagen del santo que lo
hizo, como si se apareciese en el aire al devoto, sin que nadie pretenda por eso
que la aparición fué real, sino que es la manera de indicar cuál fué el
intercesor. Un retablo semejante pintado en unos anales indios, sin texto que
declare el asunto, puede tomarse por una aparición real, sin serlo.
51.- A cualquiera llamará la atención que entre los documentos anteriores al
libro del P. Sánchez se cuente la relación mexicana de Laso de la Vega, que
salió al año siguiente, (N° 13). Es que sin más fundamentos que la elegancia del
lenguaje y otros igualmente leves, se ha asentado que el Lic. Laso no es autor
de ella, sino que el verdadero es mucho más antiguo “y probabilísimamente es la
misma historia o paráfrasis de D. Antonio Valeriano”. Si se acepta esa
superlativa probabilidad, el documento se reduce a otro y no es uno más. Pero
sería bien extraño que después de haber dicho Laso en 2 de Julio que no había
sabido hasta entonces palabra de tal historia, ya en 9 de Enero de 1649 tuviera
presentada y aprobada la relación. ¿Dió la casualidad de qué dentro de esos seis
meses apareciera la relación que tanto tiempo había estado oculta? Si ya la
tenía el P. Sánchez, ¿por qué no se refirió a tan precioso documento, en vez de
contentarse con vaguedades? Aquí no hay relación alguna. Inflamada la devoción
de Laso con el relato de Sánchez, quiso divulgarlo entre los indios, y para ello
lo abrevió y puso en lengua mexicana. Eso es todo.
Si el lenguaje es bueno, para eso habría entonces gran-des maestros de mexicano,
y basta con recordar el nombre del P. Carichi, que el año de 1645 imprimió su
famosa gramática.
52.- El Dr. Uribe (1777) habla de una historia de la Aparición en lengua
mexicana “archivada en la Real Universidad, cuya antigüedad aunque se ignora a
punto fijo se conoce que se remonta hasta los tiempos no muy distantes de la
Aparición, ya por la calidad de la letra, ya por su materia, que es masa de
Maguey, de la que usaban los indios antes de la conquista”. (N° 14). Mucho
después continuaron usándola, y tengo documentos de 1580 escritos en ese papel.
Pero ¿qué contenía esa relación? ¿Cuál era su fecha? ¿Dónde para hoy? No hay
quién conteste a estas preguntas. ¿Por qué no publicar, vuelvo a decir, ni
siquiera uno de estos documentos? Dudas había en tiempo del Sr. Uribe puesto que
escribió una defensa; el Cabildo de la Colegiata no era pobre: ¿qué le impidió
sacar a luz los documentos que citaba el defensor, como suele hacerse en todo
alegato? ¿No le hizo costear después D. Carlos Bustamante la impresión del
segundo libro XII del P. Sahagún, haciéndole creer que era un documento
fehaciente de la verdad de la Aparición aunque no habla palabra de ella? Pues si
tanto ha sido el descuido, ¿por qué se quiere que recibamos como buena y
concluyente lo que no se conoce? Cuando vemos la constante e inexplicable
terquedad con que los apologistas confunden el culto y la aparición, es muy
fundado el temor de que en esos papeles desconocidos no se habla más que de
culto, de mandas o de limosnas, como sucede en el testamento de Tomelín y muy
probablemente en el de Gregoria Morales, que sin embargo se alegan como pruebas
de la aparición.
53.- Bartolache, más precavido no quiso proceder tan de ligero como sus
predecesores, sino que habiendo encontrado un añalejo manuscrito, en la
biblioteca de la Universidad, hizo que el secretario le certificase la exactitud
de los dos pasajes que extrajo. El añalejo no es original sino copia hecha al
parecer en Tlaxcala, indudablemente en tiempos comparativamente modernos, pues
según el mismo Bartolache, comprende sucesos desde 1454 hasta 1737 inclusive.
Los pasajes citados son: uno del año 13 cañas, 1531, que traducido al castellano
dice: “Juan Diego manifestó a la amada Señora de Guadalupe de México: llamábase
Tepe-yacac”. El otro es de 1548, 8 pedernales y dice: “Murió el Juan Diego a
quién se apareció la amada Señora de Guadalupe de México”. La correspondencia
del año está errada, porque al 1548 toca el siglo 4 Pedernal, no. 8. Ignoro qué
disposición tenía el añalejo: la que comúnmente se les daba era poner al margen,
como en una columna o tablero, los signos de los años, y al frente de cada uno
escribir lo que ocurría de notable: si nada había, quedaba el signo sólo. Tal es
a lo menos la disposición de la pintura Aubin y de otras. Si el añalejo de
Bartolache llegaba a 1737, la copia era, cuando menos, de esa fecha, que es
precisamente la de la peste que fué causa u ocasión de la jura del patronato de
Ntra. Sra. de Guadalupe. Muy fácil fué añadir entonces en la copia estos
pasajes, al frente de los signos correspondientes. De todos modos hace fuerza
que sólo en un añalejo de pocas fojas, no ori-ginal sino copia, concluído cuando
se hallaba más exaltado el sentimiento piadoso en favor de la imagen, se
encuentren tales menciones, y no en otros auténticos, conocidos y que no
sintieron la influencia del libro del P. Sánchez, porque no llegan a su fecha.
54.- Agrávanse las dudas
acerca de la existencia o del valor de todos esos documentos con el hecho de que
en 1662 el Canónigo D. Francisco Siles, grande amigo y admirador de Sánchez,
hizo que se solicitase de la Silla Apostólica la concesión de fiesta y rezo
propio para el día 12 de Diciembre, y en vez de remitir, como era natural, en
apoyo a la petición, algunos instrumentos auténticos que asegurasen un pronto y
favorable despacho, sólo acompañó instancias de los cabildos y de las
religiones. A lo menos podían haber ido aquellos papeles que el Br. Sánchez,
calificó de bastantes para levantar sobre ellos su inaudita historia. De Roma se
anunció en respuesta al envío de un interrogatorio por el cual fuesen examinados
los testigos del milagro. Antes de que llegara, preparó el Canónigo lo necesario
para recibir la información, que en efecto se hizo a fines de 1665 y principios
de 1666. El documento se perdió en Roma y nunca se ha publicado su texto:
tenemos únicamente los extractos que trae Florencia. Estas son las famosas
Informaciones de 1666 que por el número de testigos y la calidad de muchos de
ellos, se consideran como de los mejores comprobantes de la verdad del milagro.
55.- La información se hacía ciento treinta y cuatro años después de la fecha
que se asigna al suceso, y claro es que no podían ya quedar testigos de la
vista. Pero se encontraron oportunamente indios octogena-rios y aún más que
centenarios, que alcanzaron a padres o abuelos igualmente longevos, de manera
que con dos vidas bastó para remontarse a 1531 y más allá.
Lo incomprensible es que antes de 1648 todo el mundo ignoraba la Aparición, no
hubo escritor que la refiriese, ni aun por incidencia: el P. Bustamente
predicaba un sermón que equivaldría a negarla: ninguno de esos ancianos de
Cuauhtitlán, que se hallaban tan bien informados por sus padres y abuelos,
advirtió a los cape-llanes de la ermita el valor del tesoro que guardaban: ellos
ignoraban todo y eran unos “Adanes dormidos”: el culto había decaído al extremo
de no existir el lugar público de la ciudad de México más que una copia de la
Virgen de Guadalupe; y en medio de ese silencio general, apenas publica el P.
Sánchez su libro sin comprobante, cuando la devoción vuelve a encenderse, toman
parte en fomentarla corporaciones tan respetables como el Cabildo Eclesiástico;
llévese el asunto por aclaración a Roma; aparecen por todas partes testigos
calificados que unánimes y bajo juramento declaran saber de mucho tiempo atrás
lo que hasta entonces nadie, ni ellos habían sabido. La lectura más superficial
de la información del Sr. Montúfar, sin otra prueba, deja en el ánimo una
convicción absoluta de que la historia fué inventada después; y sin embargo, a
los que la recogieron de la boca misma de Juan Diego. No me haría fuerza el caso
si solamente trata de los testigos indios, porque siempre han sido propensos a
las narraciones maravillosas, y no veo muy acreditados por su veracidad; pero
cuando veo que sacerdotes honorables y caballeros ilustres afirman la misma
falsedad, no puedo menos de confundirme, considerando hasta dónde puede llegar
el contagio moral y el extravío del sentimiento religioso. No cabe decir que
esos testigos se acercaban a ciencia cierta con un perjurio; pero es visto que
afirmaban bajo juramento lo que no era verdad. Es un fenómeno bastante común en
los ancianos, y lo he observado muchas veces, llegar a persuadirse de que es
cierto lo que han imaginado. Se juzgará, sin duda, absurdo y atrevido desechar
así un instrumento jurídico; pero el hecho es que la demostración histórica no
admite réplica y que las afirmaciones de unos veinte testigos de oídas, por
calificadas que sean, no pesan más que la terrible información de 1656 y el
mundo pero unánime y desapasionado testimonio de tantos escritores, y no menos
autorizados que aquellos testigos, y que llevan a su frente al Ilmo. Sr. Obispo
Zumárraga.
56.- A las informaciones se agregaron dictámenes de pintores y de médicos. Los
primeros afirmaron que aquella pintura excedía a las fuerzas humanas, y los
segundos que su conservación era milagrosa. Contra aquéllos hay la declaración
pública del P. Busta-mante: él dijo en el púlpito que la imagen era obra del
indio Marcos y nadie le contradijo. A los médicos pudiera decirse que se
conservan muchísimos papeles de mayor antigüedad, a pesar de que son más
frágiles que un lienzo y de que ruedan por todas partes. Los Sres. Canónigos que
en 1795 dieron el dictamen contra el sermón del P. Mier, decían que “los colores
se han amortiguado, deslustrado, y en una u otra parte saltado el oro, y el
lienzo sagrado no poco lastimado”. En todo caso la conservación de la imagen
sería milagro diverso y sin relación alguna con el de la Aparición. Se cree
también que la imagen de Ntra. Sra. de los Ángeles se conserva milagrosamente en
una pared de adobe y nadie le ha atribuido por eso origen divino.
57.- La Santa Sede, obrando con prudencia, dió largas al asunto, y aparece que
la devoción mexicana volvió a enfriarse un poco, porque el expediente durmió en
Roma unos ochenta años y hasta se perdieron las informaciones de 1666. Fué
preciso que un acontecimiento tan notable como la peste de 1737 viniera a
revivir el fervor. La ciudad quiso jurar por su patrona a la Sma. Virgen de
Guadalupe, y con tal motivo se renovaron en Roma las instancias con grandísimo
empuje. El resultado fué la concesión del rezo el 25 de Mayo de 1754.
58.- Para sacar una copia exacta de la imagen y enviarla a Roma en apoyo de las
nuevas diligencias, se hizo otra inspección de pintores el 30 de abril de 1751;
entre ellos estuvo el célebre D. Miguel Cabrera, quién imprimió después su
dictamen con el título de “Maravilla Americana”. Puede suponerse lo que diría un
pintor preocupado ya con la creencia general, con el resultado de la inspección
de 1666, y con la presencia de altos personajes, que no le dejaban libertad, ni
le hubieran tolerado la menor indicación de que había en la imagen algo que no
fuera sobrenatural y divino. Años después y en tiempos ya diversos, sólo porque
Bartolache publicó en la Gaceta el anuncio de su “Manifiesto Satisfactorio”, no
faltó quien le dirigiese un anónimo tratándole de judío y conminándole con
castigos dignos de su pecado, en ésta o en la otra vida. Y el caritativo Conde y
Oquendo desea “que no se atizasen las llamas del purgatorio de ningún incrédulo”
(Bartolache que lo fué sólo a medias); cuando acabase de caer en pedazos la
copia colocada en la capilla del Pocito. Así es que Cabrera explicó lo mejor que
pudo, conviertiéndolos en primores, los defectos de arte que se notan en la
pintura, y huyó el cuerpo al más aparente, cual es que las figuras doradas de la
túnica y de las estrellas del manto estén colocadas como en una superficie
plana. Bartolache hizo practicar el tercer examen de pintores el 25 de Enero de
1787 en presencia del Sr.Abad y un Canónigo de la Colegiata. Las declaraciones
de estos facultativos discrepan ya bastante de lo que habían asentado los
antiguos. El tosco ayate de maguey se convirtió en una fina manta de la palma
iczotl: aseguraron que tenía aparejo, negaron algunas particularidades notadas
por Cabrera, y, en fin: preguntados si supuestas las reglas de su facultad, y
prescindiendo de toda pasión o em-peño, tienen por milagrosamente pintada esta
santa imagen, respondieron: “que sí, en cuanto a lo sustancial y primitivo que
consideran en nuestra santa imagen; pero no, en cuanto a ciertos retoques y
rasgos que sin dejar duda demuestran haber sido ejecutados posteriormente por
manos atrevidas”. La gravedad del caso exigía que hubiesen especificado qué era
lo añadido por esas manos atrevidas. Grande es la distancia entre el entusiasmo
de Cabrera y las frías reticencias de los pintores de Bartolache. No imagino que
aquél obrara de mala fe. Los colores de los indios eran muy diversos de los
nuestros, y por eso es extraño que causasen confusión a los pintores de los
siglos XVII y XVIII, hasta hacerles imaginar que en un sólo lienzo se reunían
cuatro géneros de pintura, diversos y aun opuestos entre sí: ellos no conocían
ya aquella especie de pintura. Esto, las ideas preconcebidas, y el respeto que
infunde un concurso de personas hono-rables explican bien los dictámenes de los
peritos antiguos. Como algunas de estas circunstancias no obraban ya con igual
fuerza en los Bartolache, respondieron de otra manera.
59.- Vengamos a la tradición, que es el arma más poderosa de los apologistas, y
tanto, que Sánchez se habría atrevido a escribir con sólo ella, aunque todo lo
demás le faltase. Traditio est, nihil amplius quaeras, repiten todos. Sea
enhorabuena, aunque no estoy del todo conforme con el sentido que da a
proposición tan absoluta. Pero hay que saber primeramente si la tradición existe
y por todo lo que va ya apuntado se advierte que en nuestro caso no la hubo.
Tradición es quod ubique, quod semper, quod ab omnibus traditum est. Para que
fuera quod semper sería preciso que viniese sin interrupción desde los días del
milagro hasta la fecha del libro del P. Sánchez (1648): en adelante ya no hubo
tradición, pues el suceso se refirió en escritos. Precisamente en aquel período
crítico es donde nos falta. No la había en 1556 cuando el P. Bus-tamante predicó
su sermón, porque si ya la hubiera, él no dijera lo que dijo o si lo dijera se
habría levantado un clamor general contra el atrevido que atribuía al pincel de
un indio la imagen celestial. No la había en 1575 cuando el virrey Enríquez
escribía su carta, pues no logró saber el origen de aquel culto ni en 1622 al
predicar su sermón el P. Zepeda. No la había en el año de 1646, porque los
capellanes mismos del santuario o ermita la habían ignorado e ignoraban, hasta
que el libro del P. Sánchez vino a abrirles los ojos. ¿Dónde, entre quiénes
andaba, pues, la tradición? Tampoco es quod ab omnibus, porque ninguno de los
distinguidos escritores de ese período la conocían, o a lo menos ninguno la
creyó digna de aprecio. No fué aquélla una época remotísima y tenebrosa con diez
siglos de edad media encima; no vino después ninguna inva-sión de bárbaros que
acabase con todo. Imprentas hubo que multiplicaron los escritos del argumento
negativo; no se halló una que diera uno de los documentos positivos que ahora se
alegan. Si en uno o dos escritores siquiera, de los más inmediatos al suceso,
poco fidedignos que en lo demás fueran, encontrara yo alusiones a la tradición,
ya creería yo por lo menos que corría entre el vulgo y que valía la pena de
aquila-tarla. Más no sé como dar nombres de tradición auténtica jurídica y
eclesiástica a esa que en ninguna parte se halla, que el Sr. Montúfar y los
capellanes de la ermita ignoran; que no encuentra cabida en ningún escrito que
tiene más bien pruebas en contra y que al cabo de más de un siglo de silencio,
parece por primera vez con asombro general en las páginas de Sánchez para
levantarse tan luego grande, universal, no inte-rrumpida en las declaraciones de
los ancianos de 1666, que hasta entonces habían callado como muertos y dejado
perder hasta el culto de la imagen aparecida.
Si esto debe entenderse por tradición, no habrá fábula que no pueda probarse con
ella.
60.- No quiero detenerme a examinar los autores posteriores al libro de Sánchez:
todos bebieron en esa fuente, añadiendo, desfilando, ponderando y exage-rando
más y más. Son autores de segunda mano, que no publicaron documento nuevo. Entre
ellos se distingue el P. Florencia por la multitud de pormenores que refiere,
sacados nadie sabe de dónde, y algunos tan inverosímiles como el de la castidad
que guardó Juan Diego en su matrimonio, por haber oído un sermón de Fr. Toribio
de Motolinia. ¿Cómo pudo ave-riguar cosas tan íntimas el autor de la relación
que Florencia dice haber visto, si no confesó a Juan Diego? El fecundo jesuíta
empleó la mayor parte de su larga vida en escribir historias maravillosas de
Ntra. Sra. de Guadalupe, de Ntra. Sra. de los Remedios, de Ntra. Sra. de Loreto,
del Santo Cristo de Chalma, del de Santa Teresa, de San Miguel de Tlaxcala, y de
los Santuarios de la Nueva Galicia. Era el representante genuino de la época y
tenía sed de milagros. En sus manos todo es maravilloso, y cerró su carrera
dejando inédito el “Zodiaco Mariano”, que el P. Oviedo, del mismo instituto,
refundió y aumentó para darlo a la prensa. Libro detestable que merecía más que
otros estar en él Indice, por la multitud de consejas, milagros falsos y
rídiculos de que está atestado, con no poca irreverencia de Dios y de su
Santísima Madre.
61.- Algún reparo merecen las inverosimilitudes de la historia de la Aparición,
según la trae Becerra Tanco, que pasa por ser el autor más fidedigno.
62.- Juan Diego era un indio recién convertido: así lo dice Tanco, y lo
confirman otras circunstancias. En los primeros años sólo a los párvulos se admi-nistró
el sacramento del Bautismo, y rara vez a los adultos, cuando daban señales
extraordinarias de su fe, o se hallaban en artículo de muerte. Verdad es que lo
reciente de la conversión del indio no era en sí un obstáculo para que recibiese
un señalado favor del cielo; más parece que su instrucción religiosa era escasa.
Luego que vió el resplandor y oyó el concierto de pajarillos en el cerro le
ocurre una exclamación gentílica: “¿Por ventura he sido trasladado al paraíso de
deleites que llaman nuestros mayores origen de nuestra carne, jardín de flores o
tierra celestial, oculta a los ojos de los hombres?” Y a poco para no
encontrarse con la Virgen y evitar una reconvención, toma otro camino: esto no
es candidez sino ignorancia absoluta de la religión que habría abrazado. ¿Qué
idea tenía de la Sma. Virgen el buen Juan Diego, cuando con esta pueril
estratagema pensaba excusarse de ser visto por la Soberana Señora? La falta
cometida consistía en no haber acudido a la cita que ella le dió el día
anterior, porque fué a Tlaltelolco para pedir que se administrasen a su tío Juan
Bernardino los sacramentos de la Penitencia y Extrema Unción. Nadie ignora, pues
Mendieta lo dice que “a los principios en muchos años no se dió a los indios la
Extrema unción”.
La penitencia se les escaseaba.
63.- Cuando el indio quiso entrar a la presencia del Sr. Obispo, se lo
estorbaron los familiares y le hicieron aguardar largo tiempo. Quisiera yo saber
qué familiares tenía el Sr. Zumárraga en 1531, y cómo era que los indios
encontraban dificultades para acercarse a un prelado que siempre andaba entre
ellos, al extremo de que algunos españoles se lo tenían a mal.
64.- La última vez que Juan Diego se presentó al Sr. Obispo le llevó las
credenciales de su embajada, que eran las rosas solamente, según unos, y esas y
otras flores según otros. Ciertamente que la seña no era para creerla. Se hace
consistir lo maravilloso del caso en que el indio hallará las flores en la
estación del invierno y que estuvieran en la cumbre de un cerro estéril. Lo
primero nada tenía de particular, porque los indios eran muy aficionados a las
flores y las cogían en todo tiempo. Vemos hoy que no hay mes del año en que no
se vendan en México ramilletes de flores a precio ínfimo. La segunda
circunstancia no le constaba al Sr. Zumárraga: no sabía en que lugar se habían
cortado aquellas flores, que bien podían provenir de una chinampa. Así es que
ninguna sorpresa podía causarles que cayesen al suelo flores cuando el indio
descogió la manta, ni aquella seña servía para acreditar la embajada.
65.- Pero al mismo tiempo de caer las flores apareció pintada en la manta la
Santísima Virgen, “y habiéndola venerado (el Sr. Obispo) como cosa celestial, le
desató al indio el nudo de la manta, y la llevó a su oratorio”. Según eso,
ligero en creer era el Sr. Zumárraga y no puede atribuírsele cualidad más ajena
de su carácter, escrupuloso y severísimo como era en materia de milagros.
Disertan mucho los autores Guadalupanos sobre cuándo se pintó la imagen; cuando
todos concuerdan en que al soltar Juan Diego la tilma ya apareció pintada. Este
fué el gran prodigio; pero tampoco le constaba al Sr. Zumárraga. Si se le dijese
que por un momento, al descogerla, estuvo blanca la manta y enseguida apareció
la Santa Imagen, el prodigio habría sido evidente, y como obrado a su vista, no
podía ponerlo en duda el Sr. Zumárraga. Para Juan Diego lo sería pues habiendo
salido de casa con su manta blanca, la veía repentinamente pintada sin
intervención humana: más no para el Sr. Obispo. Este debía dudar, y con muy
buenos fundamentos del origen de la pintura. El indio se había ofrecido
animosamente a traerle la señal que él pidiese y venía saliendo con unas flores
que nada significaban: si hubiera obrado en presencia del Sr. Obispo alguna
maravilla, como Moisés delante de Faraón, ya sería otra cosa. Enseguida muestra
una imagen pintada en su tilma. Sólo por luz especial del cielo podía haber
conocido instantáneamente el Sr. Zumárraga que aquella pintura era celestial:
sin eso, lo natural era pensar que aquel indio no había hecho más que procurarse
de algún modo la imagen para dar fuerza con ello a la pobre credencial de las
flores. Aunque no sepamos de cierto que ya para esa fecha hubiese en México
pintores, tampoco nos consta lo contrario; y en todo caso, bien valía la pena de
que en negocio tan grave el cauto Sr. Zumárraga hubiese averiguado muy
detenidamente de dónde venía la pintura, en vez de arrodillarse ante ella tan
pronto como la vió, quitarla desde luego de los hombros del indio con sus
propias manos y exponerla inmediatamente al culto público en su oratorio. Ningún
obispo procedía tan de ligero y menos un varón tan serio. Otra circunstancia
debió aumentar su justa desconfianza: lo de que la imagen está pintada en una
manta fina de palma, y no en un grosero ayate de maguey, y que era la materia de
que usaban sus tilmas los macehuales o plebeyos, como Juan Diego. ¿De dónde le
había venido esa capa tan ajena de su humilde condición?
66.- El nombre de Guadalupe que la Santísima Virgen se dió a sí misma cuando
apareció a Juan Bernardino, ha atormentado a los autores y apologistas. “El
motivo que tuvo la virgen para que su imagen se llamase de Guadalupe (escribe
Becerra Tanco), no lo dijo y así no se sabe, hasta que Dios sea servido de
declarar este misterio”. Realmente es extraordinario que la Virgen, cuando se
aparecía a un indio para anunciarle que favorecería especialmente a los de su
raza, eligiese el nombre ya famoso, de un Santuario de España: nombre que
ninguno de sus favorecidos podía pronunciar, por carecer de las letras d y g el
alfabeto mexicano. Así es que fué preciso dar tormento al nombre, para traer por
los cabellos otro que en la lengua mexicana se le pareciese y atribuir luego a
las ordinarias corrupciones de los españoles la transformación en Guadalupe. De
ahí que Becerra Tanco conjeture que la Sma. Virgen dijo Tecuatlanopeuc, esto es,
“la que tuvo origen de la cumbre de las peñas” o Tecuantlaxopeuh, “la que
ahuyentó o apartó a los que no comían”. Notable diferencia hay, a mi ver, entre
estas voces y la de Guadalupe: no es necesario inventar dislates. Entre los
conquistadores había muchos andaluces y extremeños, grandes devotos del
santuario español, que está en la provincia de Extremadura. Ya antes habían
puesto los descubridores el nombre de Guadalupe, que todavía conserva, aunque ya
no es española, a una de las Antillas menores; y como dice Fr. Gabriel de
Talavera (que imprimió en 1597 su His-toria del Santuario de España) “arraigóse
de esta suer-te la devoción y respeto del santuario en aquellos moradores (de
ambas Indias) de forma que comenzaron luego a dar prendas del buen ánimo con que
habían recibido la doctrina, levantando iglesias y santuarios de mucha devoción
con título de Ntra. Sra. de Guadalupe especial en la Cd. de México de Nueva
España. Aquí tenemos ya declarado sencillamente el origen del nombre, por un
autor que escribía en el siglo mismo de la Aparición, y la ignoraba. Los que
emigran a lejanas tierras tienen propensión a repetir en ellas los nombres de
las suyas, y a encontrar semejanzas, aunque no existan entre lo que hay en su
nueva patria y lo que dejaron en la antigua. Así México recibió el nombre de
Nueva España, porque dijeron que se parecía a la antigua; y los extensos
territorios descubiertos y conquistados por Nuño de Guzmán se llamaron la Nueva
Galicia, por una soñada semejanza con aquella pequeña provincia de España. Los
españo-les creyeron advertir que la imagen de la Madre de Dios venerada en el
Tepeyac se parecía en algo a la del coro del Santuario de Extremadura, y eso
bastó para que le dieran el mismo nombre. Así lo dice el Virrey Enríquez.
67.- Pero si la historia de la Aparición no tiene fundamento histórico, ¿de
dónde vino? ¿la inventó por completo Sánchez? No lo creo. Algo halló que le diera pie para su libro. Tal vez llegó a sus manos una relación mexicana, a que
añadiría nuevas circunstancias como acostumbraban los escritores gerundianos,
casi sin apercibirse de ello, sino llevados por aquel prurito de ponderar y
exornar cuantos asuntos les caían en las manos. A ese gremio pertenecía Sánchez
y de ello da buen testimonio su insufrible libro, que quizá por eso nunca se ha
vuelto a imprimir, siendo la pieza capital del proceso, y habiendo sudado tanto
las prensas con las historias de Ntra. Sra. de Guadalupe. Lo que puede saberse
por documentos históricos y rastrearse por conjeturas es lo siguiente:
68.- Los primeros religiosos levantaron luego de llegados, muchas capillas y
ermitas en diversos lu-gares, con deseo de destruír la idolatría, prefirieron
para colocar esas pequeñas iglesias aquellos sitios en que antes se tributaban
mayor culto a los ídolos, y aun les dieron títulos análogos. Si en eso hicieron
bien o mal, no es ésta ocasión de averiguarlo: bástenos saber que así pasó, y
que una de esas ermitas fué la del Tepeyac, con el título de la Madre de Dios,
sin advocación particular, como lo indica Sahagún, lo declara el Br. Salazar en
la información de 1556, y era natural que fuese para corresponder al nombre
Tonantzin, o nuestra Señora Madre, que tenía el ídolo adorado allí. No sabemos
en qué año se labró la ermita, ni qué imagen se puso en ella: tal vez ninguna,
por ser entonces muy escasas. Poco después los indios se dieron a hacerlas, para
lo cual se contaba ya con los discípulos de la escuela de Fr. Pedro de Gante, “y
así es (dice Torquemada) cosa muy ordinaria remanecer en cada convento de cuando
en cuando imágenes que mandan a hacer de los misterios de nuestra Redención, o
figuras de santos en que más devoción tienen”. Sin duda una de éstas fué la de
Guadalupe, y hallándola bastante bien pintada, devota y atractiva como realmente
lo es, la enviaron los religiosos a la ermita, llevando a otra parte la que allí
estaba, si alguna había: y cuando los españoles la vieron le dijeron ese nombre
por lo que antes he dicho. Hacia los años de 1555 y 1556 comenzó a encenderse la
devoción con motivo de la curación milagrosa que refería el ganadero, y se contó
también la aparición simple (a ese o a otro indio) de que hablan Juana Martín y
Suárez de Peralta. Estaban entonces en boga y continuaron mucho des-pués las
representaciones sacras de autos o misterios, a que los indios eran
aficionadísimos. D. Antonio Valeriano, indio ilustrado, catedrático en el
colegio de Tlaltelolco, tenía capacidad suficiente para esta clase de
composiciones. El ú otro aprovecharon la relación de los milagros de Ntra. Sra.
de Guadalupe, y tomando por base la Aparición que se refería, añadieron
circunstancias que dieran forma y animación a la pieza, sin intención de
hacerlas pasar por verdaderas, como suelen hacer todavía los autores dramáticos.
La historia de la Aparición tiene una contestura dramática que a primera vista
se advierte. Los diálogos entre la Virgen y Juan Diego; las embajadas al Obispo;
las repulsas de éste; el episodio de la enfermedad de Juan Bernardino; la huída
de Juan Diego por otro camino; las flores nacidas milagrosamente en el cerro, y
por último; el desenlace con la aparición de la pintura milagrosa ante el señor
Obispo, forman una acción dramática. Esta sería la pieza o relación mexicana que
cayó en manos de Sánchez, quién la tomó al pie de la letra y la dió por historia
verdadera. Hizo lo demás el espíritu de la época, propenso a aceptar sin examen,
como obra meritoria todo lo milagroso. Se había contado la aparición de Ntra.
Sra. de Guadalupe a un pastor, y la sabrían por sus antepasados los testigos
indios de las informaciones de 1666, fácilmente le acomodaron las circunstancias
que corrían ya con general aceptación. Haber puesto el suceso en el día 12 de
Diciembre provino sin duda de que en igual día de 1527 fué presentado el Sr.
Zumárraga al Obispado, lo que en aquellos tiempos equivalía a un nombramiento en
forma. Lo que no acierto a explicarme satisfactoriamente es por qué se puso el
suceso en el año de 1531. Hay que notar, sin embargo, una rara coincidencia.
Refiere Sahagún (lib. 8, cap. 2) que D. Martín Ecatl fué el segundo gobernador
de Tlaltelolco, después de la conquista: que gobernó tres años, “en tiempos de
ese, el diablo en figura de mujer andaba y aparecía de día y de noche, y se
llamaba “Cioacoatl”. Haciendo el cómputo de tiempo en que gobernó dicho D.
Martín, según los datos que ofrece Sahagún en el propio capítulo, resulta que
fueron los de 1528 a 31; y por otro pasaje del mismo autor (lib. 1° cap. 6)
sabemos que la diosa Cioacoatl se llamaba también Tonantzin. Aquí tenemos que
por aquellos años se ha-blaba entre los indios de apariciones de la Tonantzin,
nombre con que ellos conocían a Ntra. Sra. de Gua-dalupe, según el propio P.
Sahagún.
69.- He concluído, Ilmo. Sr., con el examen de la historia de la Aparición bajo
el aspecto histórico. No he querido hacer una disertación, sino unos apuntes
para facilitar a V.S.I. el camino si gustase, de examinar por sí mismo este
importante asunto. En el argumento teológico no me es permitido entrar, V.S.I.
sabrá si los milagros están debidamente comprobados, si en caso de estarlo
prueban la Aparición si la Santa Sede hace declaraciones sobre hechos: si la
concesión del oficio y patronato es una aprobación explícita; si no se han
corregido muchas veces los breviarios, y si alguna no se ha prohibido, después
de mejor examen, una misa ya concedida de mucho tiempo atrás.
70.- Católico soy, aunque no bueno, Ilmo. Sr., y devoto en cuanto puedo, de la
Santísima Virgen; a nadie querría quitar esta devoción: la imagen de Guadalupe
será siempre la más antigua, devota y respetable de México. Si contra mi
intención, por pura ignorancia, se me hubiese escapado alguna palabra o frase
mal sonante, desde ahora la doy por no escrita. Por supues-to, que no niego la
posibilidad y realidad de los milagros: el que estableció las leyes, bien puede
suspen-derlas o derogarlas; pero la Omnipotencia Divina no es una cantidad
matemática susceptible de aumento o disminución, y nada le añade o le quita un
milagro más o menos. De todo corazón quisiera yo que uno tan honorífico para
nuestra patria fuera cierto, pero no lo encuentro así; y si estamos obligados a
creer y pre-gonar los milagros verdaderos, también nos está prohi-bido divulgar
y sostener los falsos. Cuando no se admita que el de la Aparición de Ntra. Sra.
de Gua-dalupe (como se cuenta), es de estos últimos, a lo menos, no podrá
negarse que está sujeto a gravísimas objeciones. Si éstas no se destruyen, (lo
cual hasta ahora no se ha hecho), las apologías producirán efecto contrario. En
mi juventud creí, como todos los me-xicanos, en la verdad del milagro: no
recuerdo de dónde me vinieron las dudas y para quitármelas acudí a las
apologías: éstas convirtieron mis dudas en cer-teza de la falsedad del hecho. Y
no he sido el único. Por eso juzgo que es cosa muy delicada seguir defendiendo
la historia. Si he escrito aquí acerca de ella, ha sido por obedecer el precepto
repetido de V.S.I.
Le ruego, por lo mismo, con todo el encarecimiento que puedo, que este escrito,
hijo de la obediencia, no se presente a otros ojos ni pase a otras manos: así me
lo ha prometido V.S.I.
Me repito de Vuestra Señoria Ilustrísima afect-simo amigo y obediente servidor,
que su pastoral anillo besa.
JOAQUÍN GARCÍA
ICAZBALCETA
[Octubre de 1883] |